EL VIAJE ILUSTRADO (Homenaje a H. G. Wells)

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       EL VIAJE ILUSTRADO 
(Homenaje a H. G. Wells)


Estaban en la máquina del tiempo. Eva tenía los ojos abiertos como si fueran platos soperos; iban de la negrura infinita y sin palabras, a los diversos puntos de luz (blanquecinos, amarillentos; otros anaranjados) que salpican la escena cósmica. Ricardo se extasiaba observando las formas de color metálico, los múltiples pilotos de colores, los diseños impecables de cada nave estelar. "Mira, Eva, cariño", le dijo alborozado pasando las yemas de los dedos índice y medio por la superficie satinada. Entonces, Eva se abrazó a él con un cosquilleo alegre en la boca del estómago, en el pecho y en el vientre. Primero, ella reposó su cabeza sobre el hombro de él; a continuación, acercó la suya a la cabeza de Eva, de la que emanaba un discreto olor a perfume.

Ella acarició los rizos rubios de él, no distraídamente, sino consciente de que era el cabello de Ricardo, su ser externo, al que amaba profundamente porque era la parte complementaria del otro, ese que la comprendía intensamente y la colmaba intelectualmente más que las demás personas.

Los dos estaban de viaje, como viajaban cada noche por los caminos de hierro del deseo y la fantasía. Los dos se maravillaban de haberse conocido y entenderse tan profunda e íntimamente, como no lo habían hecho nunca antes. Se necesitaban con la libertad del curso natural de un río que discurría desde las altas cumbres, resuelto y espumoso en su nacimiento; plácido y suave más abajo, en un todo único y mágico.

"Hicimos bien al comprarlo", dijo Ricardo mirando a Eva a los ojos marrones y chispeantes. Mantuvo la mirada dentro de la de ella un largo lapso. Ambos sintieron de golpe cómo se les ponía la piel de gallina y juntaron las manos cálidas, con los dedos entrelazados.

Eva giró la página del cuaderno ilustrado a todo color. Era un ejemplar antiguo que ella ya tuvo años atrás. No pudo resistirse a tocarlo y disfrutar sus viñetas, el inmortal olor del papel y la tinta... Contenta, jovial, vital, con la alegría de la vida renovada, llamó a la puerta de la lado de la suya y cuando él apareció en el hueco le mostró el cuaderno le dijo: "No me he podido reprimir. Lo leemos juntos".

Y de nuevo ambos siguieron el viaje de la aventura en la máquina del tiempo de Wells.


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