El rey toma a una joven criada después de su batalla
Por Arquimedes
Enviado el 20/01/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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El agua del baño humeaba, empañando todos los cristales. El rey entró, todavía con su armadura y la cara manchada de barro y sangre. Con un gesto, ordenó que todos los criados abandonáramos los suntuosos baños. De pronto, me agarró del brazo:
--Excepto tú --dijo--. Tú me ayudarás a desvestirme.
Comencé a quitarle las pesadas piezas de la armadura, dejando al descubierto su enorme torso lleno de heridas y cicatrices. Él me observaba con detenimiento. Era un rostro sombrío y tosco, cuadrado y de facciones terribles, como una bestia cruel, una barba enmarañada y cicatrices endurecidas. Tenía su rostro tan cerca del mío, que olí el aliento a alcohol, seguramente para celebrar su victoria en la batalla. Pensé que su celebración aún no había concluido. Me invadió una sensación de temor, pero también de respeto.
Humedecí una esponja y comencé a fregarle la piel, comenzando por limpiarle la suciedad de los hombros. Su piel era morena y dura, tostada a causa de años de luchas bajo el sol. Me puse de puntillas para alcanzarlo mejor, pues era ancho y alto, corpulento, de músculos duros como las rocas. Paseé la esponja por su torso, sus costados, sus brazos, manos y cuello con suma delicadeza. Él no me quitaba la mirada de encima. Me detuvo con la mano cuando restregaba su esponja debajo del ombligo, y me obligó a llevar la esponja mucho más abajo. Torció los labios mientras lo hacía, en una expresión lasciva. Entonces, lo noté.
Pude sentir su excitación. Al mirarlo, su expresión se volvió aún más cruda. Tomó la esponja de mi mano y la lanzó lejos.
--Para esta zona --dijo--, usarás esas manos tan finas que tienes.
Llevé las manos hacia su miembro y comencé a frotar el jabón; primero alrededor de su miembro y, luego, a lo largo y ancho de su gran tamaño. Su respiración se agitó, así como también la mía. Mi entrepierna se encendió.
De pronto, me agarró del brazo y echó a andar hacia la bañera de piedra. Le seguí el paso como pude, procurando no caerme.
Rasgó las costuras de mi corsé y lo lanzó al suelo. Después, rompió mi vestido. Lo arrancó con facilidad, como si estuviera hecho de papel. Se agachó hasta llevar su cara a la altura de mi cuello, y aspiró con fuerza. Bebía de mi olor, y pude sentir que aquello lo excitaba aún más. Empujó su cadera contra la mía, agarrándome por los muslos con sus manos de hierro. Sus movimientos rítmicos me excitaron de tal forma que inmediatamente llevé mi mano a su entrepierna, estudiando sus grandes dimensiones, sintiendo su calor y cómo palpitaba hambrienta, deseosa de visitarme. Cuando notó cómo la agarraba, él comenzó a empujar, bufando salvajemente.
Me levantó en el aire y dejó que mis piernas se cerraran alrededor de sus caderas. Lo miré a los ojos, unos ojos grandes y raudos, una boca cruda y una expresión endurecida, deseosa de sentir el cálido tacto de una mujer. Su boca de lanzó sobre la mía. Su lengua atravesó mis labios y me saborearon. Se separó de mi boca y paseó los labios por mi mandíbula, bajando por mi cuello y hasta llegar a mis pechos. Lamía con voracidad, chupando con excitación mis pezones.
Bajó por las escaleras de mármol de la gran bañera, y me apoyó contra una de las paredes. Con una mano tanteó entre mis muslos, que se abrieron para darle la bienvenida. Acarició mis labios, rozó mi clítoris hinchado y me penetró con sus gruesos dedos. Mientras lo hacía, los curvaba de un modo que lograban electrizar mi cuerpo entero, moviéndolos con rapidez y con pericia. Creí que iba a terminar en ese mismo instante. Era fuerte, rápido y hábil. Gemí, incapaz de contenerme. De pronto, se detuvo.
Abrí los ojos y lo descubrí mirándome con una expresión enfebrecida por el deseo, jadeando y listo para lanzarse sobre mí. Sin perder un segundo, tomó su miembro. Fue todo muy rápido. Me penetró casi al instante y sin previo aviso, y yo no estaba preparada para lo que sentí. Aunque había saltado a la vista su tamaño, sentirlo había sido algo completamente diferente.
El rey, grande y fiero como era, comenzó a embestirme salvajemente. Parecía un toro enloquecido, empujando potentemente. Cada acometida levantaba olas de placer, una sensación que no había experimentado jamás. Acercó su cara a la mía, con aquella barba enmarañada y viril, y volvió a besarme como antes, hundiendo su lengua en mi boca.
Su lengua me penetraba con la misma intensidad que su miembro, entrando y saliendo con violencia, como si quisiera hacerse hueco a través de mi cuerpo, o como si le faltara espacio y quisiera crear más. A nuestro alrededor, el agua formaba olas que salpicaban alto, las gotas se evaporaban en su piel y el vapor se elevaba en columnas.
Gruñía cada vez más, como un salvaje. Su voz era gutural y profunda, y sus gemidos eran roncos, como el gruñir de un oso. Una expresión bruta dominaba su rostro, que parecía haber perdido toda traza de civilización, como si hubiera regresado a un estado primal.
Embestía embravecido, sin apartar su brutal mirada de la mía. Llevó sus manazas a mis pechos, manoseándolos, chupándolos con lujuria. Podía notar cómo su polla chocaba contra los límites de mi cuerpo, impactando una y otra vez contra ellos como si quisiera derribarlos. Me llenaba por completo, y yo no sentía más que placer.
De pronto, sus gemidos se volvieron más toscos. Subieron de tono con cada embestida, hasta inundar la habitación entera con sus bramidos. Su pene latía dentro de mí. Palpitaba ansiando vaciarse en mi interior. Las pulsaciones se dispararon, luego soltó un rugido y, de pronto, noté una gran presión en mi interior. El rey se lanzó contra mi cuerpo, empujando todo hacia mi interior, atenazándome entre sus brazos para impedirme marchar. Embistió con violencia y no se detuvo, asegurándose de que no quedaba ni una gota fuera de mí. Mientras lo hacía, el sonido de sus rugidos se multiplicaba, como la voz de una bestia ruda y salvaje. Era verdaderamente temible. Los músculos de su cuerpo, tensos y enrojecidos, dejaban ver las venas hinchadas de sus brazos, su cuello y las sienes.
Finalmente, dejó de moverse. Su rostro adquirió un ademán de tranquilidad, como si hubiera expulsado algo malvado de su cuerpo. Separó sus caderas de las mías, se apartó de mí y salió de la bañera. Sin mirarme, se secó con un pedazo de tela y no pronunció una sola palabra, como si se hubiera olvidado de mí. Luego, abandonó el baño y a mí en su interior.
Me dejó nadando en aquella bañera, embadurnada de su sudor y saliva, y con la entrepierna rebosando de su hombría.
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