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Antón Ferrán era un tipo rehabilitado para y por la sociedad. Un tipo libre, que había salido de la cárcel psicológica que le atenazaba, cuyos barrotes, en ocasiones, son más macizos que los un presidio real.
En Antón Ferrán, con el cuasi deceso de Aragón, había operado el díptico español, según el cual, el mal ajeno cura el propio; y aquella tarea, hasta entonces ingrata, de amasar cemento, le empezó a parecer, incluso, entretenida, amén de imprescindible para llenar la andorga como siempre lo hubiera sido.
Los sábados, Antón, a diferencia de lo que hubiera acontecido de siempre, empezó a hacer utilidad de su tiempo de ocio y con ello saborear la felicidad.
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