Mamar y tragar, todo es empezar

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Estábamos en primavera, a mediados del mes de abril. Nos habíamos internado en un rincón alejado del parque más grande de la ciudad. Acariciados por la noche y la luz tenue de unas farolas lejanas, nos besamos con avidez. Tras largo rato, nos detuvimos para recuperar el aliento. Ainhoa me miró con chispas en sus grandes ojos verdes enmarcados entre estañas curvadas. Asomó una bella sonrisa. Me acerqué a ella y la cogí de las manos. Me ofreció de nuevo su boca. La tomé entre mis labios y me agarré a sus pechos. Después le besé el cuello. Su cabello y su piel olían a una fragancia almibarada.

La agarré por la cintura y acerqué su cadera a la mía. Sentí un vivo fulgor en su entrepierna. La mía no le iba a la zaga. Se bajó la parte de arriba del vestido de flores que llevaba puesto y sus senos afloraron. Eran pequeños, naturales y terminados en punta. Pechitos de piel blanca como la leche y trufados de pezones diminutos. Los recorrí con los dedos y oprimí suavemente los pezones. Luego los lamí y los mordí con poca fuerza.

Me desprendí de los pantalones y le enseñé mi desnudez recién despertada. Ainhoa cogió mi miembro erecto con deseo y timidez al mismo tiempo. Su mano era fresca, suave y temblorosa. Me pajeó muy lentamente, como si se hubiera quedado hipnotizada. Luego se inclinó hacia delante, abrió la boca y acercó la cabeza hacia mi entrepierna. Se interrumpió a mitad del camino hacia mi glande y me miró con una pregunta en los ojos. Asentí y ella, complaciente, reanudó el movimiento detenido y se me metió el pene en la boca.

Su técnica oral era mejorable. Me arañó un poco con los dientes. Pero consiguió succionármela sin pausa y casi entera. No estaba nada mal para ser su primera cata fálica. Además, mejoraba a cada chupada. Le auguraba una progresión meteórica hacia la excelencia mamadora.

Al poco le pedí que parara y se levantase la falda, pero que antes se quitara las bragas. Lo hizo y vi cómo se deslizaban por sus piernas de piel lechosa y lozanas. Eran unas braguitas de color azul cobalto. A continuación, alzó la falda, ahora sí, y me mostró un triángulo negro de vello púbico. No me quedó claro si su sexo tenía ese aspecto tan encantador de forma natural o si se lo había depilado siguiendo un patrón, pero en cualquier caso era un triángulo de lados perfectamente simétricos y con la frondosidad adecuada, esto es poco tupido. No sobraba ni un solo pelito. Me agaché para verlo de cerca y olerlo. Luego levanté la vista hacia arriba para deleitarme viendo cómo sus pechos destacaban sobre el vientre liso.

Volví a centrar mi atención en el bajo vientre. Su coño estaba tan enardecido que casi burbujeaba. La abertura segregaba líquido como saliva la boca de un perro famélico. Me di cuenta en ese momento de que tenía el mismo tono de rosa vivo en los labios de la boca, en los pezones y en los labios vaginales. Sin incorporarme todavía, le ordené que se girara. Lo hizo. Sus nalgas eran dos trocitos de carne curvados y turgentes como un globo hinchado.

Entonces me alcé y me aferré de nuevo a sus pechos. Palpé sus pezones henchidos de sangre. Volví a ponerla mirando hacia mí. Bajé la vista y observé que ahora el coño le goteaba como si segregase melaza recién destilada. Nunca había visto un ardor vaginal semejante y me complació espléndidamente. Ensarté mi erección de carne en su vagina licuada. Noté la resistencia justa al inicio, pero la humedad vaginal facilitó las cosas y enseguida tuve paso libre. Ella apenas soltó un gemido. Admirable.

La perforé con mi miembro a placer. Las pulsaciones de su coño recién estrenado en torno a mi polla se hicieron rápidamente más intensas. Ella no paraba de ondularse, contraerse y estirarse, como si alguien le hubiera explicado que eso era lo que tenía que hacer para satisfacer a los hombres. Ponía toda su voluntad en lograrlo y daba la sensación de que conseguirlo la complacía tanto como la fricción de mi sexo contra el suyo. En apenas un abrir y cerrar de ojos se retorció presa de orgasmos espasmódicos.

Su encanto carnal era tan apabullante que de inmediato me noté a punto de inyectar mi líquido caliente dentro de su raja húmeda como un alga. Pero de repente sentí el impulso irrefrenable de explosionar dentro de su boca. Desprendí el miembro de su vulva prieta y lo puse al alcance de sus labios de ángel. Me lo engulló en toda su longitud hasta dejar a la vista nada más que el encrespado vello púbico de debajo de mi vientre. Luego rodeó mis piernas con los brazos para introducírsela incluso un poco más, y su labio superior se enterró en mi pubis. Aquella chica había nacido para mamar.

Pero tanta carne dura en el interior de la boca fue demasiado para ella y emitió una arcada sonora, seguida de varias réplicas menos intensas. Luego tosió repetidas veces.

Ante aquello, cambié de idea una vez más y, apiadándome de la muchachita, terminé corriéndome fuera de la boca, sobre su rostro. Las lenguas de lefa, siempre caprichosas, le dibujaron una especie de perilla de blanco semen alrededor de la boca. Algunas salpicaduras menores tintaron también su pómulo izquierdo. No había apuntado al interior de su boca, pero alguna de las descargas había ido a parar a su lengua. Ante aquel hecho, Ainoha me miró indecisa, sin saber qué hacer con la sustancia seminal, si escupirla o dejarla ahí o qué.

—Cierra la boca y traga —le ordené.

Me obedeció y, al hacerlo, no pudo evitar que se le entrecerrasen los ojillos y se le pusieran húmedos. Como los de un cachorrito asustado. Quizá fue porque no le gustó el sabor del semen. Pero me inclino más a pensar que la vergüenza que sintió se debió a que sí que gozó de saborearlo y fue consciente, al momento, de que se acababa de comportar como una chica mala, como una pequeña golfilla. Y le había gustado.

—­Mamar y tragar, todo es empezar —le dije en tono de burla.

Luego, ya en serio, me acerqué a ella y, sosteniéndola por los hombros y mirándola a los ojos con mi mirada más tierna, añadí:

—Bromas aparte, lo has hecho muy bien. Es normal que estés un poco en shock, pero no te preocupes. Mañana o al día siguiente se te pasará la impresión, y al tercer día querrás repetir y ya no te detendrás nunca. Bienvenida al mundo del sexo libertino y desinhibido. Vas a dar y recibir montañas de placer, ya lo verás.

Ella asintió y las salpicaduras de esperma de su cara resbalaron hacia abajo y gotearon sobre el suelo. Así fue como le di su a Ainhoa su bautismo de lefa y, al hacerlo, redimí de paso al sexo masculino. Me sentí pletórico.

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