Ha caído nieve; una espesa capa de nieve; una copiosa lluvia de blancas escamas, un rocío que ha ido estampando un paisaje que nos ha hecho sonreír con sensaciones y recuerdos de la infancia reconstruido con retales casi olvidados y otros aprendidos inconscientemente quién sabe por qué, dónde o con quién.
Luego, la nieve, con la gelidez del viento norteño se ha hecho hielo ocultando las huellas del pasado, como si la tierra padeciera una amnesia de las cosas que ocurrieron, de las vergonzosas tragedias que nadie quiere rememorar u oír. El caminante se preocupa tan sólo de no resbalar; cuida de afirmar sus pasos, procurando no deslizarse y caer…, como si la nieve no fuera a derretirse jamás; como si fuese eterna; como si fuera una eternidad la escasa vida de cada uno: como si pudiera ocultarnos de la muerte que, bajo la generosa y blanca capa del presente, sigue escrita bajo esta nieve de hoy; tal como si nos fuera posible borrar el pasado trágico, el pasado terrible, la sangre derramada, las lágrimas vertidas… con tan sólo cerrar los párpados.
Miramos nuestros pies y no sentimos el helor bajo las suelas, únicamente procuramos no caer cada cual y cubrimos, con otra nieve amnésica, las marcas de un ayer no tan lejano y cuyos espectros van acercándose mientras nosotros bostezamos.
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