EL CASERÓN 1

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Enrique Valls era un hombre de treinta años el cual en compañía de su atractiva mujer Rosa, de su padre llamado Pedro que era un buen negociante, y de su tío Martín que era el hermano de su madre; y a quien le encantaba hacer excursiones al campo se dirigían en coche hacia una finca rural sembrada de árboles futales ubicada en Lérida capital que era una propiedad de la familia paterna, con el objeto se acordar con los colonos que le cuidaban la hacienda los beneficios de la recolecta y comercialización del producto que de ésta pudieran ganar.

Como era a finales de primavera, en aquella provincia de Cataluña caía un sol plomizo con una atmósfera cargada de humedad que presagiaba tormenta y que incomodaba a los viajeros. A media mañana llegaron a su destino, y el coche se detuvo frante a un desonchado caserón abandonado en el que antes había vivido los abuelos de Eniique pero en el que ahora desde hacía varios años se hallaba vacío.

 La pequña comitiva fue recibida por los colonos, que era un rústico matrimonio joven, y Pedro, el padre de Enrique no tuvo dificultades en llegar a un acuerdo económico con los mismos.

Seguidamente Enrique y su mujer abrieron la puerta de aquella sórdida vivienda y se adentraron en su interior, mientras que Pedro y el tío Martin prefirieron dar un paseo por la finca para ver la evolución de los árboles; saliéndoles al paso un amplio comedor, al que le seguía un largo y oscuro pasillo en el que a ambos lados del mismo se encontraban unas amplias habitaciones, que terminaba ante una puerta que daba a un piso que era donde antaño se guardaba la fruta destinada a la elaboración de mermelada.

- Mi abuelo, que era un oportunista, durante la postguerra a pesar de que ganó mucho dinero con una fábrica de cajas de cartón, como él venía de un pueblo rural de Castellón, invirtió una parte de su capital en esta finca para no perder sus orígenes de campesino - le explicó Enrique a su cónyuge-. Pero en realidad era un hombre acomplejado, porque siempre se estaba comparando con sus vecinos que eran dueños de otras fincas, para terminar diciendo que él era el mejor. 

- Vaya. - repuso escuetamente Rosa.

-Sí. Por otra parte, la hija de mi abuelo, resultó ser una mujer nada agraciada, de mal carácter y muy envidiosa de los logros vitales del prójimo, y se mal casó con un cazadotes que era mecánico, el cual aspiraba a que mi abuelo lo hiciera gerente de la fábrica; pero éste se negó a ello, y no vio ni un céntimo, por lo que el sujeto se tiró diez años sin hablar, hasta que murieron mis abuelos y el hombre se hizo dueño de este terrreno.

-¿Y tu tía no se divorció de este tipo? - inquirió Rosa con ironía y un tanto asombrada del singular cuadro familiar que le había descrito Enrique.

- En aquella época de lo años 50 no existía el divorcio. Además, mi tía frente a los demás prefería mantener las apariencias, y presumía de esposo, a pesar del mal ambiente que reinaba en este caserón. Recuerdo que  cuando yo era pequeño, no me gustaba nada venir aquí; pues todo eran malas caras, y mi familia no hablaba de otra cosa que de dinero. y de salud. Lo  demás les importaba un rábano. - confesó Enrique.

- Lo imagino. Pero ¿sabes? La verdad es que esta casa tiene como un "algo" nefasto, desagradable que sigue ahí después de tantos años, que siento que me oprime el ánimo En verdad que.no es un lugar muy agradable - dijo ella en un estremeciimiento..

- Bueno esto serán aprensiones tuyas. Ahora este mal ambiente ya ha pasado porque todos han fallecido.. Voy afuera a ver cómo está la finca - anunció Enrique saliendo del caserón. 

Rosa se quedó sola en aquel lugar, cuando de repente oyó unos pasos en el interior de la casa. Sigilosamente cruzó aquel pasillo a la vez que preguntaba en voz alta: "¿Hay alguien ahí?" Pero nadie le respondió.  Instintivamente se acercó al umbral de una de las habitaciones en cuyo centro había una cama y en un extremo de la misma una consola y un sillón. Y de súbito su estómago se encogio de terror, porque en dicho asiento vio sentada a una mujer desgreñada, de un cabello de un rubio mal teñido, con una gruesa nariz que la miraba fijamente con unos ojos mortecinos.

Rosa salió corriendo de allí sin apenas aliento, y fue al exterior en busca de su esposo. Cuando llegó hasta él que estaba junto a su padre examinando unos melocotoneros, de una manera entrecortada le dijo que había visto el espectro de una mujer.

- No puede ser. En la casa no hay nadie - replicó Enrique.

Cuando llgaron al caserón, el primogénito se dirigió a aquella habitación, y se cercioró de que en efecto, allí no había nadie.El supuesto fantasma de la anterior dueña del caserón había desaparecido.

-¡Pues yo la he visto! - insistió Rosa.

Enrique tomó una vieja foto de su tía que había encima de un mueble del comedor, y Rosa aseguró con toda la convicción del mundo que esta era la mujer que ella había visto en el sillón del dormitorio.

- Bien. La verdad es que mi tía murió en esta casa sola. Dicen los expertos en esta materia paranormal que lo que tu has visto es una impregnación. Se trata como una fotografía enegética de alquien que ya no está presente que se queda en la casa, y nada  más - le aclaró Enrique a su mujer.

-¡Pues que gracia! 

-  Ciertamente esta casa tiene un halo de negativas connotaciones que también me incomodan a mi - corroboró Enrique.

                                                                        CONTINÚA


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