Examen de Piel y Deseo

Por
Enviado el , clasificado en Adultos / eróticos
93 visitas

Marcar como relato favorito

Soy una mujer joven, mi piel es tan blanca que me causa problemas dermatológicos. Visito al mismo doctor desde hace años y ya tenemos confianza, pero sigue poniéndome nerviosa cuando me toca.

Él es un hombre maduro, canoso y muy apuesto, ah y también casado. Es siempre respetuoso y profesional conmigo, pero solo al oír su voz mi cuerpo reacciona de formas que no debería. En cada chequeo debo quedarme en ropa interior y usar una bata de las que son abiertas por detrás, él va examinando y pidiendo que descubra mi piel parte por parte.

En la última visita llevé un conjunto de lencería que pareció gustarle lo que vio, así que esta vez decidí elevar la apuesta. Llegué sin sujetador y con una diminuta tanga negra bajo mi vestido favorito.

Me puse la bata y me senté en la camilla con mis piernas colgando, esperando la rutina, consciente de mi desnudez. El doctor tocó la puerta y entró al área de examinación. Se sentó frente a mí, con su cara a la altura de mi cintura. Agarró uno de mis pies y chequeó incluso entre mis dedos, luego fue deslizando sus manos hasta mi rodilla y un poco más arriba para después hacer lo mismo en mi otra pierna.

Me pidió subir un poco la bata. Mis manos temblaban como si fuera la primera vez que lo hacía. Él ya había notado mi pequeña tanga, pero continuó profesionalmente revisando mi piel, tocando mis muslos y mirando de cerca. Llegó hasta mi cintura donde levantó la delgada tira de mi tanga para chequear. Mi excitación era inevitable cuando pasó a revisar la parte interna de mis muslos.

Él se acercó tanto que pude sentir el calor de su aliento en mi muslo. Señaló una imperfección casi invisible, un punto carmesí que apenas destacaba en mi blancura. “¿Habías visto esta pequeña mancha?”, preguntó. Su voz era grave, profesional, pero sus ojos me devolvieron una mirada cargada de otra intención. “No, doctor. ¿Es grave?”, le respondí, con mi voz temblando un poco más de lo necesario. “No parece nada malo”, dijo él, deteniéndose justo en el borde de mi tanga negra, donde la tela apenas cubría mi intimidad, “pero lo chequearemos al final, con más detalle”.

Se puso de pie y me pidió bajar la bata un poco para chequear mis hombros. Al soltar la cinta, la bata se abrió exponiendo mi torso. Él examinó mi cuello, mis hombros y luego mi pecho. “Voy a tocar, aprovechando que no cargas nada”, solo asentí con mi cabeza sin poder decir una palabra.

Mis pezones estaban extremadamente erectos, él lo notó y pasó sus dedos alrededor para luego palpar a los lados y por debajo de mis tetas. Bajó tocando mi abdomen hasta donde comenzaba la tanga. Pensé que seguiría aún más abajo, pero me pidió levantarme y darle la espalda.

Me sentía tan expuesta y tan caliente cuando sus dedos bajaban por mis brazos y su cuerpo estaba a solo centímetros detrás de mí. Luego pasó a examinar mi espalda, sus manos causaron un choque eléctrico en mi cuerpo y él lo notó. Perdí la noción del tiempo cuando sus manos bajaron de mi espalda para explorar mis nalgas. Mi tanga no ocultaba mucho, sé que él se estaba dando un banquete táctil y visual y eso me excitaba a niveles celestiales. 

El doctor tomó mi mano y me volteó hacia él. Con una mirada seria dijo “Luces perfecta, te va de maravilla con el tratamiento, el único detalle es el punto rojo que encontramos ahora. Si estás de acuerdo quisiera revisarlo, pero para eso tendrías que retirar tu tanga y entiendo si no deseas hacerlo”. Respondí con voz temblorosa “No puedo irme sabiendo que hay un detalle”.

Me quité la tanga ante su mirada contenida y volví a la camilla. Abrí las piernas y él se sentó en su silla para examinarme. Pasó sus dedos por mi pubis y entrepierna, dijo que el punto no era nada de que preocuparse, pero ahora vería mi vulva “por precaución”.

Húmeda, sentí como rozaba mis labios externos, luego deslizó sus dedos hacia mis labios internos tocando mi clítoris. Yo solo respiraba y trataba de no pensar para no gemir. Él usó sus dos manos para abrir mis labios y mirar hacia adentro. Aunque no es su especialidad lo permití, esperando algo más.

Con el pulgar de su mano izquierda comenzó a hacer círculos sobre mi clítoris y tuve que tapar mi boca con mis manos. Los dedos índice y medio de su mano derecha se hundieron en mí y el mundo exterior desapareció: ya no había pacientes afuera, ni una esposa en su casa, solo la fricción perfecta de su piel contra la mía y el eco de mi propio deseo contenido tras mis dientes apretados.

Mientras metía y sacaba sus dedos levantaba la mirada con su encantadora sonrisa. Era el hombre perfecto en ese instante. Aceleró el ritmo y en un minuto me hizo acabar en un orgasmo increíble, nunca había tenido que luchar tanto por evitar gritar.

Al levantarse, su erección era evidente. Se me hizo agua la boca. Me dio unas toallas de papel y dijo: “Tenemos más de una hora en esto y afuera hay más pacientes, apresúrate a vestirte y ven a mi escritorio”, obedecí como a un dueño.

En su escritorio anotó los detalles de la consulta en mi historial. Me dio un papel con su número telefónico personal diciendo “Sabes que soy casado, si no tienes problemas con eso esperaré tu mensaje para que pronto continuemos lo que empezamos hoy”, le respondí que estaba dispuesta a continuar. Nos dimos un beso apasionado, pero corto y salí del consultorio. 

Fui con la intención de provocar a mi doctor y salí siendo su nueva amante.


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

ElevoPress - Servicio de mantenimiento WordPress Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed