CUENTOS DE LA LUNA ROTA (9)
Por Eunoia
Enviado el 21/02/2026, clasificado en Amor / Románticos
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CUENTOS DE LA LUNA ROTA (9)
Copias imperfectas
Por fin Marina había sido admitida en el grupo y las cuatro amigas caminaban por el parque de la serpiente. Alfredo las vio…; pero fue incapaz de reconocerla. Ella sí le vio y sintió la agitación en la boca del estómago: ¡hacía tantos meses como desde el inicio de curso que sus ojos le buscaban desde la misma puerta de entrada al instituto! Era recíproco: Alfredo se cruzó con sus ojos color miel en la presentación del curso y debido a su timidez y apocamiento nunca se decidió a dirigirle la palabra.
Todo se limitaba al cruce de miradas, rubor de mejillas, sonrisas veladas y ojos huidizos. Marina pensaba que había algo en ella que no encajaba en el tipo de chica que le gustaba a Alfredo. No sólo era con él, pensaba; también los grupos de chicas parecían rechazarla, hacerle el vacío, apartarse de ella cuando llegaba o se cruzaba con ellas en los corrillos del desayuno; podía distinguir las miradas de reprobatorio desprecio. Eso no pasaba antes, solamente desde que las formas femeninas habían hecho su aparición en todas ellas. Coincidiendo con eso Marta fue la aventajada: cambió su forma de vestir, se pintó una raya debajo de los ojos, cambió el peinado, caminaba erguida y balanceando la cintura; luego la siguieron todas las demás…, salvo Marina.
Ella adquirió conciencia del hecho y comprendió que su aislamiento era efecto de su incapacidad para adoptar el modelo de las otras. Era claro. Pero también que Marina no tenía interés en imitarlas, en ser una copia de ellas, como una sombra o un eco. Hasta el último día de las clases de diciembre.
Al salir del aula vio a Alfredo conversando con Mía. Estaban muy animados. Él le sonreía y ella puso su mano en el antebrazo de él. Marina se vino abajo y las chispas de su interior parecieron apagarse como un fuego al que se echa un vaso de agua fría. Los vio separarse y, una vez Mía giró hacia el pasillo de salida, ella avanzó hacia Alfredo. Cuando él la vio pareció cambiar de repente: la miró fijamente y se sonrojó, sin decir una palabra: ¡qué diferente de cuando hablaba con Mía! ¡Qué mal se sintió! Al pasar junto a él, Alfredo le sonrió como de costumbre, azorado, como si algo de ella le perturbase y sólo articuló un “hola”, que ella no supo interpretar. Respondió igualmente, pero no pudo evitar el tono de tristeza amarga, que a Alfredo no le pasó desapercibido ciertamente.
Ya en los días de vacaciones Marina caviló y repasó las cosas, llegando a la conclusión de que se había convertido en un bicho raro en el instituto para todos, tanto sus compañeras como para el chico al que amaba —porque había tenido que admitir lo que ocurría también en su interior—; de ahí el dolor y el fracaso. Se sintió infeliz y finalmente al día siguiente tomó la decisión de aceptar que si quería que las cosas cambiasen, debía ser ella la que cambiase.
Cuando vio a Alfredo en el parque, acercándose al grupo de ellas, el corazón cabalgó en su pecho, y creyó que podía sufrir un desmayo a causa de la tensión del encuentro. Marta llamó la atención de Alfredo y éste las saludó ritualmente, sin reposar sus ojos en ninguna; así que no descubrió en el grupo, que le resultaba indiferente, a la nueva Marina, a la Marina que había perdido los atributos personales que le habían hecho fijarse en ella desde el primer día de clases. Y es que Alfredo se supo completamente enamorado de Marina desde el primer momento debido a su personalidad diferenciada. También algo había cambiado en Alfredo en esos días de vacaciones navideñas:
Al no poder ver a Marina tantísimos días, se sentía vacío y solo. Se maldecía por su falta de coraje; le faltaba el valor para entablar una conversación con ella, para citarse con Marina fuera del instituto; para sincerarse y decirle que se sentía atraído por ella, que era una chica distinta a las demás; una vez hecho eso, podría abrirse del todo y decirle las palabras mágicas: “te quiero”: esas que tanto miedo le daban, se le atragantaban en la boca y no querían ser pronunciadas más que dirigidas a aquella muchacha cuyos trabajos en clase le habían interesado profundamente, y a la cual había aprendido a conocer por sus exposiciones y redacciones, que mostraban una belleza interior equivalente a la belleza natural de su cuerpo. Lo que había conquistado a Alfredo era que Marina era tan diferente de las demás…, que no necesitaba disfrazarse de otra persona que la que era.
Se había propuesto que el primer día de clase de enero, superando su miedo al rechazo (porque Alfredo también tenía su personalidad propia y diferenciada de los otros compañeros de curso), se dirigiría a ella sin más dilaciones y le confesaría sus secretos sentimientos: no podía perder a una chica como Marina.
Y ahora, ambos estaban allí, en el parque.
Alfredo saludo sin mucho interés al grupo, sin apenas mirar quién estaba en él. Todas impecables, perfectamente integradas y sincronizadas, incluso en la risa. No encontró aquellos ojos color miel que le hipnotizaban.
Por otra parte, Marina entre risas ensayadas y gestos prestados, sintió por primera vez el vacio de encajar demasiado bien. Había dejado de ser el "bicho raro", sí pero también había dejado de ser ella.
Esa tarde ambos comprendieron algo: el miedo puede hacernos perder lo que amamos y el afán por gustar a los demás y el deseo de encajar en un grupo puede convertirnos en copias imperfectas de algo que no somos, perdiendo nuestra propia identidad, ese yo que nos hace diferentes, únicos y especiales.
Y en esa certeza, comenzó el verdadero cambio en Alfredo y Marina.
(Continuará........)
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