A Antón Ferrán- la providencia- lo había premiado por su perseverancia. Para nuestro amigo, la providencia, era la única instancia, ante aquellos sucesos, que le podía subvenir o ayudar. Era una vaga ilusión, la última y a la vez primera instancia. Una instancia que venía a representar lo que había detrás de una casación, no sabemos si penal o civil. El caso es que Aragón se metió una hostia con el coche de campeonato. Para el jefe de obra fue un accidente más, pero, para Ferrán, la confirmación de que con paciencia todo se alcanza. Si Aragón había salido del espectro de influencias nefastas en su existencia, era porque, él mismo, llevaba razón. Que no había que ser tan obcecado en la vida hasta el punto de cimentarla en ser mosca cojonera y poco más de un semejante- léase Antón Ferrán. Aquella noche de marras que lo hubiera propiciado, el hielo, también ayudó.Y aquel mismo día, cuando regresó a su casa, experimentó lo más parecido a la felicidad de que se hiciera idea, a falta de la misma, Ferrán. Que, hasta aquella tarea, normalmente ingrata, de amasar cemento, se le había dado- tal nueve de enero- bien.
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