¿EN DEFENSA PROPIA? 2 (FINAL)

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- ¿Estás seguro de que me metería en un lío?

 - Completamente - dijo Germán con rotundidad-. Además, saldría gente de los partidos de izquierdas y te despristigiarían socialmente. Dirían que un ejecutivo capitalista había matado impunemente a un pobre ladruenzuelo por haberle robado unas simples alhajas y dinero para comer.

 - Así estamos de mal en este país.

- Ya lo ves. Por eso mismo es conveniente desembarazarnos cuánto antes del cuerpo de este delincuente. ¿Tienes alguna manta inservible?

- Creo que sí.

- Te voy a decir lo que vamos a hacer. Cargaremos el fiambre en el porta-equipajes de tu coche, y lo llevaremos bien lejos de aquí para que no te comprometa. Lo abandonaremos en cualquier sitio donde no haya nadie, y ya lo encontrará quien sea. ¿De acuerdo? - le dijo el abogado a  Alberto.

-Sí.

Alberto se dirigió a una de las habitaciones de la casa y de un armario sacó lo que su amigo le había pedido. Posteriormente entre los dos envolvieron el cadáver con la mortaja, y sin más dilación lo llevaron al vehículo y salieron disparados hacia una carretera bordeada de plátanos que llevaba a las afueras de la ciudad. Durante el trayecto los dos hombres apenas cruzaron palabra, y a Alberto le pareció que aquella noche era la más oscura y tétrica que había vivido en su vida.

Cuando al fin vieron un inhóspito descampado que era tierra de nadie, detuvieron el auto junto a una cuneta, descargaron aquel cuerpo y lo dejaron entre unos arbustos. Volvieron a subir en el auto y regresaron a la ciudad.

- Ahora ten mucho cuidado de no irte de la lengua con nadie, que podría ser fatal tanto para ti como para mi: pues yo sería sancionado y mi carrera se iría a pique - le advirtió Germán al ejecutivo.

- Por supuesto.

 Cuando llegaron a la vivienda de Alberto, ambos se tomaron una copa de wyski y Germán se despidió de su amigo.

-¡Gracias por todo, chico! Estoy en deuda contigo - le dijo Alberto agradecido al abogado cuando éste abria la puerta de la casa para macharse.

Pese a que en principio todo había pasado, Alberto aquella noche no pudo conciliar el sueño puesto que cada vez que cerraba los ojos, le venía el recuerdo de un modo insistente aquel terrible suceso, y una voz interior no dejaba de decirle que él había matado a un hombre; tal era su sentimiento de culpa. Al día siguiente, en las Noticias de los Informativos de la televisión muy de pasada informaron que en un descampado de las afueras de Barcelona un trabajador de una fábrica de uralita que había por aquellos alrededores había pasado por allí y había descubierto el cadáver de un hombre envuelto en una manta. Tras avisar a las autoridades se identificó al cadáver como a un miembro de una banda de atracadores que estaba buscado por la Justicia. "La Policía opina que el asesinato podría tratarse de un ajuste de cuentas; no obstante los inspectores seguirán investigando el caso" -  dijo la presentadora del Informativo. En vista de lo cual Alberto respiró aliviado. Desde luego su amigo Germán era un hombre de grandes recursos; y aquel delincuente no era más que una alimañana al que nadie echaría en falta. - pensó el ejecutivo-. 

Al cabo de dos días volvió Olga, la esposa de Alberto de su viaje a la capital del Reino, y todo parecíó volver a la normalidad si no fuera porque en el teléfono fijo de su casa llamaran varias veces sin dar señales de vida. Al principio el ejecutivo pensó que era gente que quería venderle cualquier cosa como era habitual; o que simplemente quien llamaba se había equivocado, Mas pronto volvió a aflorar a su mente el terrible suceso de aquella noche y le acometió un pánico indescriptible que rozaba la paranoia. Si aquel delincuente había irrumpido aquella noche en su casa, era casi seguro de que aquella banda de maleantes conocía su paradero y habían planeado asaltar aquel lugar. Ellos sabrían lo que había pasado y era muy fácil que de un momento  a otro volvieran a presentarse en su domicilio, pero en esta próxima ocasión irían muy bien armados y entonces no habría escapatoria posible porque se vengarían asesinando al matrimonio - pensaba él.

Por ello Alberto decidió contarle Olga lo que había sucedido aquella noche, que podía estar relacionado con las misteriosas llamadas telefónicas.

- ...Por eso es necesario que cambiemos de casa. Porque están en juego nuestras vidas. ¿Lo entiendes? - le dijo él.

- Claro que lo entiendo. Pero esto es absurdo Alberto. Nosotros tenemos montada nuestra vida aquí - le respondió Olga-. ¿Por qué no vas a la Policía y lo cuentas todo? A lo mejor ellos te pueden ayudar.

- No puedo, mujer. Ya te he dicho que tendría que confesar lo que hice aquella noche y me meterían en la cárcel. Mi defensa propia no serviría para nada y encima sería culpable de un asinato. Ya me lo aclaró Germán.

 - Pues no sé que és peor, porque ahora estamos con el corazón en un puño bajo la amenaza de la banda de delincuentes - expresó ella con preocupación.

-  Por eso mismo debemos de cambiar de vivienda. Porque mientras la Policía les echa el guante o no, puede pasar mucho tiempo y mientras tanto los malhechores pueden venir aquí y hacernos cualquier cosa.

Sin embargo los cuerpos de seguridad no tardaron en detener a aquella  banda de atracadores de viviendas que efectivamente venían de los paises del este de Europa y el teléfono del domicilio de Alberto dejó de sonar misteriosamente; aunque había otras tantas bandas de asaltantes de viviendas que campaban a sus anchas y constituían un problema vital para la ciudadanía en general.

 Lo chocante fue que en los telediarios no dejaban de informar que la Policía encontraba con regularidad cadáveres de delincuentes abandonados en distintos puntos perdidos de la región.

En una ocasión un compañero de la oficina de Alberto le confesó a éste que un par de delincuentes habían entrado a robar en su casa, y él que tenía una escopeta de caza había disparado el arma a los asaltantes matando a los dos en defensa propia y al igual que Alberto también los había abandonado en otros lugares perdidos de las afueras de Barcelona para que la injusta Ley no le castigase; y al parecer esto iba en aumento.

- Ya lo ves, chico. Nosotros, los honrados ciudadanos que pagamos nuestros impuestos, nos tenemos que defender de estos peligrosos delincuentes como podemos porque esta Ley es injusta y si les haces algún daño en un momento de ofucación en defensa propia aún nosotros seríamos los culpables. Estamos viviendo una época caótica y confusa que no sabemos cómo aabará - le dijo el compañero de oficina.

Alberto no dijo nada, y siguió con su trabajo.

                                                                  FRANCESC MIRALLES

 


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