CON LA PERSONA DESEADA (1)

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CON LA PERSONA DESEADA (1)

 

Pilar se echó a un lado el borde de la braguita beige de nylon. Sus largos y gruesos labios vaginales rezumaban flujo: sin duda la revista que estábamos mirando la habían excitado hasta el punto de hacer desbordar el deseo.

—¿No te importa... si me toco?

—Para nada. También yo me he puesto cachonda.

—Le respondo con cierta agitación. Ciertamente noto mi propio flujo descendiendo por las paredes de mi vagina.

Pilar se acaricia los bordes de los labios que se mueven flexiblemente. Uno es más largo, grueso y caído que el otro. A sus cincuenta y dos años Pilar tiene un cuerpo maduro, de caderas anchas y redondas, pero de movimientos juveniles, casi como una pantera alerta ante cualquier presa. Sujeta con la mano izquierda la revista y con la derecha se acaricia. Ahora su dedo recorre la fisura de entrada a su chocho y la yema de su dedo se hunde en la carne. La humedad moja la entrada. Debe estar caliente a tope. El dedo se hunde entre los labios, entra y sale del coño completamente cubierto de flujo transparente.

—Déjame —Le digo, cogiendo la revista porno. Pilar me mira con ojos encendidos. Con la mano liberada se abre el coño. La carne es rosada y brillante y resalta entre los labios color castaño claro. Tiene una graciosa pequita en el labio más corto. Se baja la braguita. Su vello está recortado. Verla desnuda hace que mi propia excitación aumente. Los dedos penetran el chocho. Giro la página.

Ante nuestra mirada aparece un hombre con una polla grande y gruesa. Aunque no es joven, el empalme le llega más arriba del ombligo. Tiene un capullo rosado y grueso con un agujero ancho. El reborde del glande es redondeado y tiene un color morado intenso. Sin duda se lo ha manoseado hasta llegar al punto máximo de erección. Por debajo se ve la línea sinuosa de las venas, como si fuera la toma cinematográfica de un río desde un dron. La piel está tensa y apretada hasta donde se junta con el vientre; por encima el color es pálido. Va depilado. Sus cojones son gruesos y colgantes, grandes, sin un solo pelo. Parece el sexo de un adolescente.

La siguiente foto muestra la polla apretada en su puño. Un par de hilillos transparentes y espesos mojan los dedos y unen la mano a la estrujada boquita del pene.

Pilar se moja los labios mientras refriega su clítoris. Tiene el coño sujeto por la mano izquierda, completamente abierto. El botón carnoso es rojizo (el mío es más grande, pero más rosado...; incluso cuando lo he toqueteado hasta sentir los primeros golpes del orgasmo) y sus dedos dan vueltas en su torno. Pilar mueve el culo sobre los blandos cojines.

—Me gustaría —dice sacando los dedos del chumino (brillan llenos de flujo)— apretar esa polla y meneársela antes de follármela. —Me mira sin dejar de jugar con el clítoris— ¿Tú no, Berta?

-Preferiría masturbarlo hasta que se corriera.

—¿Sin metértela?

—Me gusta cuando echan toda la leche, resbaladiza, a golpes; cuando abren la boca de gusto y cierran los ojos. Y, cómo hago con Félix, les pido que se beban la leche. Después, le hago una mamada y cuando se pone tiesa otra vez, me gusta que me follen; pero, no antes.

Pilar se echa a reír. Vuelvo la hoja. Una mujer morena tiene dentro del chocho los dedos de otra rubia. El hombre le chupa el ojo del culo a la morena, que está agachada follando a la otra con un grueso zeppelin de color rojizo. El vergajo del hombre está morcillón, no erecto.

—¿Hoy no te vas a masturbar? ¿Paco te folló ayer...?

—Dejé que me la metiera y se corriera dentro..; pero yo, chica..., nada de nada..., para variar. Cuando le oí roncar empecé mi propia sesión —le contesté riendo—. Siempre es mejor, ya sabes.

Pilar sigue su juego y se penetra el coño. Gime y con una mirada de picardía dice:

—Me gusta más como el otro día, mala pécora. Yo sola es más aburrido. ¿No te has puesto todavía calentorra?

Saca el dedo y se lo chupa mirándome. Yo echo la revista a un lado y me bajo el leggins. Efectivamente, me he puesto hirviendo de tensión libidinosa, y tengo ganas de pajearme el coño con ella. Me quito también el tanga. Pilar se sonríe.

—Me gusta tu coño... Cuando no te lo depilas es más excitante, ¿lo sabías?

Lo sé. A mí misma me pone más cachonda cuando veo la selvita espesa azabache, los rizos revueltos que cubren la entrada de mi vagina. Me eleva la necesidad cuando me los acaricio y tiro del vello, especialmente cuando lo hago en el baño, después de mear y quedan algunas gotitas brillantes entre los labios. O cuando me tumbo en el sillón con el espejo de aumento y me masturbo: estirar el matojo ya me hace correr los flujos hasta el borde de la rajita. Me dispara ver mi chocho abierto, con la trompita como un anacardo rosa y húmedo al fondo y todo el conducto rezumando agüita sexual.

(Continuará)


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