EL RENACIMIENTO DE MIRTA Y JUAN LUIS (I)
Por Eunoia
Enviado el 25/08/2025, clasificado en Adultos / eróticos
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EL RENACIMIENTO DE MIRTA Y JUAN LUIS
(I)
Ésta no es una narración romántica en el sentido tradicional, con tímidas estampas de sexo rosado; es un relato de erotismo real, sin ambigüedades, donde la ternura y el afecto se expresan mediante los cuerpos y el placer sexual abierto sin censura, tal y como los humanos se aman entre sí.
*****
Fue algo inesperado. Mirta enviudó de David en febrero, debido a un cáncer; a los pocos meses, Juan Luis perdió a Juani en un accidente urbano, fue atropellada por una motocicleta y falleció en el acto.
David, Juani, Mirta y Juan Luis eran viejos amigos, y se veían muy a menudo. Solían veranear juntos en Cap de Creus, y cuando los hijos se hicieron grandes y abandonaron el nido familiar, casi todos los fines de semana comían juntos; bien en casa de una de las dos parejas, bien en alguno de los restaurantes de Ciutat Vella.
Juan Luis y Juani fueron el apoyo y soporte emocional de Mirta cuando se produjo el esperado final de David.
El derrumbe de Juan Luis tras la muerte de Juani encontró el consuelo amistoso e incondicional de Mirta durante muchos meses. Se veían cada semana hasta que fueron espaciando sus encuentros para evitar la rememoración dolorosa del pasado, aunque el afecto y la amistad continuaban por medio de la mensajería instantánea y las conversaciones telefónicas.
Había transcurrido un año y medio de los hechos anteriores, cuando Mirta se encontró a Juan Luis en el museo Joan Miró, en Montjuic, en una exposición de Chagall. Los dos amigos se alegraron del encuentro, bajaron juntos, en el auto de Mirta hasta Les Corts y fueron a tomar una merienda en su cafetería habitual, a la que iban desde los tiempos de David y Juani. Era a comienzos del verano y el calor ya comenzaba a apretar en las calles plagadas de turistas de Barcelona. Juan Luis pensaba irse de crucero por todo el Mediterráneo hasta llegar a las costas del mar de Mármara y regresar desde allí al terminar la larga ruta. De repente, Juan Luis sonriente interrogó a su amiga:
—¿Has estado allí?
—No —respondió Mirta—, sólo llegué a la costa sur de Turquía, hace muchos años.
—¿Quieres venir? Te invito.
Mirta se echó a reír.
—No, Juan Luis, gracias por la invitación, pero son viajes muy costosos..., un lujo...
—¡Bah, no seas tonta, Miri! —Cortó Juan Luis. Las amistades llamaban con ese diminutivo a Mirta—. ¿Cuánto hace que no sales de viaje dev vacaciones? Me haría mucha ilusión que fuéramos juntos.
Mirta miró a Juan Luis. Estaba algo envejecido, pero todavía no aparentaba los cincuenta y siete años que cumplió en marzo. Ella iba camino de uno más, que cumpliría en un mes. Desvío la mirada hacia la calle, donde una densa nube grisácea iba oscureciendo rápidamente la intensa luz del cielo mediterráneo. La mente de Mirta trazaba líneas de cambio y comenzaba a hacerse a la idea... ¡Ya era hora de retomar la vida y dejar atrás la tristeza y la soledad! Carlos y David, sus hijos tenían su vida y apenas se veían en las celebraciones familiares.
—¡Venga, Miri, hay que vivir! Los años pasan, se esfuman... —insistió con ilusión renovada Juan Luis, que captaba la vacilación de Mirta.
—Acepto.—Se oyó decir a sí misma con asombro. Ni siquiera había reflexionado cuando rompió el esquema de sus pensamientos; seguramente no era ni efecto de la insistencia de Juan Luis.
—¡Cojonudo! —dijo éste. Se despidieron y Mirta dejó en manos de Juan Luis los detalles y las fechas del crucero. La lluvia fina acompañó a Mirta hasta su casa. Iba contenta, con una sonrisa casi adolescente en los labios. La ilusión de ver de nuevo las costas y el paisaje que apenas recordaba y otro nuevo y desconocido, el ambiente del inconmensurable mar, lejos de la opresiva ciudad..., lejos de los recuerdos marchitos y cada vez más neblinosos la hizo revivir.
La brisa acariciaba los cabellos rubios de Mirta y la obligaba a sujetarlos con una mano. Juan Luis estaba apoyado en la baranda, con una pierna subida en unos de los barrotes horizontales. A su alrededor las olas estallaban en besos espumosos contra la borda del inmenso barco. El sol apretaba en cubierta, Juan Luis la miraba con sus intensos ojos azules como el mar, mientras ella se reía de un chiste.
—Bajemos —le dijo—. Tengo mucha sed.
Juan Luis asintió y la acompañó con la mano en la espalda al encaminarse al interior del piso superior del crucero. El aire acondicionado, en contraste con el ardiente exterior, se agradecía.
El ascensor tardó un poco. Junto a ellos dos mujeres y un hombre esperaban también su llegada Juan Luis recorría la cara de Mirta. Siempre le habían gustado sus cejas finas, su rostro ovalado enmarcado por la melena rubia, el delicado mentón, los labios regordetes, la forma de su vientre...
Mirta le descubrió en su exploración. Él, pillado in fraganti, sonrió como un niño cogido en falta. Mirta se estremeció al sentir el recorrido de un gusanillo interior por su estómago —su mente lo describió así, con la velocidad inconsciente del pensamiento—; instantáneamente reprimió esa idea y trató de negar la evidencia, hasta que sucumbió ante la fuerza de sus emociones, y respondió a su vez sonriendo complacida, con el calor subiéndole por las mejillas, admitiendo lo que ya hacía días que adivinaba. De golpe los demás, a su alrededor, le resultaron molestos e invasivos; casi se irritó como invadida en su intimidad. Llegó el ascensor y abrió sus puertas. Juan Luis le cedió el paso, con una mano suave puesta sobre sus caderas.
Ellos pasaron al fondo del ascensor; los otros delante. Mirta miró de soslayo a Juan Luis, pegado a ella. Inspiró, llenando sus pulmones de aire. Su mano buscó a tientas la de él; sus dedos se enlazaron con los suyos. Juan Luis no los retiró, al contrario, se abrieron y aprisionaron delicadamente los de ella. Fue Mirta la que los sujetó con firmeza. Aferraró los dedos de Juan Luis entre los suyos, con la mirada baja. Notaba el arrebol en sus mejillas, el latido potente del corazón en el pecho, la multiplicación de chispazos eléctricos en el estómago, el calor en el vientre. Juan Luis se volvió hacia ella:
—¿Tomamos mejor algo en mi camarote? —Mirta pegó su cuerpo al de él y lo tomó por la cintura.
—Vamos al mío —respondió. Luego, Juan Luis levantó la cara de Mirta y la besó suavemente al principio; más enérgico después. Mirta abrió sus labios y tomó los de él, buscó su lengua con la suya. La respiración de ambos se agitó. El ascensor se abrió en su planta.
(Continuará)
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