Antón Ferrán, seis, diario de un peón de la construcción.

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Atrás quedaban los tiempos de motejamiento "pirular". Antón Ferrán- pirulero, para Aragón, postrado ahora en silla de ruedas- había recuperado el nombre- véase, Antón Pirulero, uno- que nunca debió perder.

Pasó el invierno y llegó el buen tiempo y con ello se empezó a hacer menos ingrata su tarea. Atrás quedaban también los hielos sobre el bidón del agua con que se hacían las masas de arena o de hormigón.

Aquel día de fines de primavera, andaba tan campante por la obra, contento de poder tener un puesto de trabajo y una profesión, cuando desde lo alto, entre unos cuantos viejos que observaban atentos las evoluciones de aquel piso a medio terminar, divisó una silla de ruedas. Después vio al tipo de la silla poner las palmas de las manos sobre su boca, a modo de altavoz, para, acto seguido, proferir a voz en grito: pirulero.

Era Aragón, pero ya no era lo mismo, no era igual.


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