El trabajo de Romina

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Romina se encontraba sentada en aquella habitación sola y esperando. Se acomodó un poco los anteojos, el pelo, la ropa. Se encontraba vestida bastante informalmente, así que intento al menos estar lo más prolija posible. Se acomodó y controlo que su camisa blanca no estuviera manchada, así como el jean que llevaba puesto. Se miró las zapatillas gastadas de lona blanca que tenía puesta, y maldijo en silencio la decisión de esa mañana de usarlos. Ya no podía hacer nada, tenía que usar lo que tenía lo mejor que pudiera. Estaba nerviosa, siempre se ponía nerviosa en esos momentos, pero nada tenía que ver como estaba vestida, simplemente no quería decepcionarla.

A pesar del silencio y de estar una vez más mirando y maldiciendo sus zapatillas, sintió su presencia. Siempre lo hacía. Mica se encontraba parada en la puerta, quieta y con su habitual seriedad. Romina la miro y sonrió un poco, de forma automática e inconsciente, siempre lo hacía frente a ella. Mica era, en todos los aspectos, lo que Romina siempre quiso ser y no pudo. Hermosa, fuerte y segura de sí misma. Mica era la clase de mujer que nacen con todo un plan de vida en su cabeza, y lo cumplen minuciosamente. Todo lo que hacía estaba calculado, y siempre salía exactamente como ella quería, a la perfección, porque Mica era perfecta. Romina, al contrario, nunca había estado segura de nada en su vida. Era una turista, moviéndose de interés a interés, dejando detrás de sí una larga lista de derrotas y malas decisiones. Admiraba a Mica al punto de idolatrarla, y ella lo sabía.

- Vamos.

Dijo despacio, pero con bastante autoridad Mica. Inmediatamente y sin esperar respuesta se dio vuelta y desapareció de la misma forma que había aparecido. Romina se paró, hizo un rápido control a como lucia y la siguió velozmente.

 No conocía al hombre, pero tampoco tenía que hacerlo. Se encontraba de espaldas, mirando por una gran ventana. Mica se le acercó, apoyó su mano en la espalda, le dijo algo al oído que Romina no llego a escuchar, y le saco el vaso de su mano y lo apoyó en una pequeña mesa que había allí. Luego los dos caminaron hasta Romina, quien se encontraba quieta en el centro de la habitación. Sus manos entrelazadas y apoyadas en su estómago, intentando disimular el temblor de estas.

- Muy linda.

Dijo el hombre, con una sonrisa mirándola. Ella sonrió un poco con timidez y bajo su rostro. Mica la tomo delicadamente y se le subió.

- Mucho.

Una leve y disimulada sonrisa se dibujó en el rostro de Mica al decir esto. Sin soltarla, le dio un suave beso en la mejilla. Romina sintió una sensación, una electricidad que le recorrió todo su cuerpo. Un simple beso de ella era un placer que ningún hombre jamás podía igualar de ninguna forma.

- ¿Te vas?

- Si, hoy sí.

Mica se volvió al hombre, lo observo en silencio por un instante y luego salió de la habitación.

Romina jamás entendió a los cinturones. Sabía lo que eran, y su función en la ropa, o como accesorio de moda. Pero más allá de eso, Nunca los entendió bien. Algún día lo haría, pero hoy, definitivamente no sería ese día.

Romina se encontraba con sus manos y rodillas apoyadas en el suelo completamente desnuda frente aquel gran ventanal. El hombre, también desnudo y arrodillado detrás de ella, tiraba con fuerza del cinturón que ella tenía en el cuello. Se le cortaba la respiración, intento decir algo, pero no pudo, las palabras quedaron atrapadas dentro suyo. Tal vez fue lo mejor, quejarse en estas situaciones puede ser contraproducente, muy contraproducente. Con la otra mano, el hombre tomaba con fuerza la cintura de ella, mientras la penetraba con mucha velocidad y violencia, gritos salvajes y prehistóricos salían de él. Romina solo podía ver los techos de aquella gran ciudad que se expandía frente a ella, pero pensaba en todas las personas debajo de estos, se los imaginaba a todos mirando aquel extraño espectáculo que allí ocurría. De pronto sintió la presión de su cuello detenerse, y sintió los golpes finales detrás de ella. Este se levantó, desnudo y transpirado, camino con la seguridad que lamentablemente estos hombres tienen, acercándose a la ventana. Se quedó parado allí un momento, preparando aquel publico imaginario sobre el gran final de la obra. Romina se le acercó, casi arrastrándose, el, algo impaciente, la tomo del cabello, y la arrodillo frente a él, luego apretó su nuca, forzando su rostro hasta su entrepierna, y metiendo su miembro dentro de su boca. Romina contuvo la respiración y el vómito mientras sentía como aquella cosa dura y transpirada se movía dentro suyo. Los gritos bestiales del hombre volvieron en el mismo momento en que aquel tristemente conocido liquido viscoso y caliente llegaba a su garganta. Hoy no es un buen día para las gargantas pensó. Finalmente, la soltó con suficiente violencia como para que ella cayera hacia atrás, golpeándose la cara con la pequeña mesa. El hombre se inclinó un poco sobre ella, y tomo nuevamente el vaso que allí había, y se volvió al gran ventanal a recibir orgullosamente el saludo y la ovación de aquel publico imaginario. Romina, aun en el suelo, luego de limpiarse un poco el rostro, noto que la mezcla de semen, sangre, lágrimas y transpiración formaban un patrón un poco más extraño de lo habitual en su mano.

Romina, frente al espejo de aquel gran baño se terminaba de acomodar la ropa. Mica se le acercó y apoyó suavemente su mano en el hombro de ella. Aquella placentera electricidad volvió a recorrerle el cuerpo. Se giró y sonrió. Mica puso sus dedos en el rostro de ella y delicadamente los movió hasta el corte del labio. Le dolió un poco, pero no dijo nada. Las dos se sonrieron en silencio por unos momentos.

- ¿Estuve bien?

Pregunto despacio Romina, Mica le dio un beso en la frente.

- Vos siempre estás bien.

Le respondió con una sonrisa.


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