El limpiavidrios:
La fina lluvia caía sobre la ciudad, transformando el pavimento en un espejo que multiplicaba las sombras y los reflejos de un mundo gris y melancólico. En ese paisaje nebuloso, un hombre llamado Ariel se dedicaba a limpiar vidrios. Para él, cada cristal era un lienzo en el que podía ejercer su magia.
Ariel disfrutaba de su trabajo; cada mañana, con su trapo y su botella de limpiador, ascendía a los rascacielos, donde se sentía como un mago realizando encantamientos. Con un movimiento suave, sus manos transformaban el vidrio sucio en espejos relucientes, dándole vida a lo inanimado. Sin embargo, un día, mientras limpiaba un ventanal un destello, un fulgor, algo extraño sucedió.
Al mirarse en el cristal pulido, la imagen que vio no era la suya, sino la de un anciano de rostro triste y amargado. La tensión se apoderó de él. Aquel reflejo, que aparecía y desaparecía como un murmullo en su mente, comenzaba a convertirse en una constante molestia, una sombra que lo seguía a todas partes. ¿Era posible que algo así habitara dentro de él? Su corazón latía con fuerza mientras entablaba diálogos con aquel extraño, un duelo silente entre su esencia juvenil y aquella imagen marchita.
Se convirtió en prisionero de su propia mente. La visiòn de la imagen lo atormentaban y, con el consejo de un médico, hizo una pausa en su oficio. No quería volver a enfrentarse con este reflejo aterrador, así que evitó los cristales, los espejos y cualquier cosa que pudiera mostrar su rostro.
Pero, como un río que no puede ser contenido, la curiosidad se desbordó. Un día, impulsado por un deseo irrefrenable, se asomó a un viejo espejo en un café. Fue entonces cuando una revelación llegó a su mente: esos cristales no solo reflejaban imágenes, sino también historias. Empezó a ver escenas de vidas ajenas, fragmentos de una realidad que lo rodeaba. Caras desconocidas, risas y lágrimas, momentos congelados en el tiempo.
De vuelta a su trabajo tras un largo descanso, descubrió que su mirada había cambiado. Ahora veía más allá de los vidrios; comprendió que su labor no era solo limpiar, sino liberar las memorias atrapadas en cada partícula de polvo. Los cristales eran testigos silenciosos de la vida, y al pulirlos, los liberaba de su prisión opaca. De este modo, Ariel empezó a sentirse especial, un verdadero mago de los cristales.
Y así, todos los días, se adentraba en el mundo de las historias ocultas, observando cómo esas visiones cobraban vida en su mente. La tristeza del anciano ya no lo perturbaba; era parte de un tapiz mayor, una conexión con las vidas que había llegado a conocer a través de su trabajo. Con cada superficie reluciente, sentía que limpiaba no solo el vidrio, sino el alma de los recuerdos olvidados.
A medida que se abandonaba a su nueva percepción, Ariel dejó atrás el miedo y se sintió orgulloso de ser un "limpiavidrios". En ese acto simple, descubrió su verdadero propósito: transformar y liberar. Y así, en la neblina de la ciudad que solía parecer sombría, se erguía un hombre que sabía que en cada espejo, en cada cristal, había magia esperando ser desvelada. Al final, no era solo un limpiador, sino un auténtico mago que hacía desaparecer no solo la suciedad, sino la nostalgia de un mundo lleno de historias.
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