04a Un amor de oficina
Por Enzo Fernandez
Enviado el 29/08/2025, clasificado en Amor / Románticos
19 visitas
Capítulo IV (a) - Laura
Hablar de Laura González es como intentar describir un amanecer en un día nublado: hay luz, hay belleza, pero también hay sombras que a veces no se ven a simple vista. Su historia, como muchas, no empezó con las mejores cartas sobre la mesa.
Laura nació en una familia que, para los ojos de cualquiera, parecía incompleta desde el principio. No había una figura paterna sólida, y la que estaba, aparecía y desaparecía como las estaciones. Su padre biológico nunca fue del todo suyo; lo veía de vez en cuando, pero siempre con esa sensación incómoda de ser una visita no deseada. Creció rodeada de medios hermanos, cada uno con su propia historia y sus propios problemas, todos bajo el techo y la mirada de una madre que, aunque presente, nunca terminó de ser ese refugio que uno espera en casa.
En ese ambiente, Laura aprendió pronto a moverse sola, a entender que el cariño no siempre viene de donde debería, y que, si quería algo, tendría que ir a buscarlo por sí misma. A los veinte años tomó una decisión que marcaría su vida: casarse con un hombre bastante mayor que ella. Algunos dirían que buscaba estabilidad; otros, que buscaba la figura de padre que nunca tuvo. Quizá ambas cosas. Con él tuvo dos hijos, quienes, sin saberlo, se convertirían en el motor que la obligaría a seguir adelante cuando todo lo demás se desmoronara.
Durante casi toda su vida laboral, Laura no tuvo trabajos espectaculares. Antes de llegar a la empresa donde conocería a Andrés, había trabajado como recepcionista en un hotel y había hecho otros empleos menores que apenas alcanzaban para cubrir gastos. Su sueño, sin embargo, siempre fue estudiar Relaciones Internacionales. No lo abandonó, aunque la vida le pusiera obstáculos; decidió hacerlo a distancia, en la universidad abierta, estudiando cuando podía, robándole horas al sueño y a su tiempo libre.
La relación con su esposo empezó a desgastarse pronto. Las discusiones se hicieron rutina, y la tensión, constante. Lo que comenzó como desacuerdos verbales terminó escalando a la violencia física. Laura, que había soportado mucho en su vida, entendió entonces que ese no era el camino que quería seguir. Cuando finalmente consiguió el trabajo de recepcionista en la empresa de autopartes, su primer objetivo no fue comprarse ropa nueva ni pagar deudas atrasadas: fue encontrar un lugar donde vivir con sus hijos lejos de él. Un espacio pequeño, pero seguro. Y así lo hizo. Decidió que, aunque la vida sola sería más dura, al menos estaría en paz.
La primera vez que Andrés Fuentes la vio fue en la entrevista de trabajo. Ella llegó con un aspecto un tanto descuidado: el cabello recogido sin demasiado esmero, los lentes con marcas del uso y la ropa correcta pero sin un toque especial. A simple vista, parecía tímida, incluso frágil. Andrés, acostumbrado a evaluar a las personas en segundos, no se dejó llevar por completo por esa primera impresión, pero anotó mentalmente que su imagen no ayudaba a destacar. Lo que no imaginó fue la fuerza escondida detrás de esos gestos tranquilos.
Con veintiocho años a cuestas, Laura medía apenas metro sesenta y pesaba alrededor de cincuenta y tres kilos. Su delgadez era evidente, pero no le quitaba presencia. El uniforme de la empresa, con su corte sencillo, caía sobre ella con elegancia natural. No necesitaba adornos; su sonrisa, amplia y luminosa, era suficiente para suavizar cualquier ambiente. Y estaban esos hoyuelos. Dos pequeñas hendiduras en sus mejillas que aparecían cada vez que sonreía, y que, aunque ella no lo supiera, eran capaces de desarmar defensas ajenas sin proponérselo.
En esos primeros meses en la empresa, Laura llevó una vida intensa y agotadora. Sus días comenzaban antes de que el sol saliera. Preparaba el desayuno, alistaba a sus hijos, los llevaba a la escuela y luego corría al trabajo. Muchas veces llegaba sin haber probado bocado, y no por falta de hambre, sino porque el tiempo y, a veces, el dinero no alcanzaban. Sus fines de semana eran un vaivén: algunos los pasaba con sus hijos, otros se los dejaba a su padre para que mantuvieran el contacto con él. Aunque su matrimonio estaba roto, Laura quería que sus hijos conservaran, al menos en apariencia, una figura paterna.
En la empresa, Laura se ganó pronto la simpatía de la mayoría. Tenía esa capacidad de saludar a todos con la misma calidez, de atender llamadas mientras organizaba papeles y, aun así, encontrar un momento para hacer una broma ligera que aliviara la rutina. Pero también sabía cuándo callar y cuándo mantener la distancia. Nada en ella era realmente casual: su coquetería ligera, sus comentarios al pasar, todo estaba calculado para no cruzar ciertas líneas.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------
Apoya mi trabajo y sígueme en https://www.facebook.com/EnzoySelene
Si puedes, te pido que por favor me dejes algún comentario en esta publicación para saber si te gusta lo que escribo y me des feedback, solo de esa manera puedo mejorar en mis textos. Abrazos.
Comentarios
COMENTAR
¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales