Antón Ferrán, ocho,la vida sigue.

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Eso le dijo, "Pirulero", a su motejador Aragón.

Aragón- le llamaba por el apellido-, la vida sigue.

Y allí sobre aquel montículo, una vez que Ferrán se jaló el almuerzo, dejó en soledad absoluta a alguien que había sido tan importante en su vida, que no era posible concebirla, en su entereza, sin aquella relación.

Aragón, se marchó a bordo de su silla. Se dieron los Whatsapp respetivos, y prometieron llamarse. Pero la situación de Aragón, impedido en su silla, representaba el final. Desde el "Párvulos", que se conocían. Habían pasado cuarenta años desde entonces y la bifurcación que se abría en sus vidas representaba- ya decimos-, probablemente y a pesar de las buenas intenciones, el final.

Aquella tarde estuvo Ferrán filosófico. Pasaron unas cuantas tías buenas cerca de la obra, pero no acertó, como era habitual en él, con el piropo adecuado para cada ocasión. No anduvo tan inspirado como en él era habitual. La imagen de su amigo a bordo de aquel ciclo no se le borró en toda la sesión.

A una le dijo, "Carpe diem, aprovecha el momento, bombón".

La muchacha se giró, y, cuando Ferrán esperaba algún gesto desabrido ante aquella salida de tono tan poco habitual, le sonrió.

Era una profesora de Latín que daba clases en un Instituto cercano a la obra. Lo supo unos días después. Cuando una puerta se cierra, otra se abre, pensó-, también filosófico, y al saberlo-, nuestro oficial de la construcción.


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