
Vivo en un pueblo alejado de la ciudad donde trabajo, lo que me obliga a trasladarme diariamente, de lunes a viernes, en un viaje de ida y vuelta que marca el ritmo de mis días. Por diversas razones, el transporte colectivo resulta ser mi mejor opción: buses interurbanos que transportan a la gente en condiciones que exceden ampliamente sus capacidades. Si pensamos que un bus está diseñado para 48 personas, la realidad es que normalmente circulan con el doble de pasajeros, muchos de ellos viajando de pie, apretujados en los pasillos.
En mi caso tengo ciertas ventajas. Abordo el bus en una parada temprana, justo donde comienzan a llenarse, antes de alcanzar su ocupación total. Esto me permite asegurar un asiento y cierta comodidad relativa comparado con quienes suben a mitad del trayecto y deben conformarse con lo que encuentren o, peor aún, viajar de pie durante horas.
Recorremos cerca de 40 kilómetros, pero las condiciones del tráfico transforman esa distancia en un trayecto que oscila entre dos y, a veces, hasta cuatro horas serpenteando por carreteras y calles congestionadas. Para llegar a tiempo al trabajo debo salir a las cinco de la mañana, cuando aún no ha amanecido y la oscuridad envuelve las calles vacías.
Pasar entre dos y cinco horas atrapado en un bus, en condiciones de total incomodidad, obliga a aprovechar ese tiempo de la mejor manera posible. La actividad principal para la mayoría resulta ser terminar de dormir, recuperando las horas perdidas de la noche. Pero hay quienes eligen otras opciones: algunos leen aprovechando la luz tenue del amanecer, otros se pierden en sus celulares jugando o navegando sin rumbo. Cuando viajan acompañados, se entretienen en amenas conversaciones que ayudan a hacer más llevadero el trayecto. Hay personas que aprovechan para tomar sus alimentos, aunque a mí personalmente me parece desagradable comer en la calle y mucho menos en un bus en movimiento.
Vale la pena mencionar que estos buses son verdaderas latas mortales en potencia. Se desplazan a velocidades increíbles, temerarias incluso. Existe la costumbre de modificar los motores para obtener rendimientos superiores a los normales, convirtiendo cada viaje en una apuesta. Los factores de riesgo se multiplican producto de la indiferencia absoluta de las autoridades responsables del transporte público nacional.
Los conductores manejan sin licencia o con licencias falsas, algunos en estado de ebriedad, otros son jóvenes sin experiencia suficiente. Todos, como regla general, acostumbran conducir a exceso de velocidad, adelantando a otros vehículos de manera imprudente o, peor aún, haciendo competencias entre ellos por ganar pasajeros, como si nuestras vidas fueran parte de un juego macabro.
Y ni hablar de las condiciones dentro de los buses. Aparte del hacinamiento insoportable, los pasajeros debemos acostumbrarnos a escuchar música de la preferencia del piloto a decibeles ensordecedores, como si estuviéramos en una discoteca ambulante. Si intentas atender alguna llamada telefónica ocasional, te será imposible escuchar nada del otro lado.
Han desarrollado técnicas ingeniosas para eludir controles y maximizar ganancias. Polarizan las ventanas hasta hacerlas casi opacas para que nadie pueda ver desde afuera cuántos pasajeros transportan, permitiéndoles hacinar a la gente hasta niveles increíbles. Engañan a los potenciales pasajeros haciéndoles creer que el bus viene vacío cuando en realidad está repleto, descubriendo la verdad solo cuando ya es demasiado tarde y han abordado.
Esta es la realidad de mi viaje diario, la rutina que marca mis días entre el pueblo donde vivo y la ciudad donde trabajo.
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