LA ALIANZA DE LOS NUEVE - Una fábula contemporanea - 2da.parte
Por C. Isaza - Roquebert
Enviado el 19/02/2026, clasificado en Cuentos
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Capítulo 2: Tan cerca de Gran Potencia y tan lejos de Dios.
La mañana comenzaba con un cielo despejado sobre el Zócalo, pero en el Palacio Nacional de Ciudad de México la atmósfera era densa. La presidenta Claudia Sheinbaum, con su serenidad habitual, analizaba en su despacho una serie de informes recién llegados desde el norte. La Gran Potencia endurecía su postura, y el discurso de anoche del presidente Donald T. Potus no había dejado lugar a dudas: los aranceles iban en serio, y la amenaza de cerrar por completo la frontera sur ya se había materializado.
Sentado frente a ella, el secretario de Relaciones Exteriores, Juan Ramón de la Fuente, se ajustaba los lentes con gesto contenido.
—Presidenta, la decisión de enviar a nuestro representante a esa reunión fue necesaria. No podemos permitirnos quedar fuera de un eventual bloque de cooperación. No se firmó nada, pero el mensaje es claro: la presión arancelaria está uniendo a países que rara vez se sientan juntos en la misma mesa.
Ella asintió en silencio, y su mirada se desvió hacia la ventana. Sabía que cada decisión tenía un costo.
El representante mexicano en aquella reunión secreta no era un diplomático, sino un empresario: Alejandro Guzmán Revueltas, el industrial con más empleados en el país, más por su red de industrias agroalimentarias, manufactureras y logísticas que por el tamaño de su fortuna. Educado en la UNAM y en universidades de Gran Potencia, conocedor de la cultura política y empresarial del norte, Guzmán era un orgulloso mexicano, un latinoamericano con visión global y formación humanista.
Los aranceles impuestos por Gran Potencia habían golpeado con dureza a la economía mexicana. Las exportaciones agropecuarias, textiles y manufactureras habían caído, y el desempleo comenzaba a crecer. Sin embargo, gracias a una gestión rápida y coordinada, buena parte de los productos excedentes habían logrado colocarse en mercados asiáticos, africanos y sudamericanos, aunque a un costo alto en términos de ganancia. El sacrificio era evidente, pero mantenía la economía funcionando y evitaba una crisis humanitaria.
La situación se tornaba más grave por el cierre total de la frontera y la repatriación masiva e indiscriminada de latinoamericanos desde Gran Potencia. Muchos eran expulsados incluso con estatus legal vigente. El presidente Potus celebraba su política migratoria ante sus bases, sin reconocer el daño que esto causaba a sus propias industrias agropecuarias, ahora sin trabajadores ni capacidad de respuesta. Esto había encarecido los alimentos y disparado el malestar entre las clases trabajadoras del norte.
A lo interno de Gran Potencia, la resistencia creía. Sindicatos, asociaciones de pequeños y medianos empresarios, y hasta gigantes de la industria se mostraban críticos. Unos por la pérdida de mano de obra, otros por la falta de insumos esenciales encarecidos por los aranceles. El malestar era palpable.
También en el sector defensa comenzaban las dudas. Los gastos militares de los aliados, impulsados por la presión de Potus, no se traducían en contratos automáticos para el complejo industrial-militar de Gran Potencia. Varios países europeos, con industrias propias robustas, preferían invertir en sus fabricantes nacionales. Los números no cuadraban, y los objetivos de crecimiento tan festinados por Potus comenzaban a verse lejanos.
La presidenta Sheinbaum, comprometida con la vía diplomática, era clara en su postura: negociar, sí. Pero nunca bajo imposiciones unilaterales, y menos cuando estas amenazaban la soberanía o la dignidad de México.
Mientras tanto, en los pasillos del Pentágono, algunos analistas militares comenzaban a considerar escenarios impensables. El tono se endurecía. Un asesor, veterano de otras crisis, fue tajante:
—Nunca en nuestra historia moderna hemos estado ante la posibilidad de una confrontación en varios frentes al mismo tiempo. Y menos con actores que, aunque pequeños individualmente, juntos representan el corazón del comercio global.
La guerra, por ahora, seguía siendo comercial. Pero las líneas comenzaban a difuminarse.
Y en el sur, tan cerca de Gran Potencia y tan lejos de Dios, México afilaba con cuidado su diplomacia. Porque sabía que cada palabra podría convertirse en fuego. Y cada silencio, en complicidad.
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