Cada día comenzaba con el mismo sonido: el estridente pitido del despertador, breve pero implacable.
Martín abría los ojos, se sentaba en la cama y sentía, apenas por un instante, la extraña sensación de haber vivido ese momento antes. Pero no pensaba demasiado; el pensamiento era un lujo que la rutina no permitía.
Café, ducha, corbata. La ciudad lo recibía igual que siempre, con su ruido urbano organizado, sus rostros apurados, sus semáforos que parecían respirar en sincronía.
En la oficina, su teclado sonaba como una lluvia monótona. A veces creía escuchar palabras formarse entre los clics, pero nunca llegaban a decir nada.
Una tarde, el ascensor se detuvo entre pisos.
La luz titiló, y en ese parpadeo de segundos, Martín se vio a sí mismo reflejado en el metal de la puerta: un rostro pálido, sin tiempo, sin historia.
Y por primera vez en años, tuvo miedo. No del encierro, sino de sospechar que su vida entera era eso: un ascensor atascado entre el ayer y el mañana.
Cuando el ascensor volvió a moverse, bajó al vestíbulo y salió a la calle.
El aire le pareció más frío, más real.
Caminó sin rumbo, sin pensar en el reloj, con la serenidad de quien al fin recuerda que está vivo.
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