Silbar como móvil de asesinato

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Hace mucho tiempo llegué a la conclusión de que para servir al mal no hace falta invocar al diablo, ni hacer sacrificios ni nada por el estilo. Solo tienes que sacar tu lado oscuro y ser muy pero que muy atrevida. 

Siempre he sido una cobardica y la gente me tomaba por tonta y sosa, pero no sabían lo que había debajo, lo que maquinaba mi mente. Los códigos morales y éticos que nos enseñan desde que prácticamente nos cortan el cordón umbilical son los que nos atan, pero una vez nos liberamos de ellos… buah, lo que puede pasar… una caja de sorpresas. Normalmente esto sucede en situaciones realmente adversas donde las necesidades básicas están al borde de la extinción y entonces solo pensamos en como quitarnos la mierda de cuerdas que nos impiden conseguir nuestro objetivo. Claro que, visto así, para cada persona, esas necesidades cambian y cuando una no básica se cambia de lado y actúa…. En fin, eso es lo que provoca el mal en el mundo. 

En ese momento no piensas en nada, solo en el objetivo. Claro que cuando estás segura y bien atada de nuevo te echas las manos a la cabeza por lo que has hecho. Pero ya no hay vuelta atrás. Has matado a una persona y en mi caso solo porque silbaba. Y lo peor es que sientes un inmenso alivio. 

Odio que silben canciones porque las estropean. Fácil y sencillo. Cualquier persona lo puede soportar, pero a mí se me ponen los pelos de punta, siento el martilleo de mi pulso cada vez más veloz en las sienes y como me cuesta respirar, siento escalofríos en la base del cráneo y tengo que taparme los oídos mientras grito mental o vocalmente. 

Eso pasó con mi primera víctima, pero luego esa rotura de cadenas era tan extasiante que la convertí en mi droga. Pasear por la calle, comprar en el Mercadona, ir al médico, tomarte unas cervezas en una tasca, en fin, tratar con gente y saber que tú tienes los suficientes ovarios para arrancarte tus cadenas mientras ellos agonizan (sin saberlo) por poder extender las alas y volar. Eso, eso te hace superior.  

Solo tenía 31 años cuando maté por primera vez. Lo peor fue aceptarme y aceptar mi lado oscuro y aprender a quererlo como una parte más de mi ser y como tal a dejar que salga a la luz de vez en cuando para que no se marchite. Y al igual que x persona o x situación te sacan una sonrisa o te sorprende o te causan miedo, también pueden darte la valentía y la astucia para desenredar el nudo de la esclavitud. 

Y eso me pasó la primera vez, que como todas las primeras siempre queda grabada a fuego. Yo no sabía que iba a suceder, ni reconocí los síntomas. Al principio todo era normal, salía de la discoteca enganchada al brazo de una mujer, la cual me había prometido una noche inolvidable, y razón no le faltó. Al entrar en su casa empezamos a desvestirnos entre besos y risas. Olivia se llamaba, solo que al llegar a su cama puso la radio y se puso a silbar “Baby girl”. Yo le decía que parara agobiada, pero ella se reía y seguía. No recuerdo el momento en que mi cabeza tomó la decisión, lo siguiente que recuerdo era estar encima de ella clavándole una horquilla en el ojo y seguidamente la espada de la comunión sucesivas veces en el 5º espacio intercostal al lado izquierdo del esternón. Creo que murió. 

Después de eso pasó mucho tiempo hasta que volvió a suceder. Sí, Olivia murió y yo estaba desbastada, pero por suerte no consiguieron cogerme. Al ser neurocirujana conocía todas las técnicas de asepsia que se emplean en el quirófano y con eso, y unas apresuradas vacaciones con una buena cuartada y mi cara afligida en el funeral fue suficiente.  

La siguiente vez lo necesitaba, aunque no lo sabía y no cometí los mismos errores. Había cortado con mi novio y me disponía a tomarme unos gins- tonic con unos compañeros para no seguir ahogándome en los recuerdos. Ellos sabían de mi reciente vuelta a la soltería y como tal una enfermera y un cardiólogo me tiraron la caña, lo cual no hizo falta porque este conejito estaba tan hambriento que se tiró de lleno al rio y se hizo 100 metros mariposa hasta la otra orilla para que se lo merendaran. Decidí que me gustaba más el 2º, así que dejé que me calentara la oreja. Cuando estábamos tan ardientes como la parrilla de la cocina decidimos marcharnos a “fumar”. Entre dos coches apartados y donde no había gente follamos como animales. Nos dio igual si nos oían porque joder, valía la pena, pocas he tenido igual.  

Una vez saciados y medio atontinados como solo los orgasmos saben dejarte, nos despedimos. De vuelta al local escuché pasos detrás de mí y una voz que silbaba al ritmo de “Susanita tiene un ratón” de los Payasos de la tele, solo paró para soltarme: 

-Oyee guapaa, que si te has quedado con más ganas aquí tienes… 

No le dio tiempo al terminar porque me giré y me lancé a su cuello. Le despedacé la yugular derecha. Una vez muerto lo cargué hasta el patio de una casa caníbal y terminaron lo que empecé. Se que parece raro, pero es que soy practicante de halterofilia, llevarlo, fue como sujetas una piruleta. 

Volví al bar con una paz interna como en meses había sentido y me despedí de mis compañeros. Desde entonces, he estado conociendo mi lado oscuro y poniéndolo a prueba. Nunca me han cogido y espero que siga así porque todo el mundo tiene un límite y yo aún no he descubierto el mío.  


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