EL HECHIZO DE SILVANIA (1)

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EL HECHIZO DE SILVANIA  (1) 
 
 
Silvania tensó el arco. Entre sus dedos, la elástica cuerda de fibras entrelazadas presionaba con tanta fuerza que la obligaba a contener la 
Respiración. Un sonido agudo atravesó el llano desde la boscosa protección donde la cazadora se encontraba. La liebre salió despedida, muerta al instante, con la fina flecha atravesando su peludo cuerpo. 
 
El hijo del alfarero quedó paralizado observando la escena. Silvania salió de entre los matorrales. Bajo un sombrero verde de pico, con una cinta cogida con una hebilla dorada, su rostro pecoso y sus ojos azules se apoderaron del alma del hijo del artesano. 
 
 —Me has asustado. Podrías haberme herido o, tal vez, haberme matado. 
 
Hoscamente, la mujer respondió sin mirar más que a su presa, caliente aún y completamente inmóvil (un reguero de sangre no más grueso que un hilo recorría el lado izquierdo del cuerpo del animal. La mujer extrajo la flecha mañosamente, la giró bajo su experta mirada, arrancó un trozo de sangre sanguinolenta y viscerada y, dando vuelta a su mano en dirección a su hombro, la deslizó en el carcaj de piel de toro): 
 
—Hijo del poblado, este es terreno de caza; aquí rige la Ley del bosque. La vida depende del conocimiento natural. ¡Bien lo sabes! 
 
El joven no se movió del paso del sendero al claro. Sus ojos miraban fascinados la figura de la mujer, que seguía sin volverse, agachada, impasible, de espaldas al muchacho, examinando su presa, a la que acariciaba las grandes orejas. Un silencio acompañó aquella extraña estampa de inmovilidad que siguió a las palabras rudas que salieron de los bellos labios de la joven mujer. 
Ágilmente se levantó, girando sobre los talones insertos en las botas de piel marrón y vueltas un poco más debajo de las rodillas. De reojo echó un vistazo al hombre. 
 
—Si vas a Lumberburg has de saber que va a descargar una fuerte tormenta antes de que alcances las torres del noroeste. 
 
Él se relajó al escuchar las palabras cuyo tono dejó de ser áspero. 
 
—He de llegar, pues, pronto; así, que gracias por tu advertencia, hija del bosque; mis disculpas y sigo mi camino. 
 
Ella alzó los ojos al cielo y aspiró profundamente en varias direcciones. 
 
—Huele a lluvia —una breve pausa después añadió—: No deberías hacerte al camino. Deberías regresar. 
 
—No puedo; están esperándola mercancía para mañana a primera hora.  —Y echó a andar con largas zancadas. 
 
La mujer miró con sus pupilas brillantes la grácil figura del chico. 
 
—Espera. Va a diluviar; te ofrezco cobijo en mi cabaña por esta noche. Podemos repartir mi caza. Sígueme, me llamó Silvania. 
 
El joven se volvió suspicaz. 
 
 —Nada te pido a cambio. No necesito tu mercancía —se echó a reír—. Conozco un atajo por el bosque; mañana te acompañaré y a primera hora estarás en Lumberburg. 
 
Apenas unos segundos de vacilación, y después el joven artesano aceptó la invitación con una sonrisa de respuesta en los labios. 
 
El apetitoso aroma de la carne de la liebre, que giraba hábilmente sobre el fuego, despertaba el hambre del joven, que arreglaba varios cestos 
Que la chica tenía en un pequeño cuarto en un lado de la modesta casita. La lluvia comenzó a descargar bruscamente. Un manto de agua fría repiqueteaba sobre el tejado de pizarra. La mujer sirvió el estupendo y oloroso asado, acompañado de una gran hogaza de pan tierno. Sentados a una mesa de roble sobre sendas banquetas redondas, miraban los destellos azulados de la tormenta. Silvania preguntó: 
 
—¿Cuál es tu nombre? —Escanció un vaso de vino tinto en los dos vasos—. Tu padre es Metxias, el alfarero, y tu madre Almty; eso lo sé. 
 
—Soy Brhugall. —El joven bebió un largo trago y quedó pensativo. Tenía unos ojos soñadores de un tono verde esmeralda que brillaba al compás y de las llamas del hogar. El vino era suave, pero en seguida calentó su estómago y sus pies. 
 
—Nunca te vi por este paraje —la mujer interrogaba con sus ojos al mismo tiempo que la linda boca parecía modular cada palabra. 
 
—No solemos cruzar por los senderos del Este. Es por un trato que cerró mi padre el último día de la feria de Ganter. 
 
Continuaron la cena. Brhugall bebió dos vasos más del vino, cuyo toque final afrutado disfrutaba. No volvieron a hablar, aunque ambos cruzaban miradas disimuladamente disfrazadas de distracción. 
 
Al acabar, Silvania le explicó que su marido Drinhok había sido reclutado para la guerra del barón del castillo de Valhtir, en su campaña para expulsar a los bardos de la Marca gótica que hacían incursiones de rapiña sobre las comunidades campesinas. No sabía nada de Drinhok; podría estar muerto, pues hacía mucho tiempo que marchó y seguía sin noticias. Los rumores que corrían por la Marca decían que hubo pocos supervivientes. Ella pertenecía al clan lungidense, y gozaba de derecho de caza en los límites de la baronía de Valhtir. 
 
—Debemos descansar. El camino es corto pero abrupto. Puedes dormir en el banco, junto a la chimenea  —señaló un mueble plano y oscuro. 
 
Luego, la mujer se retiró a la única habitación de la casa y dejó la puerta entornada. Brhugall, apenas se recostó en el duro banco y cubierto con una capa que le entregó  la mujer, comenzó en escasos minutos a notar los efectos etílicos, y la pesadez de los párpados fue apagando la luz del candil suspendido del techo. 
 
El joven aldeano se sumergió en un manto brumoso y un carrusel de sueños se apoderó de él. Frida estaba con él en la orilla del lago. Un dragón escupió llamaradas rojizas de fuego en forma de lenguas, que hicieron un circulo rodeando a su hermana. Ella estaba imposibilitada de saltar por encima de las llamas. Bhrugall se envolvió en una capa negra que nunca había visto y cruzó el fuego. Tomó a Frida en sus brazos y volvió a atravesar el círculo ígneo. El dragón emitía roncos gruñidos y aleteaba, expandiendo el fuego que alargaba sus brazos rojizos hacia los dos hermanos, pero consiguieron escapar de la bestia feroz. 
 

 


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