El ascensor que bajaba lento (Capitulo VI-C (capitulo final))

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Linda con sus manos masajea con intensidad y delicadeza a la vez, desde la punta del glande hasta el tronco del palo. Movimientos suaves y rápidos por momentos, que están formando un volcán dentro de mí a punto de estallar en cualquier momento. El gel de ducha hace que las manos de Linda se deslicen con suavidad por todo mi palo.

La mexicana decide aumentar la intensidad de sus movimientos. Con su mano me masturba intercalando masajes en el glande con su dedo índice.

- ¡Ahhhhhh!, que rico coño…ahhhhhh – Gimo de placer

Mis gemidos solo hacen que Linda se excite más y más. Ahora ella se concentra en el glande, el epicentro de placer de cualquier hombre. Lo frota con suavidad y a la vez con fuerza, como si estuviera dándole forma a una figura de barro.

- ¡Ahhhhhh!, no aguanto más. Me voy a correr… ¡Fuck! – Exclamo.

No pasaron ni 5 segundos cuando dije eso, apreté los puños con fuerza y los dedos de mis pies se tensaron. El volcán entró en erupción…Linda se puso de rodillas para no perderse el momento y dejo que todo el fluido que salía de mi palo le sirviera como crema exfoliante facial. Pude notar como mi semen recorría también sus senos.

- ¡Wow!, ni un caballo suelta tanta leche. Jejejeje…Hmmm… que rico. – Me dice Linda con la mirada dilatada.

- Es la mejor paja que me han hecho en la vida. Me dejaste totalmente seco. – Digo yo, intentando recobrar el aliento después de esa brutal erupción que acabo de experimentar.

- Estuvo genial. Hace mucho tiempo que no sentía tanto placer. – Dice Linda

- No sabes cuanto tiempo llevo fantaseando contigo. Desde aquel día que nos conocimos en el ascensor. Ahora mismo me siento en el paraíso. – Le digo.

- Yo también te tenía muchas ganas. Aquella vez en el ascensor me hizo sentir deseada por primera vez en mucho tiempo y eso me excitó mucho. – Me dice Linda mientras me planta un beso en los labios.

Seguimos con nuestra ronda de besos y caricias. Mis dedos van en dirección a su cueva húmeda nuevamente, con la intención de iniciar el tercer asalto. Sin embargo, Linda me detiene:

- Creo que deberíamos ir saliendo de la ducha ya. Mi esposo puede llegar en cualquier momento y dudo mucho que le agrade encontrarnos en esta situación. – Dice Linda con los ojos cerrados e intentando disimular el placer que empezaba a sentir nuevamente.

- Tienes razón. Está claro que yo no soy rival para un campeón de Taekwondo. ¿Qué tal si subimos a mi apartamento? Allí estaremos más cómodos. – Le propongo yo.

- Suena muy tentador. Sube tu primero y yo te alcanzo luego. Deja que me vista y me ponga algo coqueto para ti. – Dice Linda.

Linda sale de la ducha y recoge aquella toalla blanca que antes había dejado caer con sensualidad para invitarme a vivir este momento idílico con ella.

- ¿Me pasas una toalla? – Digo yo

- Toma, sécate con la mía. Yo cogeré otra que tengo en el armario de mi habitación. – Me responde la mexicana.

Mientras me seco con la toalla, aprovecho para preguntarle algo que si bien es verdad ya no es relevante después de lo que acaba de pasar, me sirve para satisfacer mi curiosidad:

- Linda ¿porque me mentiste?

Linda se queda unos segundos en silencio, con la mirada un poco perdida, luego vuelve la mirada hacia mí y me contesta:

- Mi vida es algo complicada y hay muchas cosas que seguramente no comprenderías. ¿Es importante para ti la respuesta?

- Sinceramente no. Eres tú quien me interesa, no lo que te rodea a ti. Mientras pueda disfrutar de ti lo demás no me importa en lo absoluto. – Respondo yo casi de manera instantánea.

Ella me sonríe y me lanza un beso con las manos.

- Bueno, termina de vestirte y sube a tu apartamento. Yo me preparo y te veo allí en media hora. – Me dice Linda mientras se mete en su habitación.

Yo me voy al salón y procedo a terminar de vestirme. Sin embargo, la famosa ley de Murphy siempre está a la orden del día; justo en ese momento abren la puerta del salón y entran Bruno y Antonio. Yo a medio vestir y recién salido de la ducha, sin la suficiente agilidad mental para dar una excusa lo suficientemente convincente como para explicar aquella escena tan caricaturesca. Mi cerebro todavía se estaba reiniciando después de esos dos tremendos orgasmos que tuve con Linda.

- Jorge, ¿pero qué demonios te ha pasado? – Me pregunta Antonio con cara de asombro.

Yo, sin saber muy bien que decir y en un intento de alarde de rapidez mental, digo lo primero que se me cruzó por la cabeza:

- Pues…esto…es que por error he derramado whisky en mi ropa y… bueno he ido un momento al baño a ver si con agua salía la mancha. ¡Tú ya sabes que soy muy torpe Antonio!

Antonio, que no tiene ni un pelo de tonto, me puso cara de “cuéntale esa historia a tu hermanita a ver si te la cree porque eso no te lo crees ni tu”. Bruno, en cambio, no areció inmutarse por encontrarme medio desnudo en el salón de su apartamento. Se queda mirando con detenimiento la toalla blanca de su mujer que yacía en el sofá después de haberme secado con ella. Sin embargo, tampoco pareció inmutarse por eso.

- Ah ya entiendo. Tu eres ese Jorge… - Me dice Bruno con cara de resignación.

- ¿Disculpa, a que te refieres? – Pregunto yo con cara de inocente.

- Jorge, Jorge el del ascensor, eres tú ¿no? – Me insiste Bruno.

Sinceramente yo no sabía que responder, en ese momento varias interrogantes se apoderaron de mi mente; ¿Acaso Linda le ha hablado a su marido de mí? ¿Por qué Bruno me está asociando con el ascensor? ¿Ya sabe del flirteo entre Linda y yo? ¿Podrán reconocer mi rostro cuando este tipo me dé una paliza? Mientras intentaba procesar todas esas preguntas, simplemente me limité a guardar silencio. Afortunadamente, Antonio siempre es oportuno para salvar la situación:

- Vamos Bruno, coge tu cartera que a eso hemos venido. Las chicas nos están esperando en el bar y no querrás que se vayan con otros ehhhhh.

Bruno me guiña un ojo, entra en la cocina, coge la cartera que se había dejado allí y se va con Antonio. Justo antes de abrir la puerta, se gira hacia mí y me pregunta:

- ¿Pudiste arreglar mí laptop?

- Si, tu laptop está lista. Pruébala y luego me cuentas que tal funciona. – Le respondo.

Bruno me muestra el pulgar hacia arriba, se da la vuelta y se va con Antonio. Pasado unos minutos, sale Linda vestida con un espectacular vestido rojo:

- ¿Todavía sigues aquí chiquillo? – Me dice.

- Si, es que… - me freno

- ¿Es que qué? – Pregunta Linda.

- Nada. Ya estoy listo, podemos irnos princesa. – Le digo.

A partir de ese día, Linda siempre sube al séptimo piso, al menos dos días por semana; a las 11:50, mientras duren los besos y permita el reloj. Eso sí, siempre usando el ascensor, nunca por las escaleras.


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