En los confines de la gran ciudad, en el empalme de los caminos que conducen hacia la carretera central, puede verse la fachada raída de un alcázar, una construcción centenaria jamás habitada porque, según la leyenda difundida por los lugareños, sus propietarios murieron trágicamente el mismo día en que iban a tomar posesión.
Acerca del Castillo -tal como lo llaman con cierto resquemor en la áspera vecindad- se han urdido infinidad de narraciones. Puede que infundadas, con la salvedad de una tragedia sí confirmada: décadas atrás, un vehículo a gran velocidad se estrelló contra el paredón de la finca, muriendo sus cuatro ocupantes, todos jóvenes amigos que retornaban de una fiesta nocturna. El luctuoso suceso terminó de forjar la leyenda negra sobre la mansión.
Otras historias se han tejido en torno a la reputación de la fortaleza en ruinas. Se trate o no de habladurías, lo cierto es que el hallazgo de dos cadáveres colgados de una cuerda en el interior de la morada, medio siglo atrás, contribuyó a cimentar el mito. Algunos, incluso, se han animado a fantasear con la existencia de rituales paganos y otras sutilezas por el estilo.
Con los años, las nuevas generaciones optaron por ignorar las versiones tenebrosas que se tejían en su torno. Los niños iban a treparse a los árboles que habitan entre las malezas de su jardín para apoderarse de las moras y los nísperos. Detrás del muro trasero del Castillo, sobre el predio adyacente, los más jóvenes armaban sus partidas de fútbol, en las interminables tardes veraniegas. Algunas parejas primerizas comenzaron a frecuentar durante los atardeceres las cercanías del paredón, con el fin de prodigarse los primeros arrumacos.
Cierta vez, un vecino logró, por curiosidad, recabar alguna información acerca del dueño original de la abandonada mansión. Se trata de un acaudalado empresario inglés, John Baker Hughes, quien había ordenado construir hacia 1920 la fortaleza para hospedar allí a Katty Whitebroke, su amor clandestino recién llegado de Europa. La bella y joven Katty permaneció apenas unas pocas horas en el país: cuando arribó al puerto, la recogieron en un vehículo para trasladarla hacia la que sería su flamante morada. Un accidente en la carretera le costó la vida, junto con su futura ama de llaves y el chofer del auto. La versión da cuenta de que Hughes se suicidó al conocer la infausta noticia.
Hasta allí es todo lo que se supo durante mucho tiempo acerca del trágico destino de quienes iban a habitar el Castillo. Con los años, otros lugareños se interesaron por indagar sobre los pasos de Baker Hughes. Y descubrieron que, a principios del siglo XX, también había hecho construir un modesto palacio en la región francesa de Alsacia, para albergar a otra amante suya, de nombre Anais Charpentier, una joven gala de quien se había enamorado, y cuya muerte también trágica había conmocionado a toda la región. Esto habría acontecido, según las crónicas, a principios del siglo XX, es decir, unos veinte años antes de que Hughes se enamorase de Katty. El palacio de Alsacia estuvo deshabitado durante décadas.
Otros documentos dan cuenta de que, en diferentes tiempos y geografías, el hombre hizo construir mansiones que, por motivos desconocidos, nunca fueron habitadas. Al parecer, una tercera amante suya, Eva Rottemberg, falleció durante la construcción de un palacio diseñado en Hamburgo, Alemania. Con lo cual se infiere que Hughes era no solo un financista poseedor de fortuna y de un corazón enamoradizo, sino también un caballero de mucha mala suerte.
Otras crónicas contradicen la fecha del suicidio de Baker Hughes. Según la primera versión conocida por los lugareños, se habría quitado la vida hacia 1920, luego de la muerte de su dear Katty. Sin embargo, en un documento fechado diez años más tarde, el afamado John estaba haciendo de las suyas en norteamérica, hacia donde había viajado para intentar revertir su ominosa ventura.
En una de esas crónicas, se deja entrever la reputación con la que contaba entre sus pares. Un financista, de apellido Humphry, le expresaba a un colega suyo la siguiente reflexión: “El muy gentil señor Hughes me ofreció un negocio de lo más redituable y, créeme, lo estoy analizando. Empero, viene precedido de una fama de desdicha en lo personal. Su honra es intachable, pero en el mundo financiero ya se lo considera un cenizo, un gafe”.
Al parecer, arribó a Nueva York en octubre de 1929, justo en el momento en que se inicia el crack bursátil de Wall Street, la más catastrófica caída de la bolsa de valores que daría inicio al período conocido como Gran Depresión. Su llegada a Estados Unidos no podía ser más inoportuna.
De acuerdo a los documentos consultados, otro inversionista colega de John hizo las siguientes declaraciones, por esos aciagos días, a la prensa especializada: “Todo es posible que ocurra. No sabemos si el pánico acontecido el Jueves Negro pueda repetirse. Al desplome de las acciones hay que agregar otro factor: la llegada de Míster Baker Hughes a Nueva York”.
El amigo Hughes habría entrado en un estado de abatimiento y postración. Sus finanzas se habían derrumbado, y el dolor provocado por las muertes de sus jóvenes amantes, sumado a la reputación de agorero vehiculizada por sus propios colegas, lo habían conducido al desaliento. Este estado fue el que lo llevaría, finalmente, al suicidio.
Sin embargo, no son pocos los que conjeturan que Hughes fue ultimado por algún enajenado o, incluso, por sicarios contratados por los mismos financistas de Wall Street, cuando la Gran Depresión económica ya se había hecho carne en la sociedad. Eso sí, excepto aquella primera versión, existe coincidencia en que el año de su muerte ha sido 1930. Alguno sugirió, incluso, que los sicarios habrían sido contratados por el propio Hughes, ante sus malogrados intentos por quitarse la vida. Acerca de esto último, no existe certeza alguna.
Cuando las versiones sobre la desventurada vida de Baker Hughes llegaron a oídos de la vecindad del Castillo, el reclamo fue unánime: convertirlo definitivamente en escombros, y librarse de esa leyenda negra que, desde un siglo atrás, perturba y enluta a la aldea.
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