Traficantes de sangre

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Se quedó sin trabajo porque hubo un recorte de personal en la empresa; intentó, en vano, disuadir al director de echarla a la calle. Volvió a casa arrastrando los pies y se sirvió un trago. Lo bebió mientras pensaba en qué hacer para salir de aquel predicamento. No tenía mucho dinero y sabía que, en cuanto no pudiera pagar la renta, Briseño empezaría a fastidiarla.

            Briseño era el dueño de aquel edificio de tres pisos y departamentos de una y dos habitaciones. Luana rentaba el más pequeño; tenía cuarenta metros, pero era bastante acogedor. Ella se había acostumbrado a vivir sola, luego de su último y malhadado noviazgo; además, le gustaba creer que carecía de temple para compartir el techo con alguien, sobre todo con un hombre. Atravesaba una época de soltería gustosa y pretendía seguir así, pese a que Briseño, un tipo de aspecto amenazante y mirada depravada, se empeñara a todas luces en querer acostarse con ella. Mientras el tipo no hiciera algo verdaderamente imperdonable, como manosearla o dedicarle comentarios obscenos, no habría delito que perseguir.

            Pero ahora había que preocuparse por pagar la renta. Luana revisó sus finanzas, hizo cuentas, advirtió que pronto se quedaría sin un quinto. Resolvió vender su auto si no hallaba un nuevo empleo en el corto plazo. La situación nacional era crítica; apenas había trabajo y el que llegaba a haber estaba mal pagado. Anduvo de acá para allá, dejando el currículum en múltiples manos, sosteniendo entrevistas, presentándose como una profesionista experimentada. En todas partes le agradecieron la visita y le dijeron que la llamarían, o sea, le dieron a entender que se olvidara de ser contratada.

            Vendió el auto, un sedán con el que se había encariñado; lloró cuando dejó las llaves en otras manos. Volvió a casa en taxi, le pagó a Briseño y se encerró. Con el paso del tiempo, este infirió que su inquilina tenía problemas económicos porque, de buenas a primeras, se había deshecho de su auto y ya no salía por las mañanas. Supo que bien pronto tendría la oportunidad de ocuparse de aquella beldad güera y de ojos claros. Feliz ante aquella perspectiva, llamó a Cesáreo y lo previno que pronto le daría mucha sangre.

            Orillado por las circunstancias, es decir, por no encontrar trabajo en ningún lado, Cesáreo se había vuelto un delincuente; compraba sangre y luego la vendía al doble o al triple a gente estrafalaria, que la usaba de diversos modos. Varias veces se había ocupado de inquilinos morosos de Briseño; los llevaban a una cabaña remota, donde, si se trataba de mujeres atractivas, las violaban antes de desangrarlas y, si eran tipos, los desangraban sin contemplaciones. Las víctimas acaban moribundas, así que las sepultaban en una fosa común, aunque aún respiraran.

            Harta de no encontrar empleo y sin un quinto, Luana resolvió marcharse con lo que llevaba puesto. No contó con que Briseño tenía cámaras escondidas por los pasillos, precisamente para impedir que los inquilinos se fueran sin pagar. Luana estaba dispuesta a dejar todo el menaje y otras cosas no menos valiosas, para que el casero las vendiera y se cobrara. Así que, una medianoche, salió del departamento sigilosamente y se encaminó a la puerta principal. La luz del vestíbulo se apagó cuando se disponía a meter la llave en la cerradura.

            No se veía nada. Tuvo que palpar las llaves para elegir la que necesitaba. Cuando la metió en la cerradura, no pudo hacerla girar porque oyó un carraspeo a sus espaldas. Dio un respingo y se volvió. Recibió un puñetazo rencoroso en plena cara. Pasó desmayada un buen rato. Despertó y notó que no podía moverse ni hablar; la habían atado y amordazado con cinta de embalar. Se hallaba en un espacio oscuro y traqueteante; entendió que la habían metido a la cajuela de un auto. Gimió, chilló y se agitó cuanto pudo, creyendo que lograría escapar del aprisionamiento.

            El auto se detuvo. Luana sentía frío, pese a que no había dejado de moverse cuanto se lo permitían las ataduras. La cajuela se abrió; vio la silueta de un hombre que sostenía una linterna. ¿Era Briseño?

            —¿Qué tenemos aquí? —dijo una voz que no era la de ese personaje.

            Luana frunció el ceño. Ahora vio dos siluetas y en un instante reconoció la de Cesáreo, su exnovio por años. Nunca había dejado de amarlo, a despecho de infidelidades y otras faltas. Él le arrebató la linterna a Briseño y, entre conmovido y excitado, contempló a Luana. Nunca había dejado de desearla.

            —La llevaré a la cabaña —dijo Briseño—. Me la voy a coger de lo lindo antes de que le saques la sangre.

            Un trancazo en la cabeza lo hizo trastabillar y caer de nalgas. Aquella linterna era durísima. Se tocó la herida y sintió humedad y viscosidad; iba a protestar cuando Cesáreo tornó a apalearlo, dejándolo moribundo. Aquel tomó en brazos a Luana y la llevó a la cabaña, que era pequeña y tenía un par de muebles. Bajo la luz de unos quinqués, Luana se vio libre y, respondiendo a un impulso incontenible, echó los brazos al cuello de su ex y lo besó apasionadamente en la boca.   

            —Nunca debimos habernos separado —dijo Cesáreo.

            Ella negó con la cabeza y esbozó una sonrisa deliciosa.

            —Primero lo primero —repuso el otro.

            La sangre de Briseño acabó en contenedores y su cuerpo, apenas vivo, en la fosa común; entornó los ojos y curvó los labios, como si quisiera hablar, al tiempo que Cesáreo y Luana le lanzaban furiosas paletadas de tierra. Cansados, pero con energía, la pareja volvió a la cabaña y copuló a conciencia.

            Aún no amanecía cuando, tras un viaje de un par de horas, se vieron ante una mansión, cuyos dueños, un matrimonio extranjero y estrafalario, examinaron la mercancía y pagaron una fortuna por ella. Los vendedores, reconciliados para siempre, volvieron sobre sus pasos, resignados a ganarse la vida de manera sangrienta.


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