Antón Ferrán, siete, el reencuentro.

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Qué te parece, Pirulero, lo que me ha acompañado la suerte- fue lo primero que le dijo Aragón a Ferrán, aquella tarde primaveral que se encontraran. Ya te digo- contestó Ferrán a su amigo.

Antón Ferrán, como quiera que hubiera o hubiese divisado a Aragón desde la tercera planta de aquel edificio en obras, a la hora del almuerzo se acercó a saludarlo. Tantos años juntos, tocándose los catamplines- sobre todo Aragón al muchacho- habían forjado una amistad verdadera, y Antón, aunque recónditamente estuviera harto de su compañero de escuela y de trabajo, vencido el primer momento, se entristeció por la suerte de su maestro.

Aragón era el maestro de albañil del oficial Ferrán y habían sido muchas las vivencias en la obra juntos. Al unísono habían tirado piropos a cuanta tía buena acertara a pasar cerca de las obras de su lugar de trabajo.

Ferrán reconocía cierta habilidad verbal de Aragón- aparte de lo de "pirulero". Pero era cierto, tenía gracia el maestro.

Aquello de tener más grandes los ojos que los pies estaba bastante trillado, pero no por ello dejaban de hacer uso.

Por tí me volvía honrado- le había oído decir también a alguna tía buena en tránsito.

Y es que era cierto, o si no a qué pasaban cerca de las obras aquellas mozas en tan buen estado de forma. Pues a recibir algún halago. Consustancial al oficio de la profesión: poner ladrillos, hacer masas y estrujarse las meninges ante los "bocato di cardenale" que asomaban por allí de vez en cuando. Vamos, los poetas del andamio.


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