El puzzle: arte con un pelín de rubor

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        Antonio Hidalgo, nombre ficticio para proteger su intimidad, tenía algo de quijotesco en su apellido y en su forma particular de ver el mundo. Era tímido y reservado y su pasatiempo favorito era hacer puzzles.

   Su aficción empezó por un paisaje dónde dos personas, simples manchas de colores, caminaban por una pradera verde enorme y un cielo azul infinito. Quién ha hecho puzzles, sabe que la monotonía del monocolor presenta no pocas dificultades y que solo la paciencia es capaz de afrontar con éxito tamaño reto.

        Antonio era paciente casi por definición, después de todo, tenía mucho tiempo libre cuando el fin de semana llamaba a la puerta.  Sin planes, la tarde de los viernes era casi eterna, y el dedicaba todo ese tiempo, más gran parte del fin de semana, a buscar patrones, probar opciones y, con el paso de los días, completar puzzles.

        Después de los paisajes, llegó la hora de las obras de arte. Primero hizo el puzzle de las Meninas, obra cumbre de Velazquez que, sin embargo, no le entusiasmó demasiado. Luego se interesó por "El Jardín de las delicias" en su versión de 8000 piezas. "Demasiadas piezas, ¿dónde voy a encontrar hueco?" Pensó. Además, desde joven, le asustaba un poco la temática de aquella obra, era todo muy raro y, aunque los estrafalarios cuerpos desnudos le llamaban la atención, la presencia de animales exóticos nacidos de la fantasía y la rareza y todo ese halo de misterio entre lo divino y lo humano, le causaba cierto desasosiego. Mejor no imbiscuirse en esos temas y tratarlos desde el respeto.

"Necesito una mujer" reflexionó. 

      Y pensó inmediatamente en su vecina. Soltera, algo mayor que él y poco dada a alardear. Lo cuál, lejos de hacerla pasar desapercibida a sus ojos, la hacía más interesante.

      Solo tenía un problema, no sabía como sacar el tema. Habían hablado de cosas de vecinos, siempre de manera formal. Sin llegar ni por asomo a ser pedante, la mujer mostraba un dominio de la prosa notable. El timbre de su voz era agradable y sus ojos, aunque muy normales, no carecían en absoluto de atractivo.

"La invito a casa" pensó.

"Le muestro el salón, la habitación, tomamos un vino y le doy un beso." fantaseó.

      Solo que para eso del beso necesitaba que la conversación derivase en algo más sensual que el tiempo que haría el fin de semana. Ciertamente podía ponerse en plan Cervantes y decir algo como:

"La razón de la sinrazón, que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura.”

       O sumergirse en el mundo de la poesía citando a Gustavo Adolfo Becquer o incluso a alguién de éxito como Lope de Vega...

   Solamente había un problema, o eso creía él, no estaba en el siglo XVII, ni se parecía a Lope de Vega, ni el mundo del siglo XIX de Becquer, tan romántico en todo el sentido de la palabra encajaba con su mundo.

"Siglo XVI." musitó para si mismo... y de repente, una idea cruzó por su cabeza. Era atrevida pero no necesitaba de palabras y seguro que llamaría la atención o por lo menos, eso esperaba.

       Aquella misma tarde pidió el puzzle por Internet, 1.500 piezas. El viernes siguiente comenzó a poner las piezas. El tono rojizo de las cortinas y los grises y blancos de las telas presentaban cierta dificultad, pero había lidiado con puzzles mucho más abstractos y este no era tan complicado al contener también objetos y personajes.

          Lo terminó ese mismo fin de semana y el lunes, tras pegar las piezas con un pegamento especial, lo enmarcó en dorado y lo colgó en su habitación, paralelo a la cama.

*****

El timbre de la puerta sonó y el hidalgo de apellido abrió recibiendo a su invitada.

Se instalaron en el salón.

- ¿Te apetece una copa de vino? ¿O quizás una cerveza? - 

- Vino blanco por favor. -

         Tras sentarse en la mesa y saborear el vino la vecina miró a su alrededor. De la pared colgaban un par de puzzles.

- ¿Los has ensamblado tú? - preguntó.

- Sí, me gusta hacer puzzles, es relajante. ¿Y a tí?

- La verdad es que nunca lo he intentado... quizás no tengo tanta paciencia. - respondió terminando con una risita que dejaba entrever que se encontraba a gusto y que el vino empezaba a hacer su efecto.

Luego le contó que a ella le gustaba la música pop y el dibujo.

- Vaya, pues yo dibujaba. - dijo Antonio algo nervioso y visiblemente atraído por su vecina.

Unos minutos después, apurada la segunda copa, la invitada se levantó.

- ¿Y qué más me cuentas? - dijo.

- Pues nada.... oye, ¿te enseño la casa? - sugirió el anfitrión.

Ella asintió y Antonio notó un hormigueo en su estómago.

        La visita a la cocina, terraza y cuarto de baño fue rápida y acompañada de un discurso algo técnico, más propio de un agente inmobiliario.

- Y esta es mi habitación. - anunció finalmente el varón abriendo la puerta y dando la luz.

      La mujer observó las cortinas, la cama y finalmente sus ojos se posaron en la obra de arte, en forma de puzzle, que presidía el cuarto.

           Su vista recorrió la figura del querubín regordete, admiró el rostro algo desdibujado, casi anónimo, que reflejaba el espejo, las telas del diván y, finalmente, como hipnotizada, se detuvo en el culo de la mujer desnuda que protagonizaba el lienzo durante varios segundos.

     Antonio, aguardó paciente muy cerca de su vecina, tratando de leer su mente y, justo en el momento en que esta dejó de mirar el puzzle preguntó.

- ¿Qué te parece... la habitación?

        Ella le miró, sus rostros separados por escasos centímetros, la respiración algo agitada y el suave perfume flotando en el aire.

La besó.

La besó en los labios.

- ¿Qué decías del puzzle? - dijo la vecina después del ósculo.

- La Venus del Espejo... espectacular ¿verdad?... Velaz...

- Oye, tú pintabas ¿verdad? - interrumpió la mujer mirando de nuevo el puzzle

- Sí.

- Tu crees que podrías pintarme...así - dijo mientras el rubor coloreaba de rojo sus mejillas.

Antonio Hidalgo tragó saliva y sin pensárselo mucho, con un sentimiento de irrealidad, asintió.

 


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