¿Ausencia?
Llegó la brisa con la aurora. Los tenues visillos que hacían íntima la estancia se ondulaban en una danza misteriosa, casi sacerdotal.
Su cuerpo desnudo despertaba con una sonrisa. La palabra amor no se pronunciaba; era innecesario que el significado ocupara el lugar del significante.
Escuchaba las otras formas ondulantes: el mar. (¿Se podía definir el canto de las crestas espumeantes, el caracoleo lúdico, los innumerables granitos de arena —desarticulados instantes de un ayer sólido—, las tonalidades cambiantes, tornasoladas... todo convertido en desiguales lenguas que son tragadas por la madre arena, siempre receptiva, siempre hambrienta de besos y caricias húmedas?). Era otra ceremonia. Ceremonia intensa de los sentidos (¡Ay, se puede ver sin visualizar, tocar sin palpar, oler sin aspirar, saborear sin paladear ... y escuchar experiencias, jadeos, gemidos, "tequieros", cansancios, frustraciones, deseos —incontables, fascinantes deseos—) que el nuevo amanecer trae consigo.
La ve: eso es: la ve, la huele, la oye, la saborea, la toca. Sus cabellos castaño claro, sus ojos intensos, inteligentes, sabios; su piel, la de sus labios, la de su cutis, sus brazos, sus piernas. ¡Ah, y sus formas, comunión de la formas —¿otro rito?—, sus lugares escogidos, los delicados tonos pastel, pero alegres y coloridos, sus rincones espirituales...la librería aquella, la bicicleta aquella, aquel arco, aquella flecha, su mano extendida con otras formas de vida, instantáneas diarias, para que esté con él; para que su yo esté con él, para que el la sienta, que conjugue sus alumnos deliciosos, que lata desbocado el corazón con el fuego de su palabra femenina en lo femenino, que se articulen los dos en los abrazos nocturnos: ¡viaje!
Paredes de papel líquido, como esos visillos blancamente impolutos, como humo, como vapor sensual (¿la creciente sensualidad que él siente al pensar en ella, ¡pero no profano, ni pedestre, sino la sensualidad de pertenencia sin posesión, sin propiedad!?).
Ausencia.
Las pausas que trae la brisa refrescante. Él puede ver las palabras de gris perla, beber su aliento. Exactas respiraciones inexplícitas, que no necesitan marcos de oro, incognoscibles salvo para ellos mismos. Tal vez una secreta realización en esa —confesa— otra ceremonia lenta y despaciosa, como los besos y las caricias de los amantes, que prolongan la llegada del éxtasis, entre miradas y gestos silentes.
Satélites gemelos en un órbita propia en la que la energía que se genera produce flores y puentes, cruces y vías, intensidad de fuegos que crepitan, aceleran el pulso y los desbordes en la distancia: esas cascadas dobles, voluptuosos saltos líquidos, rugientes cataratas compartidas, nubes de ternura...
¿lo podemos llamar "ausencia"?
Comentarios
COMENTAR
¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales