LA ALIANZA DE LOS NUEVE - Una fábula contemporanea - 3ra.parte

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CAPÍTULO 3: El precio de la grandeza.

De nuevo, el ambiente en la sala de reuniones era denso. Las miradas de los representantes se cruzaban en silencio mientras una sombra de duda se proyectaba desde la silla del delegado alemán. Franz Kohl, enviado por Berlín, llevaba consigo no solo los documentos de su cancillería, sino también el peso de una historia que se negaba a desaparecer.

—Señores —dijo con voz grave, tras un prolongado silencio—, Alemania no puede comprometerse en este momento. Las heridas de nuestra historia reciente nos obligan a actuar con extrema prudencia. Debo consultar con los niveles más altos de mi gobierno antes de avanzar en cualquier tipo de acción coordinada que pueda interpretarse como hostil. Mi salida de esta sala no representa rechazo alguno, sino respeto a la institucionalidad y a la paz.

Sin dar tiempo a réplicas, se levantó, asintiendo con brevedad a los presentes, y abandonó la sala. El eco de sus pasos pareció sellar su desvinculación temporal del incipiente bloque.

El ambiente cambió. Los nueve restantes se miraron con una mezcla de determinación y urgencia. Fue la representante de la India quien rompió el silencio:

—La retirada alemana no nos puede frenar. Debemos seguir adelante.

La urgencia era compartida. La Gran Potencia, bajo el mando de Donald T. Potus, continuaba imponiendo aranceles indiscriminados que estaban desestabilizando no solo a los países de la Alianza, sino a la economía global. El proteccionismo agresivo de Potus sembraba desconfianza, escasez y resentimiento en cada rincón del planeta.

Mientras tanto, en el corazón de la Gran Potencia, los efectos de su política comenzaban a hacerse sentir. En los supermercados de Houston y Chicago, los estantes de productos frescos estaban vacíos. El maíz, la carne, el café, los microcomponentes electrónicos y los fertilizantes importados comenzaban a escasear. En las zonas más pobres de Detroit y Nueva Orleans, el hambre se volvía rutina. Los alimentos que lograban llegar al mercado tenían precios exorbitantes.

Las manifestaciones comenzaron. Primero pequeñas, luego masivas. Familias enteras marchaban con pancartas que clamaban por comida, trabajo y estabilidad. Incluso las altas clases económicas comenzaron a levantar la voz. Su riqueza dependía del consumo de las masas, y las masas ya no podían comprar.

En paralelo, la guerra en Ucrania, prolongada por intereses externos, seguía drenando recursos. Europa se debilitaba. Rusia, aunque golpeada, lograba consolidar un corredor terrestre hasta Sebastopol, cumpliendo su objetivo primario. Las potencias occidentales, en su afán por impedirlo, habían caído en una espiral de desgaste político, económico y militar.

De regreso en la sala de reuniones, el delegado chino planteó un nuevo punto:

—Si esta situación escala, Canadá estará en la primera línea del conflicto. No podemos ignorar su posición geográfica ni el riesgo que enfrenta. De ser necesario, debemos preparar mecanismos de protección conjunta.

Vietnam, la India y el propio Canadá expresaron su acuerdo, dispuestos incluso a contemplar acciones de defensa mutua.

Pero fue el delegado mexicano, con voz calmada y firme, quien hizo que la sala contuviera el aliento:

—Compañeros, no podemos permitir que la indignación nos lleve a un camino de destrucción. Ninguno de nosotros puede contemplar seriamente una guerra. En el proceso de atacar a la Gran Potencia, podríamos destruir nuestras economías, nuestras ciudades y a nuestras propias familias. Nuestro poder debe estar en la firmeza, no en la violencia.

Ese llamado a la razón reencauzó la discusión.

Los nueve países acordaron entonces un primer paquete de medidas contundentes pero no militares:

Cese inmediato de exportaciones de materias primas, productos agrícolas, pecuarios y minerales hacia Gran Potencia. Suspensión de la compra de bienes manufacturados provenientes de Gran Potencia. Refuerzo de los lazos comerciales entre los miembros de la alianza. Extensión de acuerdos preferenciales con otros países afectados por los aranceles injustos.

Desde el interior de la Gran Casa, Donald T. Potus parecía ajeno a la tormenta. Sonreía satisfecho mientras supervisaba la construcción de una inmensa pista de baile en el centro del emblemático jardín de rosas. La maquinaria destruía sin piedad los arbustos centenarios.

—Esta fiesta será legendaria —decía, una y otra vez—. Estoy haciendo a nuestra nación grande otra vez. Más grande que nunca.

No sabía, o no quería saber, que en las calles se gestaba otra fiesta. Una distinta. Una que no necesitaba música para anunciar el principio del fin de su ilusoria grandeza.


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