Copias imperfectas (2)

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                  Copias imperfectas

                   —segunda parte—


   Fue como si fueran dos extraños, desconocidos, y el parque un territorio inexistente en sus pensamientos. Marina sintió el latido en su corazón trasladado a sus sienes…, y vuelto al pecho desazonado, estéril y mudo: Alfredo miró y no vio, sordo a una llamada que a él no le interesaba en absoluto. Un paso…, dos pasos…; el tercer paso: Marina dolida pero no rendida venció el continente de hielo que los separaba.

—Alfredo, ¿estás bien?

Él se frenó en seco y se volvió. La mano de Marina sujetaba su antebrazo.

—Perdona, es que llevo prisa. Mañana nos vemos en clase. —La miró, ya de cerca, sintiendo un cierto desagrado. En realidad, sí, la había visto y la hubo reconocido al instante. Pero … «¿Merecía la pena hablar a aquella nueva Marina que no era la que él había descubierto?— Te veo cambiada…, distinta —concluyó—.

—Bueno…, yo… —al final reaccionó—: ¿Mejor o peor?

—Ahora formas parte del grupo; eso está bien. Me alegro por ti, de veras.

Marina estaba confusa; luego reaccionó con irritación no contenida:

—Sabes, creo que tú has cambiado en estos días, en realidad, TÚ has sido el que ha cambiado —Alfredo abrió los ojos de par en par, se ruborizó, dejó caer los hombros—. Y ha sido para peor. Crees verlo todo, y en realidad no ves nada. Me ves por fuera, Alfredo, pero no sabes verme por dentro.

Alfredo tenía un pequeño torbellino mental. Las palabras de Marina eran un golpe inesperado.

—No necesitas dejar de ser tú, Marina. —«Una respuesta como un alfilerazo», pensó ella.

—Lo sé, ya lo estoy viendo. He creído que era yo la que… —se refrenó. Sus defensas se vinieron abajo, derrumbadas por otra percepción de las cosas—. No soy una flor, o una planta o una sardina, todas muy similares entre sí por su apariencia. Es la diferencia entre los demás seres vivientes y nosotros.

—Exactamente eso creo yo, Marina. Me he sentido decepcionado al verte con ellas, habiendo renunciado a tu forma externa. Tú tenías tu propia identidad exterior acorde con la interior. ¿Qué te ha hecho renunciar?

Marina le miró fíjamente, casi con una curva infantil en los labios, como si fuera a prorrumpir en sollozos.

—Tú.

—Pero si yo…

—Me has hecho sentir como un bicho raro, como todas ellas, Alfredo, con tu distanciamiento, tu silencio…

—Tenía miedo; miedo de que me rechazaras. Una chica como tú…

—Lo ves…

—Te equivocas. Lo que me atrajo…—se corrigió—, lo que me atrae es que eres muy distinta a las otras —miró al expectante grupo, a unos pasos de ellos—. Me atrajo, precisamente tu personalidad diferenciada. Pensé en estos días, Marina, pensé mucho; en ti y en mí. Me propuse hablarte, romper mi caparazón —Se detuvo atemorizado, pero se resolvió a ser quien conscientemente se propuso ser días antes—. Marina, no te quiero perder. Yo…, te quiero.

Marina pareció despertar de una pesadilla. Había confundido las cosas: había pretendido abandonar su personalidad para conquistar a Alfredo y, sin embargo, había estado a punto de perderlo definitivamente en su intento de transformarse exteriormente, de metamorfosearse en otra persona que ella no era, de convertirse en una copia indiferenciada. Y al final, a los ojos de su amado, no había conseguido ser más que una copia imperfecta. Marina se echó a reír jovialmente (ahora sí: una lágrima se deslizó por su mejilla encarnada, que hizo diluirse el colorete).

—Yo también te quiero, Alfredo. Estoy enamorada de ti por como eres…, porque tú eres éste; la persona capaz de tomar fuerzas de su interior para seguir siendo el que es. ¿Ves, amor?: los dos hemos cambiado verdaderamente… para seguir siendo quienes somos profundamente, únicos y capaces de encontrar un camino que necesariamente nos ha conducido uno al otro.

Marina se estrechó contra Alfredo, mientras con las primeras sombras del atardecer, el grupo de chicas se alejó, disminuyendo de tamaño cuanto más caminaban, criticando ferozmente a Marina.


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