ALTERNANCIAS (2)
(-11)
FIN DE JORNADA
Helena se acercó a la ventana con su aromático té roiboos humeante. Era la hora. Y…, efectivamente él estaba allí, en la parada del Trambesòs. Encima, desde la acera de enfrente, la forma de Zeppelin vertical de la torre Agbar cambiaba de color como tantas tardes.
—Buenas tardes, Helena. Hasta mañana, y no te quedes hasta muy tarde.
Era Pedro, de Contabilidad. Ella y él solían ser los últimos en abandonar la oficina; Pedro porque siempre dejaba temas pendientes y su profesionalidad le imponía deberes que nadie agradecía; ella, no. Lo de Helena era otra cosa. Lo de ella era por Rubén; y Rubén era puntual: a las 17:45, sin falta esperaba el convoy en la plataforma.
Helena apuró su taza, la dejó en la bandeja —para que Puri la lavase a primera hora de la mañana— y se puso la chaqueta de ante marrón. Salió al pasillo, tomó el ascensor y bajó a la planta baja, donde Lucrecio le abrió tan cortés y sonriente como siempre la puerta. Se dirigió hacia el paso de peatones y subió por la rampa hacia donde estaba Rubén.
—Hola —dijo Rubén con una sonrisa de oreja a oreja—. Hoy salí por los pelos. El gili… de mi jefe vino a última hora con un cartapacio inmenso de las obras del Camp Nou —emitió una especie de bufido que hizo que sus labios se movieran vibrantes, y Helena sintiera un escalofrío de ternura.
—¡Venga, hombre, que ya es viernes! Lo peor de la semana ya ha pasado.
El tranvía se deslizó sobre los raíles y abrió sus puertas. Rubén hizo palanca con los dos brazos sobre los manillares de la silla de Helena y ésta validó con su móvil el billete; movió la palanca y se colocó en el área reservada. Rubén pasó su tarjeta plástica y se colocó va a su lado. El tranvía se puso en marcha.
—Mira… —le dijo a Helena—: es para el Concierto número para violín opus 35 de Tchaikovski. Tengo dos: me las dio Roberto Gálvez, un cliente del bufete que tiene mano…
Helena sintió el remolino interior.
—Son para mañana…, esto…, ya sé que es muy precipitado…
Helena miró los ojos claros de Rubén con los suyos profundamente negros.
—¿Puedes…, digo, si te apetece? —Rubén esperó tenso, tragó saliva.
Helena le hizo un guiño cómplice.
—Si me dejas invitarte a cenar, y eres tan gentil de acompañarme a casa, estaré encantada.
Dos pares de ojos fulguraron al unísono mientras el vehículo se detenía en la siguiente parada. Helena movió su mano y rozó tímidamente la de Rubén…, pero éste no la retiró.
Un sonido que hoy parecía lejano anunciaba el cierre de puertas y el tranvía volvió a deslizarse, suave, al menos eso era lo que percibía Helena que se sentía en una nube.
Rubén entrelazó sus dedos en los de Helena, con una delicadeza casi reverencial. No dijo nada. No hacía falta. El traqueteo acompasado sobre los raíles marcaba un ritmo nuevo, distinto al de las tardes anteriores.
—Entonces… mañana a las ocho te paso a buscar —murmuró él, aún con esa mezcla de incredulidad e incertidumbre en la voz.
—A las ocho estaré lista —respondió ella—. Y no acepto un “no” como respuesta a la cena.
Rubén rió por lo bajo.
—Trato hecho.
Por la ventanilla, la ciudad de encendía, como cada tarde. El cielo se teñía de un azul oscuro, casi violeta, con el reflejo de las luces, como si celebraran en secreto aquel acuerdo recién sellado.
Helena apoyó la cabeza un instante en el respaldo. Sentía el calor de la mano de Rubén, firme, presente. Durante meses había bajado cada tarde con el pretexto de coincidir, de escucharle quejarse de su jefe, de verle sonreír al verla aparecer por la rampa. Durante meses había imaginado este paso mínimo y gigantesco a la vez.
—Helena… —dijo él de pronto, bajando la voz—. Gracias.
—¿Por qué?
—Por decir que sí.
Ella lo miró, divertida.
—Aún no he escuchado el concierto.
Rubén sonrió, pero en sus ojos había algo más profundo que una broma: alivio, quizá; esperanza, seguro.
El tranvía frenó con suavidad. Era su parada. Él maniobró la silla con la naturalidad de quien conoce cada gesto y cada pendiente. Bajaron juntos, como siempre. Pero no era como siempre.
Esa noche, mientras avanzaban despacio por la acera iluminada, Helena comprendió que, a veces, la puntualidad de las 17:45 no era costumbre: era el destino.
Comentarios
COMENTAR









¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales