NO FUE UN SUEÑO
No fue un sueño: ayer el parque estaba iluminado por los primeros rayos del sol naciente. Cubría el horizonte un manto de niebla espesa y blanquecina, pero las ambarinas lámparas de las farolas pregonaban envidiosas el irresistible triunfo del día.
Estaban los bancos húmedos, perlados de gotitas de un rocío mesetario (¡oh, tú, encantadora de la serpiente inquieta de mi pecho, hechicera que agitas el alma dormida y rompes la monotonía asfixiante de las cobardías!)... Imagino (—he de imaginar— tus pasos, los pequeños zapatos que son el receptáculo perfecto para tus pies de diosa…, incluso tus huellas: todos ellos yo los besaría, humilde aprendiz de mago, que a tu lado se instruye en un deseo que es fuego contenido para hacer eterno el camino que transitamos: ¿lo sientes, corazón?)
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