
Últimamente lloro en los aviones. Concretamente cuando me toca ventanilla y apagan las luces.
Me recuesto y las lágrimas comienzan a brotar y deslizarse por mis mejillas. Siento el peso de la duda, la incertidumbre; me deslizo por la vida de puntillas. Algunos tenemos atajos para llegar más rápido al final y sin que se note.
Soy Leyre, mujer, en los nuevos cuarenta (un poco de coquetería siempre está bien); madre, esposa, amiga, profesional, poco hermana y casi no hija.
Soy una enferma de linfoma no Hodgkin folicular. Crónico y no curable. Lento si no muta. Baja carga tumoral por el momento. Para una persona adscrita a las certidumbres no está mal.
Mi nueva condición se dató el 14 de febrero del 25. San Valentín llamó a mi puerta sin ofrecerme un novio nuevo…que yo no quería cambiar, pero unas flores en vez de esto no hubieran estado mal aunque hubieran sido margaritas o crisantemos.
Este diagnóstico cambia tu vida aunque hagas como si no. Esto aprieta, pesa, ahoga…está presente en lo no presente. Y ahora más. Ahora más porque en menos de un mes nos toca revisión. Y digo “nos toca”, porque al final y aunque no lo quiera nos afecta al núcleo y a los satélites, a los enlaces creados. Duros y resistentes espero que hasta el final.
Como enferma no quiero modificar vidas, precisamente porque quiero y quiero seguir queriendo. Pero a veces es inevitable. Porque sientes que te cansas, que te duele, que tu cabeza no descansa, probablemente todo por razones ajenas a la enfermedad, al cáncer (porque de eso hablamos), y quieres eso que no quieres: llamar la atención, que las lágrimas salgan cuando hay luz, que te digan que todo irá bien aunque nadie lo sepa, que te abracen y besen marcándote con fuerza.
Porque al fin y al cabo, dentro de mi certidumbre sé que soy un ser mucho más emocional que racional. Y detrás de lo que se ve hay un alma tiritando de frío.
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