Una niñera insumisa que necesita ser dominada

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Es la niñera de mi cuarto hijo. La escogimos porque es una chica joven, de diecinueve años; una universitaria con mucha energía y risueña. Un día, cuando mi mujer estaba fuera, la joven decidió llevar una camisa fina y sin sujetador. Ese día comprendí que me buscaba. Se soltaba el pelo y lo sacudía frente a mí, saltaba con los críos y permitía que sus pechos se agitaran bajo la ropa, se inclinaba a recoger los juguetes con las piernas muy abiertas, mostrándome su culo firme y redondo. Tenía que ponerla en su lugar.

Aquella tarde mi esposa y yo debíamos salir. Ella se metió en la ducha, mientras que yo fui a la cocina a beber agua. Cuál fue mi sorpresa al encontrarme a la niñera lavando los platos, con la falda corta como siempre y meneando las caderas. Aquello me enfureció, porque siempre hacía lo que le antojaba: tomé la decisión de someterla de una vez por todas y mostrarle que en esa casa quien mandaba era yo.

Le pregunté que qué creía que estaba haciendo, y ella me miró y sonrió lascivamente. Me pegué a ella y murmuré:

--¿Te crees que puedes hacer lo que te dé la gana, y no recibir consecuencias?

Entonces, de pronto, apretó sus nalgas contra mi entrepierna. Mi sangre comenzó a concentrarse en ese lugar, y froté mi bulto contra su culo. Llevé mis manos a sus pechos y los apreté, oliendo la piel de su cuello, lamiéndola, empujando levemente mis caderas contra su culo. Sabía que no tenía mucho tiempo antes de que mi esposa terminara de acicalarse.

Guié mis manos por debajo de su camiseta y le acaricié los pezones, que reaccionaron al roce y se endurecieron. Ella dejó escapar un suspiro y trató de volverse hacia mí, pero yo se lo impedí.

--Yo no te he dicho que dejes de trabajar --ordené--. Eres una malcriada, y alguien te tiene que dar una lección.

Ella soltó una risita divertida, pero siguió lavando los platos. Su impertinencia me enfadó, y la agarré de los pelos. Tiré su cabeza hacia atrás y lamí su cuello de arriba a abajo. Deslicé mis dedos por debajo de su falda, y recorrí los pliegues de sus bragas, repasando la forma de su vulva con las yemas de mis dedos, mientras sentía su respiración cada vez más agitada. Metí mi mano dentro de sus bragas, y ella se estremeció al sentir mis dedos. Acaricié su clítoris y, finalmente, la penetré con los dedos. La criada comenzó a gemir, así que inserté dos dedos de la otra mano en su boquita. Ella los chupó alegremente, como si estuviera programada para ello.

Le bajé las bragas de un manotazo y levanté su faldita corta. Hice que se diera la vuelta y me encarara, y luego la empujé hacia abajo, hasta que su cara estuvo frente a mi cintura. Me desabroché el cinturón, me bajé los pantalones y me saqué el miembro. Con la mano, le abrí la boquita y hundí la polla con fuerza entre sus labios. Apenas le cupo en la boca.

--Ya no te hace tanta gracia, ¿eh? --dije, aludiendo al tamaño de mi polla.

Ella quedó con la espalda apoyada contra un armario, de modo que podía embestir con las caderas sin que cayera al suelo. Así pues, comencé a empujar mi polla contra su boca, tratando de llegar tan lejos como pudiera, golpeando el fondo de su garganta y notando cómo su lengua lamía la puntita de mi polla y bajaba hasta chuparme los huevos.

--Qué bien se te da comer pollas, ¿eh, zorrita?

Hacía años que no me follaba a semejante jovencita. Mi esposa ya no podía seguirme el ritmo, pero esta chica... me la podía follar todas las veces que quisiera, y siempre tendría el coñito caliente para mí. Era mía para hacer lo que yo quisiera con ella, y ella haría todo lo que yo le dijera.

Seguí follando su boca rosita con dureza, cada vez más rápido. Ella seguía chupando y tragando, chupando y tragando, chupando y tragando. La agarré de la cara y comencé a follarme su boca tan rápido como pude. Fue como si le taladrara la cara.

Entonces me detuve. Sentí que, si seguía, me iba a correr. No planeaba correrme en su boca. La puse en pie.

--Te voy a enseñar para qué sirves realmente --susurré--. Solo eres una putita descarada, y necesitas que alguien con una buena polla te domine como es debido.

Me sonrió, como si no creyera en mis amenazas. Antes de que ella dijera nada, la penetré de una poderosa embestida. Mi polla enorme le perforó el coñito de un golpetazo. Echó la cabeza atrás, sobrecogida de placer. Le tapé la boca antes de que gimiera y, sin pausa, comencé a embestir con furia. Arremetía contra su coño con tanta energía que no podía seguirme el ritmo, y se agitaba como una muñequita de trapo. Era como si mi polla partiera su coño en dos, que nunca había sido atravesado por un miembro de semejante tamaño.

Mi polla la penetraba cada vez a más velocidad. Follar aquella vagina, joven y tersa, me producía un inmenso placer. Era estrechita y placentera. Estrellaba mis huevos contra ella como si no hubiera un mañana, reclamándola, atravesándola hasta que no podía hundirla más. Su coñito, pequeño y prieto, no tenía más remedio que amoldarse al tamaño y longitud de mi polla, que martilleaba contra el extremo de su carne. Reclamaba más espacio para penetrarla. Sentí que quería follarla aún más, pero mi polla era demasiado grande para ella.

Le estrujé los pechos mientras que una sensación eléctrica atenazó mis músculos. En ese momento, olvidé que mi polla no cabía por completo en su coño, y traté desesperadamente de penetrarla todavía más. Conseguí deslizarla unos centímetros más adentro, y ella gimió. Me iba a correr.

Mi polla se endureció como una piedra, y los huevos se contrajeron. Empujé tanto como pude hacia su interior, y me corrí. Expulsé tanto semen que lo sentí escapándose por los costados. Tardé unos segundos en expulsarlo todo, llenándola más allá de los límites de su cuerpo. Arremetí contra ella varias veces más, para que todo terminara dentro de ella, hasta que no quedó ni una gota. Por supuesto, todo aquello no cupo en el interior de la chica. Al apartarme, vi que varias gotas de leche le resbalaban entre las piernas y se deslizaban hasta el suelo, como un riachuelo.

Ella permaneció en esa posición, roja de sudor, con la expresión agotada y apoyando los pechos desnudos sobre el lavadero. No tenía fuerzas para subirse las bragas. Tenía las piernas cubiertas de semen, el coño blanco y varias manchas de lefa que había aterrizado sobre sus bragas.

Me guardé la polla en los pantalones, cerré la cremallera y me abroché el cinturón. Me arreglé un poco el pelo y escuché que mi mujer ya se había terminado de arreglar. Bebí un baso de agua y se lo dejé en la pica para que lo limpiase.

Antes de marcharme, la miré otra vez. Ahora me respetaba. Había logrado someter a aquella putita insumisa.


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