
Jorge se encontraba sentado en un sofá de cuero negro, en un rincón del bar más elegante de Las Vegas. El ambiente era sofisticado, con luces tenues que resaltaban los detalles dorados de las columnas y las mesas de mármol. La música de fondo, un jazz suave, se mezclaba con el murmullo de las conversaciones y las risas de los clientes. Él observaba todo con una mirada distraída, hasta que sus ojos se posaron en ella.
Allí estaba, sentada en la barra, una mujer que parecía sacada de una fantasía. Tenía alrededor de treinta años, con un pelo castaño que le caía en ondas suaves hasta los hombros, enmarcado por un rostro perfecto. Sus ojos azules brillaban con una intensidad que hipnotizaba, y sus labios carnosos, pintados de un rojo intenso, parecían invitar al pecado. Llevaba un vestido granate ajustado que resaltaba sus curvas, y unos tacones altos que estilizaban sus piernas interminables. Jorge no pudo evitar sentirse atraído por su presencia, como si una fuerza invisible lo arrastrara hacia ella.
Después de unos minutos de observación, decidió acercarse. Caminó con paso seguro hacia la barra, donde había un taburete libre justo al lado de ella. Al sentarse, la mujer lo miró con una sonrisa desafiante, como si supiera que había estado observándola.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella con una voz segura, que revelaba una mezcla de confianza y misterio.
—Jorge —respondió él, sintiendo una extraña conexión al pronunciar su nombre.
—Encantada, Jorge. Soy Anna. ¿Qué buscas esta noche? —su tono era directo, pero había algo en su mirada que sugería que sabía exactamente lo que él buscaba, aunque no lo admitiera.
Nada en particular —dijo Jorge con una sonrisa enigmática, disfrutando del juego de palabras.
Anna lo miró con curiosidad, como si intentara descifrarlo. De repente, su expresión se volvió más seria.
—¿Eres policía? —preguntó, con una mirada inquisitiva que lo tomó por sorpresa.
—No, ¿por qué lo dices? —respondió Jorge, riendo ante su audacia.
—Me gusta preguntar —dijo ella con una sonrisa pícara, como si disfrutara de la intriga que generaba.
Jorge miró su reloj de pulsera, un gesto casi inconsciente, y luego se inclinó más cerca de Anna, sintiendo su perfume floral y dulce envolviéndolo como una promesa.
—Tengo cuarenta y cinco minutos —susurró, su voz baja y seductora—¿Te quedas?
Anna lo miró con complicidad, sus ojos brillando con una luz que Jorge no pudo interpretar del todo. Asintió lentamente, como si hubiera estado esperando esa pregunta.
—Vamos arriba a divertirnos, pero tenemos que irnos ya —dijo, susurrando en su oído, su aliento cálido rozando su cuello.
Jorge sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabía que esta noche sería diferente, que Anna no era una mujer común. Y entonces, ella se apartó ligeramente, mirándolo directamente a los ojos, con una expresión que combinaba desafío y deseo.
—500 dólares —murmuró, su voz firme pero con un dejo de provocación.
Jorge la miró, sintiendo la tensión en el aire, como si el mundo a su alrededor se hubiera detenido. No era la primera vez que estaba en una situación así, pero Anna tenía algo especial, algo que lo atraía más allá de lo físico.
¿Sí? —preguntó, su voz ronca, cargada de expectativa.
—Sí, de acuerdo —respondió Jorge sin dudarlo, sabiendo que cada dólar valdría la pena.
Con un gesto rápido, pagó la cuenta y se levantó del taburete. Anna lo siguió, sus tacones resonando en el suelo de mármol mientras se dirigían hacia el ascensor. El ambiente entre ellos era eléctrico, cargado de promesa y deseo. Sabían que solo tenían cuarenta y cinco minutos, pero eso era más que suficiente para que Anna le mostrara exactamente lo que valía cada dólar de esos 500.
El ascensor se abrió con un suave ding, y ambos entraron en silencio. Las puertas se cerraron, dejándolos a solas en ese espacio reducido, donde la tensión se volvió casi palpable. Anna se giró hacia Jorge, sus labios curvados en una sonrisa traviesa, y sin decir una palabra, comenzó a desabrochar lentamente los botones de su camisa.
Cada movimiento de sus dedos era deliberado, como si estuviera desvelando un secreto. Jorge sintió cómo su piel se erizaba al contacto de sus manos, suaves pero firmes. Sus ojos se encontraron en el espejo del ascensor, y en esa mirada, Jorge vio una mezcla de desafío y rendición.
—¿Cuánto falta? —preguntó Anna, su voz baja y seductora, mientras el último botón de su camisa caía al suelo.
—Treinta y ocho minutos —respondió Jorge, su voz ronca, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza.
El ascensor se detuvo en el piso indicado, y las puertas se abrieron a una suite lujosa. Anna lo tomó de la mano y lo guió hacia el interior, donde la luz tenue y el aroma a sándalo creaban una atmósfera íntima. Sabía que esta noche sería inolvidable, que Anna no era solo una mujer ,sino una experiencia.
Y mientras ella lo empujaba suavemente hacia la cama, desabrochando su cinturón con una habilidad que delataba experiencia, Jorge se dio cuenta de que esos cuarenta y cinco minutos serían los más intensos de su vida. La noche apenas comenzaba, y ya sabía que no la olvidaría jamás.
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