EL DOBLE AMOR DE AINHOA
Por Eunoia
Enviado el 09/02/2026, clasificado en Amor / Románticos
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Ainoha se sentía vacía; vacía y confusa en esta templada mañana. Contemplaba el cruce de Mendizábal y la cuesta de la judería desde su mesa de despacho en el banco; frente a ella había una pila de folios grapados en resmas con pegatinas de colores identificativas: azules para nuevos clientes; verdes para impagos; amarillas para reclamaciones; negras para gestiones pendientes...
Humeaba la taza de café y alrededor de la misma sus dedos se cruzaban mientras su mirada parecía estar ajena del mundo exterior.
Algo no marchaba en su vida; su día , el de hoy, pero no era un día entre otros: muchos días eran así últimamente; su corazón parecía latir casi sin pulso y se veía incapaz de concentrarse en nada de lo que hacía. Los despistes se sucedían; asimismo los olvidos; incluso la comida no la disfrutaba como antes.
Sorbió un largo trago y volvió a su block de notas, que se había convertido en un cuaderno de dibujo: un barquito en medio de un mar y del cual, como una cometa, volaba un corazón de color rosado. N otro lado una vaquita sonriente y de mirada feliz. A su lado, un pollito amarillo tan gordito que daban ganas de estirar la mano y apretarlo entre los dedos; más allá, se elevaba en una onda espiral un avión de papel, en medio de la cual había otro corazón tambien de color rosa. En otra esquina, un parquecito con un columpio vacío, un sol con bellos rayos...y otro corazón rosado colgando de un lazo. En la página contigua del block abierto, había dibujado, a todo color una casita con un huerto, un caminito con los colores del arco iris, árboles al fondo y, en la parte inferior, un rebaño de lindas ovejitas que pastaban entre las hierbas. Protegidas por un bello cercado de madera, unas hermosas flores... y al fondo, emergiendo triunfante sobre las altas cumbres, un magnífico sol coronado de rayos amarillos como el trigo.
Ainhoa tenía una vida que se podía calificar de satisfactoria, tanto en lo laboral como en su vida de familia..., ¿qué había, pues, que cubría su corazón de un manto de niebla y un vacío..., una espera; algo intangible?
Sus ojos regresaron al cruce de las calles y sus bellos y carnosos labios exhalaron un suspiro prolongado. Bebió un trago humeante y pasó su lengua por el surco de los labios. De repente, por la esquina de Mendizábal, surgió la figura delgada de Javier, con sus cabellos revueltos y su descuidada forma de vestir. La boca de Ainhoa se curvó dibujando una "u"; sus ojos se iluminaron, su corazón se aceleró, sus pulmones parecieron cobrar vida, llenándose de aire fresco, y su estómago centelleó. Se esponjó los cabellos castaños claros y se limpió los labios con la yema de los dedos. Contó los minutos con los ojos brillantes. La figura de Javier, su compañero de trabajo, entró casi de un salto en la oficina. Sonreía casi infantilmente cuando le mostró una bolsa de papel con manchas de grasa mantequillosa.
—Croissants— dijo acercándose a la mesa de Ainhoa, al lado de la suya. Sus ojos se posaron sobre los de Ainhoa, tal como una nube en el horizonte parece besar la lejana linea azulada del mar.
Un relámpago interior, un calor intenso transformó la mañana de Ainhoa, y el frío despacho pareció iluminarse cuando él se acercó y ella percibió el olor de la colonia de Javier.
Ainhoa aceptó el croissant con una sonrisa agradecida, cuidando de que sus dedos apenas rozaran los de Javier. Aquel contacto mínimo, casi inexistente, fue suficiente para despertarle una ternura serena, distinta a la sacudida que había sentido al verlo aparecer por la esquina. No era un deseo que reclamara espacio ni un impulso que pidiera romper nada; era, más bien, una emoción suave, como una canción antigua que se recuerda sin saber cuándo se aprendió.
—Gracias —dijo en voz baja.
Javier se sentó frente a ella, hablando de cosas triviales: del tráfico, del frío y la lluvia que se resistían a irse, de una reunión interminable, de sus planes el fin de semana.... Ainhoa lo escuchaba con atención real, sincera. Le gustaba esa forma suya de estar en el mundo, un poco desordenada, pero luminosa, atrevida y algo rebelde frente a los convencionalismos. Compartían aficiones y ternura serena. Le gustaba cómo, sin proponérselo, le devolvía una parte de sí misma que creía adormecida.
Y, sin embargo, en medio de esa calidez recién encendida, apareció con claridad la imagen de su pareja: la voz conocida al otro lado del teléfono por las noches, las manos firmes que le daban paz, la complicidad construida con los años, el respeto que se profesaban, la libertad, la risa, los buenos y malos momentos que compartían... Ese amor no se desdibujaba; no se resquebrajaba por la presencia de otro sentimiento. Seguía ahí, profundo y cierto, como una casa bien asentada.
Ainhoa comprendió entonces que su confusión no nacía de la traición, sino del descubrimiento. Se puede querer de muchas maneras, pensó; hay amores que sostienen y otros que despiertan, y no siempre se anulan entre sí. El suyo por Javier era una luz pequeña, honesta, que no pretendía desplazar a ninguna otra, solo existir.
Mientras él reía por algo sin importancia, ella sintió que el vacío empezaba a llenarse, no con respuestas definitivas, sino con una aceptación tranquila. Su corazón, lejos de dividirse, parecía ensancharse.
Dio un pequeño mordisco al croissant y, al levantar la vista, sus miradas se encontraron de nuevo. Ainhoa sostuvo la de Javier sin miedo, con la serenidad de quien sabe que hay afectos que no reclaman más que ser reconocidos.
Afuera, el cruce de Mendizábal seguía su ritmo cotidiano; adentro, en silencio, ella entendía que amar no siempre significa elegir, sino aprender a habitar lo que se siente con verdad y respeto.
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