04b Un amor de oficina
Por Enzo Fernandez
Enviado el 29/08/2025, clasificado en Amor / Románticos
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Capítulo IV (b) - Laura
Para Andrés, al principio, Laura no era más que la recepcionista que hacía bien su trabajo. Sin embargo, hubo algo que empezó a llamarle la atención: la manera en que, a pesar de todo lo que debía estar cargando, Laura lograba mostrar una sonrisa todos los días. No era ingenuidad; era una decisión consciente de no dejar que las dificultades le robaran la luz que aún conservaba.
Con el tiempo, Andrés descubriría que esa sonrisa era también un escudo. Que detrás de los hoyuelos y la risa fácil había una mujer que había tenido que aprender a defenderse desde muy joven, que había pasado noches sin dormir pensando cómo pagar la renta o cómo conseguir lo necesario para los niños. Que se había visto obligada a tomar decisiones duras sin tener a nadie a quien pedir consejo.
Laura no se consideraba una víctima. Más bien, se veía a sí misma como alguien que estaba en proceso de reconstruirse. Había días en que se permitía soñar con lo que vendría: terminar su carrera, encontrar un trabajo mejor, tener un hogar más grande para sus hijos. Y había otros días en que el cansancio la vencía y solo podía pensar en llegar a casa, preparar algo sencillo para cenar y acostarse.
Ese equilibrio entre fragilidad y fuerza fue lo que, sin que ninguno de los dos lo buscara, empezó a acercarla a Andrés. Él, siempre reservado, encontraba en ella una frescura que no veía en nadie más de la oficina. Ella, siempre sociable, sentía que podía hablar con él sin que la juzgara. Poco a poco, esa conexión, que en un inicio fue estrictamente profesional, empezó a convertirse en algo más personal.
Pero antes de eso, Laura siguió construyendo su lugar en la empresa. Era puntual, cumplida y detallista. Tenía una forma especial de atender a los visitantes y de manejar las llamadas que hacía que todos se sintieran bienvenidos. Y, aunque no lo decía abiertamente, estaba agradecida por ese empleo. No solo por el salario, sino porque le daba una sensación de estabilidad que hacía mucho no sentía.
Fuera de la oficina, la vida no siempre era fácil. Había días en que el dinero se estiraba más de lo que parecía posible, y otros en que tenía que elegir entre comprar algo para ella o para sus hijos. Y siempre ganaban ellos. Tal vez por eso, con el tiempo, aceptó sin demasiada resistencia los pequeños gestos de Andrés: un jugo por la mañana, una comida fuera de la empresa. No porque necesitara un salvador, sino porque, de vez en cuando, era bueno sentir que alguien se preocupaba por ella.
En los pasillos, Laura era conocida por su buen humor, pero también por su firmeza cuando algo no le parecía correcto. No se dejaba intimidar, aunque lo hiciera con tacto. Sabía que en un ambiente laboral era mejor ser amable, pero no sumisa. Esa combinación le daba un equilibrio que, sin darse cuenta, empezaba a despertar respeto.
En el fondo, Laura era una mujer que, a pesar de las cicatrices de su pasado, no había perdido la capacidad de ilusionarse. Sabía que el amor, la familia perfecta o la vida sin problemas tal vez no eran para ella, al menos no en el sentido tradicional. Pero sí creía en la posibilidad de encontrar personas con las que se pudiera construir algo distinto.
Y ahí, entre su vida personal complicada y sus días en la recepción, apareció Andrés. Alguien que, como ella, no se daba fácilmente a los demás, pero que poco a poco empezó a dejarla entrar en su mundo.
Para quienes la conocían solo de vista, Laura era la recepcionista amable que siempre saludaba con una sonrisa. Para Andrés, con el tiempo, se convertiría en mucho más que eso.
De hecho Andrés al poco tiempo ya tenía una visión y comprensión de quién era Laura González. La primera vez que Andrés la vio, pensó que era una más de esas candidatas que llegaban a la oficina buscando un empleo sin tener claro si realmente querían quedarse. Llevaba el cabello recogido de forma descuidada, unos lentes con marcas del tiempo y ropa correcta, pero sin un toque personal. A primera vista parecía frágil, incluso tímida.
Sin embargo, había algo en su forma de mirarlo que le hizo sospechar que detrás de esa apariencia había más. Con el tiempo lo confirmó.
Laura no era frágil, al menos no en el sentido que aparentaba. Era resistente. No del tipo que alza la voz o impone respeto con autoridad, sino del que se levanta cada mañana sin importar lo que haya ocurrido la noche anterior. Del que sonríe aunque la vida le haya enseñado, a golpes, que no siempre hay motivos para hacerlo.
Había gestos en ella que lo intrigaban. Cuando atendía una llamada, inclinaba la cabeza con un movimiento casi imperceptible, como si escuchara más allá de las palabras. Cuando sonreía, esos hoyuelos aparecían como una trampa para cualquier distracción. No importaba lo cansada que estuviera, siempre encontraba el momento para regalar esa sonrisa… aunque Andrés intuía que muchas veces era solo un escudo.
Pronto entendió que Laura cargaba con más peso del que dejaba ver. Entre el trabajo, sus estudios y sus hijos, su vida parecía una carrera sin pausas. Nunca se quejaba, pero él la había visto suspirar cuando creía que nadie la miraba. Y en esos segundos de silencio, comprendía que no era la mujer que aparentaba ser.
Le gustaba observar cómo se movía en la oficina. No se imponía, pero tampoco pasaba desapercibida. Tenía una presencia tranquila, de esas que no buscan protagonismo pero que, inevitablemente, atraen miradas. Lo que más le sorprendía era cómo esa serenidad se mezclaba con un toque de coquetería involuntaria, algo que no parecía buscar, pero que estaba ahí.
Si alguien le preguntara qué era Laura para él, Andrés diría que era un contraste constante. Por fuera, una mujer delgada, de mirada alegre y voz suave. Por dentro, una historia hecha de decisiones difíciles, noches sin dormir y una fortaleza que no necesitaba presumir.
No supo en qué momento dejó de verla como “la recepcionista” para convertirla en alguien cuya presencia esperaba cada día. Tal vez fue la primera vez que le sonrió de verdad, no con el gesto educado de la oficina, sino con una sonrisa que nacía desde adentro. O tal vez había sido mucho antes, sin que él se diera cuenta.
Lo cierto era que, desde que Laura estaba ahí, el lugar parecía distinto. Y él también.
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