Una historia perdida del Eixample barcelonés

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¿Por qué no lo hizo?

¿Por qué no la abrazó allí mismo, en la cocina, y la besó apasionadamente, metiendo sus labios, los de ella, en su boca ansiosa, nerviosa, desacostumbrada e ignorante? Él sabía que ella lo estaba esperando, lo quería, lo deseaba, insinuante y mojada. No era la primera vez.

Él hubiera querido desnudarla, allí mismo, sin ir al dormitorio, en la pequeña cocina. Imaginaba sus senos, que podía ver en su mente: pequeños, rosados, con los pezones ardientes y erectos. Podía imaginar el olor de su piel, de sus cabellos marrones; y el olor de su sexo, aquel sexo estrecho —él lo imaginaba estrecho, con los labios de su vulva escondidos en la hendidura húmeda, tal vez con un flujo blanquecino escurriendo hacia sus muslos— y hambriento, que deseaba ser tocado, recorrido, abierto, besado, lamido, chupado, succionado; introducido por la ensalivada lengua, antes de dejar que los dedos inquietos la hurgasen y entrasen en el ardiente santuario de su vagina. Él lo sabía y también deseaba que ella le bajara la cremallera y notase el vigor de su sexo endurecido por el deseo, y sacarse su polla tiesa. ¡Seguro que por el capullo enrojecido ya resbalaban las primeras gotas del flujo de la lujuria desmedida!

Él la imaginaba así, con los dedos apretando la verga caliente, disfrutando del tacto y con la visión del mástil entre sus dedos pequeños y regordetes. Los ojos marrones de ella fijamente clavados en la polla tiesa; sus dedos acariciando el capullo mojado, la rama endurecida del falo. Le parecía sentir el tacto de los labios suaves y resbaladizos del coño, mientras se hundían sus dedos lentamente en el conducto vaginal. Los ojos de ella cerrados, suspirante, con una cadena de jadeos. Los muslos separados: ahora veía los pelos del vello perlados del líquido chorreante que había mojado ambos lados.

Mientras en silencio miraba los ojos de ella, ahí parada en la puerta de entrada de la cocina, se imaginaba tomándola por los hombros y conduciéndola a su pene grande y grueso con suavidad. Ella agachada, la boca abierta, el falo siendo engullido por los labios de color rosado, con la delicadeza de unos pétalos carnosos; la caliente cavidad, la lengua besando la polla, los mofletes hinchados al succionar, golosos, famélicos; la cabeza girando en pequeños ángulos, a derecha e izquierda, mientras mamaba el sexo masculino con fruición.

Se ve levantándola despacio, volteándola. Los codos de ella apoyados en el poyo de mármol de la cocina. Le sube el vestido y, ahora sí, la braga se deja arrastrar hacia abajo, hacia los talones claros. Los montículos redondos y pálidos de las nalgas, que él besa y mordisquea suavemente. La lengua que discurre por la estrechez de la separación del culo femenino. El olor de la carne sexual, otra vez, renovado, el tacto lingual del aro estriado del ojete, el sabor del flujo de ella en su lengua, su olor en los labios…

Ella se abre los cachetes del culo. La verga entra como si estuviera lubricada, y se hunde hasta que el vientre de él se funde con la glútea carne de ella. Los dos gimen y como dos medio centauros galopan jadeantes hasta que él se corre en el túnel en llamas del dilatado coño de ella. A borbotones, su semen salpica las paredes sensitivas. Una descarga tras otra, los testículos se vacían en la vagina, y cuando saca poco a poco la verga, un largo reguero de blanquecina leche masculina aparece entre los labios abiertos del chocho y gotean hacia el suelo de losetas grises.

Ahora ella se vuelve, lo agarra de los hombros y, una vez él está arrodillado frente al velloso coño, empuja su cabeza hacia la hendidura abierta. Se abre con ambas manos la raja y empujando su cabeza contra el clítoris duro y caliente nota como él chupa, primero, y devora el fruto que la traslada al nirvana del inigualable placer femenino.

Él huele el sexo de ella y el de su propio semen, el sabor salino le impregna los labios, el mentón, la punta de la nariz; succiona y lame, traga el almíbar sexual entre los primeros espasmos del orgasmo de ella. Se separa cuando ella gime desbocada y los dedos de ella ocupan el lugar de la boca de él. Frota el clítoris y toda la longitud carnosa de su vulva. Los ojos cerrados; la boca abierta. Vibra todo el chocho y empuja el vientre hacia afuera y hacia dentro, como si estuviera siendo follada nuevamente.

Él se levanta y la abraza. Se besan en la boca ahora lentos, despacio; porque el tiempo se ha detenido, como él quisiera que se hubiera detenido entonces y no lamentar ahora no haber hecho el amor con ella aquella mañana de primavera.


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