MISTERIOS

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                            MISTERIOS



Ella todavia no lo sabe pero todo está a punto de cambiar. Nada de eso depende de ella; otros tienen en su mano su destino y van a decidir por ella.

lgnora, por ejemplo, que las aburridas clases y la obediencia obligatoria en las aulas, ya no va a sobrellevarlas de forma que tenga que seguir comportándose como una alborotadora, marginada por la dirección del centro educativo, ni soportar ver las imágenes de yeso pintarrajeadas de colores mustios, con cara de sufrimiento extraviado; tampoco tendrá que oir escabrosas advertencias sobre los horribles castigos sobrevenidos a aquéllas alumnas que no contengan la lascivia pecaminosa, la naciente lujuria que exige placer.

La escolarización va a cerrar sus puertas definitivamente; la calle Córcega está gestando un lugar para ella en otro nuevo mundo, tan hostil como el otro, el anterior; porque es el engendrador del mundo viejo de las pizarras y las tizas, los inútiles libros de texto, los pupitres y las tarimas de esos seres superiores que llaman maestros y tratan de suplir su ignorancia y mediocridad con el ejercicio de un autoritarismo incuestionable.

Ahora, Irene está sentada en el segundo peldaño de la entrada de la roulotte de su padre —es de su padre, porque los demás del rutinario cuadrlátero familiar no tienen nada, no son propietarios de nada: ni su madre, ni ella, ni su hermana, sino simples usuarios, confirmadores del hecho de que todos ellos (el "ellas" todavia está distante en los labios de los reformadores del templo público) son "normales" y cumplen las expectativas de continua reproducción del modelo social— y ve caer la lluvia.

Las gotas caen despacio, como lágrimas. Llevan una hora estrellándose sobre la tierra apisonada de las calles del cámping y han formado algunos charcos. En los charcos aparecen círculos concentricos, ondas circulares de diferentes tamaños, que se expanden en sus órbitas para
desaparecer misteriosamente.

Irene se pregunta si dos gotas de lluvia pueden caer exactamente en mismo punto del laguito escaso del charco barroso y por qué el arco plateado producido por el choque de la gota se esfuma ante sus ojos. Estos son otros misterios, y sólo la Ciencia le hace comprender los fundamentos reales de lo desconocido. Luego, hay misterios más personales y otra ciencia, la que ella misma descubre cada día mediante sus cinco sentidos y otro más, que es la suma de esos cinco sentidos físicos en uno integral, junto a un producto espontáneo y sumergido en su mente.

Irene tiene un "poder": puede hacer cualquier cosa. Por ejemplo, puede estar junto a un gran elefante —su cabeza gigantesca ejecuta una danza de lado a lado, su trompa articulada se dobla, con la punta formando una mano rudimentaria, que utiliza para llevar comida a su boca o para las duchas de polvo, agua o lodo
sobre su rugosa piel—; puede acariciar a la
matriarca del clan, disfrutar de los ojos de largas pestañas sensuales y negros ojos bondadosos; o puede montar a lomos del gran elefante macho.

También puede estar en una corte oriental y escuchar la sabiduría de los consejeros y
ancianos de las cortes —son otras lejanas  culturas, personas de piel amarilla, u otros tonos de piel más variados o completamente negra—; Irene ha vestido túnicas y camisolas vietnamitas, opresivas sandalias japonesas, sombreros de todo tipo, ha viajado sobre una ondulante
alfombra, ha frotado una vieja y herrumbrosa lámpara, hasta que ha originado vida capaz de conceder deseos geniales. Ha atravesado desiertos a lomos de camellos y dromedarios, bebido leche de llama, escuchado el ronquido de
las brillantes focas...

En realidad, eso no son misteriores, sino
"vivencias", no físicas, o no vivencias físicas de aquellos otros cinco sentidos, ni siquiera del conjunto de ellos más lo subconciente, sino que son conocimientos que otro genio intangible ha creado: son el fruto de miles de combinaciones de caracteres sobre papel blanco.

Irene de ese modo puede también cambiar de cuerpo y adquirir cualidades de chica y chico. Con esa capacidad observa a quienes la rodean, su "manera de ser", su "carácter", sus comportamientos, muestra de frustraciones, sentimientos de culpa, cercenamiento opresivo de la sexualidad, necesidad de autoafirmación y sadismo.

Irene ha aprendido todo eso de los maestros de tinta y papel, ha aprendido a oponer unos a otros y a distinguir descubrimientos de ideas preconcebidas, ciencia de prejuicios, miedos de honradez. Así, los misterios se han ido convirtiendo en saber, y otros han ido sucediéndolos y desatando más su curiosidad inteiectual y sed de conocimientos, porque en eso Irene se distingue de sus amigas y amigos
de juegos, por ejemplo...

Por ejemplo, la lluvia cesó e lrene dejó las
historias de las tierras virgenes de Kipling sobre una silla plegable, de incómodo asiento de plástico con bandas blancas y azules con manchas ocres, que se hunde bajo el trasero. Ha renunciado a unirse al grupo. Luego se enterará por su hermana, Luisa (Luisa es más pequeña, la más joven de la manada de preadolescentes), que en esos paseos en secreto conciliábulo, huyendo de la nunca entendida represión por parte de todas y todos los adultos, en el campito alejado de las tiendas y caravanas, por turnos, las muchachas y los muchachos han saciado su punzante apetito natural naciente. Han bajado sus respectivos bañadores para verse 
los mutuos genitales («"lo" de ellos es como una trompita en medio de un globo», le contó en susurros Luisa a lrene), así visualmente, en carne real, no en imágenes o muñecos de goma.

Claro que Irene conocía eso y muchas cosas más, de las que ya tenía formada una idea más o menos clara, y que ahora empezaban a bullir en su cabeza y en su fisiología para confirmar que los misterios pueden ser explicados sin necesidad de verlos "al natural".


                       (Historias de la calle Córcega)


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