LA ALIANZA DE LOS NUEVE - Una fábula contemporanea - 1ra. parte

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UNA FÁBULA CONTEMPORÁNEA SOBRE SOBERANÍA, PODER Y RESISTENCIA.

Prólogo - El eco del equilibrio perdido

Durante décadas, el mundo pareció girar bajo una aparente armonía. Las alianzas comerciales, los tratados multilaterales y el progreso tecnológico tejieron una red interdependiente que sostuvo el crecimiento global. Pero toda red tiene tensiones, y toda armonía es vulnerable al poder que se siente amenazado.

En la cúspide de su influencia, Gran Potencia se encontró mirando hacia adentro: su industria deslocalizada, su pueblo dividido, y su orgullo herido. Fue entonces cuando su nuevo líder, Donald T. Potus, prometió devolverle la grandeza a cualquier costo, incluso si eso significaba dinamitar los pilares de la cooperación global.

Mientras los aranceles se alzaban como muros y las bases militares se expandían como sombras, el resto del mundo observaba. Algunos se sometieron. Otros, guardaron silencio. Pero hubo quienes comenzaron a preguntarse si no había llegado el momento de trazar una línea.

Así, en oficinas discretas, en llamadas cifradas y en reuniones sin banderas, empezó a gestarse algo inédito. Nueve países, distintos en historia y cultura, comenzaron a reconocerse en sus inquietudes comunes. Y con ese reconocimiento nació una idea.

La historia que sigue no es de guerra, aunque la guerra la ronde. Es la historia del nacimiento de una alianza. No de una alianza de conveniencia, sino de convicción. Una liga forjada no por la fuerza, sino por la dignidad.


 

LA ALIANZA DE LOS NUEVE

Capítulo 1 - El rumor de una alianza.

La noticia no se publicó en ningún periódico ni apareció en las pantallas de los noticieros. Circuló primero en murmullos diplomáticos, luego en correos electrónicos encriptados y, finalmente, en reuniones a puerta cerrada.

En las últimas 48 horas, diez embajadores habían solicitado reuniones urgentes con sus contrapartes en un solo país: Gran Potencia. No había un motivo oficial. No se trataba de tratados ni de celebraciones. Era una señal. Y quienes sabían leer las señales empezaban a sentir una inquietud creciente.

En una sala discreta de un organismo internacional, representantes de China, México, Canadá, Vietnam, Japón, Corea del Sur, Taiwán, India, Irlanda y Alemania se habían sentado en torno a una mesa sin banderas, pero con el peso del 70?% de las importaciones de Gran Potencia. No había traductores ni cámaras. Solo documentos, agendas apretadas y rostros tensos.

El representante alemán, con su habitual prudencia, tomó la palabra primero:

—No estoy aquí para sumarme a ninguna confrontación abierta. Nuestra posición es clara: no queremos una ruptura con Gran Potencia.

—Pero tampoco puede seguir beneficiándose a costa de todos nosotros —replicó la delegada de Vietnam—. Los aranceles están asfixiando nuestras industrias. Esto ya no es solo política comercial, es una imposición unilateral.

—Y un chantaje —añadió el ministro de Exteriores indio—. Nos presionan para gastar más en armas que en salud. ¿Para qué sirven los hospitales si no podemos pagar personal porque todo el presupuesto se va a defensa?

El representante mexicano asintió, cruzando los brazos.

—Nos lo advirtieron: si no aumentamos nuestras compras militares, nos cerrarán la frontera y el mercado. ¿Esa es la cooperación que ofrecen?

China, hasta entonces en silencio, habló con voz firme:

—Gran Potencia cree que puede dictar las reglas del siglo XXI como lo hizo en el siglo XX. Pero el tablero ha cambiado. Ningún país —ni siquiera ellos— puede sobrevivir sin nosotros. Ha llegado la hora de actuar. ¡Juntos!.

Un silencio denso se apoderó del salón. La palabra “boicot” no fue dicha. Aún no. Pero estaba ahí, flotando, esperando ser pronunciada.

La representante de Irlanda, más acostumbrada al sigilo que al protagonismo, deslizó sobre la mesa un borrador: un memorando de entendimiento preliminar. No era aún un tratado ni una amenaza formal. Era solo un paso. Pero era el primer paso.

En la Gran Casa, el presidente de Gran Potencia encendía las luces de su despacho para preparar su discurso de la noche. Hablaría de grandeza, de recuperación, de fuerza.

Lo que no sabía era que, a unas pocas cuadras de distancia, una nueva coalición comenzaba a tomar forma. Una coalición que podría cambiarlo todo.

Horas más tarde, la sala estaba en silencio. Los miembros del gabinete esperaban la decisión final con la tensión dibujada en sus rostros. El presidente, de pie frente al ventanal del Ala Oeste, miraba sin ver el jardín cuidadosamente simétrico. Con voz firme, comenzó a hablar, sin necesidad de volverse:

—Durante demasiado tiempo, este país ha permitido que su grandeza sea arrastrada por las olas débiles de tratados y compromisos globalistas. Nosotros inventamos el siglo XX. Lo lideramos en la industria, en la innovación, en la moral. Pero ahora nos dicen que dependemos de fábricas extranjeras, que nuestras manos ya no fabrican lo que usamos, que debemos conformarnos con ser consumidores de un mundo sin fronteras…

Se giró, con los ojos encendidos, y su puño golpeó levemente la superficie de la mesa.

—No. Es hora de recuperar lo que es nuestro. Vamos a imponer aranceles a quienes han construido sus fortunas a costa de nuestra debilidad. Si quieren vendernos algo, que paguen. Y si no quieren, que busquen en otro lugar quién les compre.

Hubo un murmullo incómodo.

—En cuanto a nuestros aliados —continuó—, si pretenden seguir bajo nuestro escudo, tendrán que demostrarlo. El mundo está cada vez más inestable, y nuestra industria de defensa necesita expandirse. Basta de naciones que esperan protección sin compromiso. O invierten en su seguridad —en nuestros productos— o se valen por sí mismas.

Sus asesores dudaron, pero ninguno se atrevió a contradecirlo.

—Vamos a recuperar el liderazgo, cueste lo que cueste.

El presidente, Donald T. Potus, con voz firme pero chillona, despidió a su audiencia con un gesto muy común en él, aunque aún no del todo bien recibido entre sus asesores.


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