EL HECHIZO DE SILVANIA (2)

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EL HECHIZO DE SILVANIA  (2) 
 
 

Ya corriendo ambos por el camino pedregoso, Bhrugall arrastraba de la mano a su hermana, hasta que llegaron a una cueva excavada en las rocas del acantilado de las lindes del camino de Lumberburg. 
 
Los dos hermanos olían a humo y tenían la piel tiznada. Por las pizarrosas paredes de la gruta caían anchos chorros de agua transparente. 
Bhrugall acampanó sus manos recogiendo en sus palmas el líquido refrescante y lavó la cara de Frida, antes de limpiar la suya. Fuera atronaba el ronquido feroz del 
Dragón. Bhrugall se acercó a la entrada de la caverna y agachado vio el vuelo circular del animal. Cuando se giró Frida estaba desnuda junto a él, chorreando agua que se deslizaba por su cuerpo. Él apartó la vista, pero Frida se abrazó a él. Dentro del sueño, el chico notó en en los labios el aroma del vino y pasó la lengua por ellos: en el revuelo de los pliegues oníricos oyó que una voz repetida que el vino tenia el sabor de los labios de Frida. Bajo la presión de su boca contra la de su hermana, al intentar separarlos sintió como los incisivos de ella se clavaban en sus labios. 
 
El cuerpo caliente de ella le rodeaba, sin que el muchacho pudiera zafarse del abrazo ardiente. Escuchaba los suspiros de Frida y respiraba su aliento.  La sujetó por las caderas y consiguió escabullirse del anillo de los brazos húmedos de ella. 
 
A grandes zancadas Brhugall se introdujo en la cueva y corrió alarmado hacia el fondo. Frida con estentóreas carcajadas le persiguió, le atrapó y le hizo caer. Ambos rodaron por el duro suelo de piedra. Frida se hizo un corte en la frente, y la abundante sangre caía desde su ceja hasta los pechos desnudos. Bhrugall gritó. Frida lo sujetó contra el firme irregular… Las uñas de la chica arañaron dolorosamente su mano derecha.  
Gritó… 
 
—¡Calma aldeano! Has tenido una pesadilla —sobre él estaba el rostro de la cazadora. Su aliento era dulzón como el vino de la noche…, como los labios de Frida—. La mujer estaba inclinada sobre él, cogiendo sus hombros con dos manos fuertes y musculosas. Su cabello se balanceaba frente a sus ojos, que se abrieron de par en par al observar una herida en la frente de la mujer. Bhrugall, se estremeció sudoroso; respiraba agitadamente. 
 
Confuso todavía por el accidentado despertar, se incorporó, echó un vistazo a su alrededor y contempló el amanecer en el cielo despejado. Se calzó los botines y recogió el zurrón y la bolsa. 
 
La chica se había calado el sombrero verde oscuro. Le ofreció un tazón de barro cocido de color castaño que Bhrugall examinó con ojo educado en distinguir la calidad del objeto. La leche humeaba en la vasija. Al sorber notó un escozor en el labio inferior. Se llevó los dedos a la boca y notó una hinchazón que le hizo paralizarse: alarmado recordó el sueño por unos instantes. Pensó que se habría mordido el labio en medio de la desagradable pesadilla nocturna. 
 
—Toma el pan con miel y desayuna pronto; hemos de ponernos en camino su quieres llegar temprano. 
 
Tras desayunar, Silvania echó a andar guiando a Bhrugall por senderos riscosos y escarpados. EI rumor de las caídas de agua que procedía de los manantiales de las cumbres les rodeaba. Todo el camino boscoso estaba envuelto en una densa capa de niebla cálida. La muchacha caminaba tan rápida y segura que el muchacho no podía casi seguirla. 
Multitud de trinos y cantos de pájaros 
Desconocidos asaltaban los oídos del muchacho. Comenzaba a fatigarse cuando repentinamente se hizo claro entre la arboleda, y unos brillantes rayos de sol se reflejaron en las húmedas hojas de los nogales. Silvania de detuvo y  
 
—Sigue recto por el sesgo de espinos y encontrarás la carretera que conduce directamente a la ciudad. —La mujer estaba de pie en una enorme roca. Su capa encarnada 
Parecía flotar en medio de la floresta. Bhrugall miró hacia el entrecortado camino y le agradeció a la mujer su ayuda. Los ojos azul cielo de la mujer penetraron profundamente en los del aldeanos, casi dolorosamente. 
 
—A la vuelta, volveré a verte…, si así lo quieres. Te traeré un vestido de Lumberburg; te lo prometo. Gracias cazadora. 
 
Bhrugall se deslizó hacia el lindero y se volvió para despedirse una vez más. Sobre la roca, el brazo delgado y huesudo se agitó dentro de la 
Capa rojiza. El cabello gris y deshilachado era agitado por la brisa que se había levantado. El cuerpo flaco se sostenía dificultosamente, con un ligero temblor. 
 
En los ojos destellaban las pupilas azules. Los labios delicados, de un suave color rosa respondieron: 
 
-No te olvides de volver… Te estaré esperando. 
 
Bhrugall sacudió su mano una vez más… y pudo ver en su dorso cuatro líneas rojizas entre la piel despellejada. El vello de su nuca se erizó y se alejó con grandes zancadas en dirección a la ciudad. 

 


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