El probador

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El aire acondicionado de los grandes almacenes El Corte Inglés soplaba frío sobre la piel descubierta de Anna mientras caminaba con paso seguro entre los pasillos de moda femenina, los tacones de sus sandalias de tiras negras resonando levemente contra el suelo de mármol pulido. Llevaba un vestido ceñido de color burdeos que ya había elegido antes de salir de casa—uno de esos que se pegaba a sus curvas como una segunda piel—, pero no era ese el que le interesaba ahora. Sus dedos rozaban las perchas con distración, deteniéndose solo cuando el tejido de un vestido negro, casi líquido, capturó su atención. Lo descolgó con una sonrisa pícara, sintiendo la suavidad de la seda entre sus yemas. Perfecto.

 

A su lado, Fran la observaba con esa mirada que ya conocía demasiado bien: oscura, hambrienta, como si cada movimiento de ella fuera un preámbulo a algo más. No necesitaban palabras. Un simple gesto—el roce de su mano en la parte baja de su espalda, el modo en que sus labios se curvaban apenas en una sonrisa cómplice—bastaba para entenderse. El departamento de vestuario estaba casi vacío a esa hora de la tarde, solo una dependienta mayor revisando unos estantes al fondo, ajena a la tensión que crepitaba entre ellos.

Este —murmuró Anna sosteniendo el vestido contra su cuerpo—. Quiero probármelo.

 

Fran asintió, pero no dijo nada. No tenía que hacerlo. Sus ojos ya recorrían el contorno de sus caderas, imaginando cómo ese trozo de tela se ajustaría a ella, cómo resaltaría el surco entre sus pechos, cómo se ceñiría a sus muslos al caminar. Inés se dirigió hacia los probadores con una cadera balanceándose ligeramente más que la otra, consciente de que él no apartaba la vista de su trasero. La cortina de terciopelo granate se cerró tras ella con un susurro, pero no tuvo tiempo de desvestirse del todo antes de que Fran la siguiera, colándose en el espacio reducido como si el cartelesito de "Ocupado" no existiera.

El probador olía a tela nueva y a perfume caro, pero ese aroma se mezcló al instante con algo más primal: el sudor ligero de Fran, el aroma dulce y salado de la excitación deAnna . El espacio era tan estrecho que, al girarse, sus cuerpos chocaron. Él no retrocedió. Al contrario, avanzó, apretando su cadera contra la de ella, haciendo que Anna contuviera el aliento cuando sintió la dureza de su erección contra su vientre. La cremallera del vestido negro crujió al descender, lenta, deliberada, mientras las manos de Fran trabajaban con una paciencia que la volvía loca.

 

—No deberías estar aquí —susurró Anna, pero no había reproche en su voz, solo un temblor de anticipación. Sus manos se apoyaron contra el espejo frente a ella, los dedos extendidos, las uñas pintadas de un rojo oscuro que contrastaba con la palidez de sus nudillos al apretarse.

—Que lo hagan —respondió él, bajando los labios hasta su oreja—. Que nos vean.

 

El reflejo en el espejo era obsceno. Anna, con el vestido burdeos aún medio puesto, los tirantes caídos sobre sus brazos, dejando al descubierto el encaje negro de su sujetador, uno de esos que levantaban sus pechos como una oferta. La tela del vestido nuevo colgaba de su cintura, mostrando las bragas de seda, casi transparentes, que apenas cubrían el vello rizado entre sus piernas. Fran estaba detrás, más alto, más ancho, sus manos grandes posadas sobre sus caderas, los dedos hundiéndose en la carne con posesión. Sus ojos se encontraron en el reflejo: los de ella, brillantes y desafiantes; los de él, oscuros como la noche antes de la tormenta.

 

—Me encanta verme así —confesó Anna, pasando la punta de su lengua sobre su labio inferior—. Verte detrás de mí... como si el espejo fuera cómplice.

Fran  gruñó, un sonido gutural que vibró contra su cuello cuando lo besó allí, justo donde el pulso latía acelerado. Sus manos subieron, deslizándose bajo el sujetador para liberar sus pechos con un movimiento experto. El aire frío del probador rozó sus pezones, ya duros, haciendo que se erizara. En el espejo, podía ver cómo se oscurecían, cómo se ponían aún más turgentes bajo su mirada. Una de las manos de Fran se cerró alrededor de uno, pellizcando con la justeza perfecta entre placer y dolor, mientras la otra bajaba, bajaba, hasta rozar el encaje de sus bragas.

¿Sientes lo mojada que estás? —murmuró él, frotando el dedo índice sobre la tela, haciendo queAnna  arqueara la espalda con un gemido ahogado—. Se te nota hasta en el espejo.

 

Era cierto. El reflejo no mentía: sus mejillas estaban sonrojadas, los labios entreabiertos, los pechos subiendo y bajando con cada respiración entrecortada. Podía ver el brillo de la humedad en sus muslos, el modo en que la seda de las bragas se pegaba a ella, delineando el contorno de sus labios íntimos. Fran no esperó más. Con un tirón seco, arrancó la tela, dejando al descubierto su sexo, hinchado y brillante, los pliegues rosados ya abiertos en anticipación.

 

Anna debería haberlo detenido. Debería. Pero en lugar de eso, separó más las piernas, apoyando una mano contra el espejo para mantener el equilibrio cuando él se arrodilló detrás de ella. El suelo del probador era duro bajo sus rodillas, pero no parecía importarle. Sus manos se cerraron alrededor de sus muslos, los pulgares abriendo sus labios con una lentitud tortuosa, como si estuviera saboreando el momento antes incluso de probarla.

Dios, hueles bien —gruñó, acercando su boca, pero sin tocarla aún—. Como miel y pecado.

 

Anna  contuvo la respiración, sintiendo el aliento caliente de él rozando su piel más sensible. El miedo a ser descubiertos debería haberla paralizado, pero en cambio, solo la excitaba más. Cada ruido fuera de la cortina—el crujido de un carrito, el murmullo de voces, los pasos de alguien pasando cerca—hacía que su corazón latiera más rápido, que su sexo palpitara con necesidad. Cuando la lengua de Fran  finalmente la rozó, larga y lenta, desde la entrada hasta el clítoris, Anna  tuvo que morderse el labio para no gritar.

 

—¡Fran! —susurró, pero su voz se quebró en un jadeo cuando él repitió el movimiento, esta vez con más presión, su lengua dibujando círculos alrededor de su clítoris hinchado—. Nos van a oír.

 

—Que lo hagan —repitió él, esta vez con la voz ahogada contra su carne—. Que escuchen lo puta que eres.

Sus palabras eran filosas, obscenas, y a Anna le encendían la sangre. Pero justo cuando él iba a hundir su lengua dentro de ella, justo cuando sus caderas comenzaron a moverse instintivamente hacia su boca, Anna  lo detuvo. Su mano bajó, enredándose en su cabello, tirando con suficiente fuerza para que levantara la cabeza.

 

—No —dijo, riendo entre dientes, el sonido cargado de lujuria—. No tan rápido.

 

Fran la miró con los ojos entrecerrados, la boca brillante por su excitación, las mejillas enrojecidas. Estaba a punto de protestar, pero Anna se inclinó, acercando sus labios a su oído.

 

—Primero —susurró, con una voz que era pura miel envenenada—, quiero que me folles contra este espejo. Y que todos sepan quién me hace gemir así.

 

 


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