El farolero y el lobo gris

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En un rincón lejano del bosque,  donde las nubes se funden con los rayos del sol y el cielo siempre parece a punto de llover, vivía un lobo gris. No era un lobo cualquiera: tenía ojos tristes y un andar silencioso. Nadie sabía por qué caminaba siempre con la cabeza baja ni qué peso arrastraba en el alma. Solo se sabía que, por las noches, aullaba al cielo con una tristeza que partía el aire.

Un día, sin buscarlo, el lobo se encontró con un farolero. Era un hombre menudo, de barba desordenada y voz tranquila, que se encargaba de encender los faroles del bosque cada atardecer. No hacía preguntas, solo encendía una luz y seguía su camino.

—¿Por qué me sigues? —preguntó el lobo, sin levantar la vista.

—No te sigo —respondió el farolero—. Solo voy encendiendo luces. Si tu camino coincide con el mío, entonces qué bien.

El lobo no respondió, pero desde entonces, cada tarde, el farolero encendía una luz justo donde el lobo solía pasar. No hablaban mucho. A veces solo se miraban. A veces, ni eso. Pero el farolero seguía allí, encendiendo faroles aunque el cielo se cubriera de tormenta.

—No tienes que entenderme —dijo un día el lobo, con voz rasposa.

—Lo sé —dijo el farolero—. Solo quiero que veas que no tienes que caminar en la oscuridad solo.

El lobo no respondió. Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no aulló.

Y aunque nadie lo notó, en la punta de su cola, donde la tristeza más se aferraba, una chispa de luz comenzó a brillar.

 

 


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