La frontera de Valldesia

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     Agustín se apoyó en el roble más cercano a la frontera en que acababa Valldesia y comenzaba Montdesia. Detrás quedaban los perales con sus peciolos que maduraban al sol; delante, indistinguibles de los del lado donde estaba Agustín, había otro robledal. A la derecha corría tumultuoso el río Desia espumoso y cantarín debido a las últimas lluvias, límite natural entre ambas poblaciones.

Un milano emitió un gorjeo al cruzar de un lado al otro de la franja de tierra rojiza y se posó en una rama gruesa de unos de los robles de Montdesia. Agustín cavilaba acerca de las viejas leyendas y cuentos que su abuelo Augusto le contaba sobre las rivalidades entre Valldesia y Montdesia. La alegre sinfonía del río le reconfortaba en la dulce espera.
Agustín se inclinó y recogió unos cuantos guijarros y jugó a lanzarlos cuan lejos pudo y el milano, asustado, emprendió el vuelo con unos chillidos de protesta. Las piedrezuelas fueron cayendo del otro lado de los límites de las poblaciones. «Son exactamente iguales...», pensó: «Bueno, exactamente iguales, no; no son idénticos», rectificó recordando las lecciones del viejo profesor Armand: «Ninguna cosa es completamente igual a otra incluso siendo del mismo género; si la identidad fuera absoluta, no podría haber cambio ni evolución».

Pero lo cierto es que grosso modo, entre los guijarros de Valldesia y los de Montdesia no se podía distinguir; únicamente entre cada uno de ellos; daba igual del lado en que estuvieran. Las historias del recio abuelo Augusto podían tener su encanto y le entretuvieron cuando era niño, desatando su imaginación infantil; sin embargo, la fuerza de la realidad objetiva las convertía en absurdas justificaciones para una rivalidad que sólo beneficiaba los intereses de los comerciantes y mercaderes de ambos lados del Desia. «Ahí están los robles de cada lado», se decía Agustín, «tan cerca que sus raíces se podrían tocar entre ellas. Si los árboles hablaban entre sí, seguro que sus conversaciones serían continuas. Las aguas y la humedad del río alimentaban oír igual a ambos robledales, a los matorrales, los cultivos... Cuando llueve, las gotas son llevadas por el viento indistintamente a cada lado de la inerte frontera; las mariposas y las mariquitas, los pájaros, los caracoles, las lagartijas... cruzaban constantemente de uno a otro lado; los topillos cavaban sus túneles atravesando las tierras sin nombre bajo la tierra roja...»

Entonces escuchó la voz de Amelia; oyó su nombre en los bellos labios de su amada que le sonreía y agitaba su mano en el borde opuesto. El rostro de Agustín se iluminó y dejando caer dos redondeados guijarros a sus pies, en Valldesia, cruzó alegremente al otro lado, donde los labios de Amelia se fundieron con los suyos y no había distancia alguna entre los brazos de uno y otra.

El sol descendía sobre los robles cuando Agustín y Amelia se quedaron en silencio, aún abrazados, a la orilla del Desia.

Nada había cambiado alrededor: el río seguía cantando, el milano cruzaba de un lado a otro y las raíces de los árboles continuaban buscándose bajo la tierra roja. Sólo había cambiado una certeza en el corazón de Agustín.

Comprendió entonces que la frontera no estaba en el suelo, sino en las historias que se repetían sin pensarlas. Y al cruzar para besar a Amelia, había demostrado lo frágil que era.

Desde aquel día, la línea entre Valldesia y Montdesia siguió dibujada en los mapas, pero ya no en su vida.


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