Ritmo Ardiente
Por Pecado de Seda
Enviado el 25/02/2026, clasificado en Amor / Románticos
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El sábado por la noche, el bar del pueblo bullía con una energía contagiosa. Las luces parpadeantes se reflejaban en las botellas alineadas detrás de la barra, mientras la música country resonaba con fuerza, mezclándose con las risas y las conversaciones animadas de los clientes. El aire olía a cerveza derramada, tabaco y una sutil nota de deseo que flotaba en la atmósfera. En medio de todo ese caos organizado, ella se abrió paso con una seguridad que no pasaba desapercibida. Su vestido negro ceñido resaltaba sus curvas, y sus botas de tacón alto golpeaban el suelo con un ritmo que parecía desafiar a cualquiera que se atreviera a ignorarla.
Al llegar a la barra, el camarero, un hombre de sonrisa pícara y ojos que parecían haber visto demasiado, la recibió con un gesto teatral. “Hola, preciosa. ¿Qué te pongo?”, preguntó, su voz cargada de una familiaridad que no resultaba incómoda, sino más bien invitante. Ella se apoyó con un codo en la barra, su mirada fija en él, y sin dudar un segundo, respondió: “Tequila”. El camarero alzó una ceja, como si esperara algo más, algo menos obvio. “¿Seguro?”, insistió, su sonrisa ampliándose aún más. Ella asintió con determinación, su expresión desafiante pero seductora. “Seguro”, repitió, y su voz sonó como una promesa.
El camarero se movió con agilidad, sacando una botella de tequila de la estantería y sirviendo un chupito en un vaso pequeño. Lo deslizó hacia ella con un gesto elegante, como si estuviera ofreciendo algo más que una simple bebida. Ella tomó el vaso con dedos largos y delicados, sintiendo el frío del cristal contra su piel. Sin vacilar, levantó el vaso hasta sus labios y, de un solo trago, se bebió el tequila. El líquido ardiente se deslizó por su garganta, dejando un reguero de fuego que la hizo estremecer ligeramente. Cerró los ojos por un momento, saboreando la intensidad, antes de volver a abrirles y dejar que su mirada se encontrara con la del camarero.
Más?”, preguntó él, su voz ahora con un tono más bajo, más íntimo. Ella sonrió, una sonrisa que prometía más de lo que las palabras podían expresar. “Tal vez más tarde”, respondió, dejando el vaso vacío en la barra. El camarero asintió, su sonrisa pícara regresando mientras se alejaba para atender a otros clientes. Ella, sin embargo, no apartó la mirada de la barra. Sus ojos se fijaron en el centro del local, donde el toro mecánico esperaba, silencioso pero prometedor. Era un símbolo de lo que la noche podía ofrecer: adrenalina, desafío y, quizás, algo más.
El toro mecánico, con su cuero desgastado y su estructura imponente, parecía llamarla. Era un recordatorio de que la noche apenas comenzaba, y su cuerpo ya pedía acción. Sintió un cosquilleo en la base de su espalda, una anticipación que se extendía por todo su ser. No era solo el tequila lo que la hacía sentir así; era la atmósfera, la música, la energía del lugar. Era la promesa de algo salvaje, de algo que la sacaría de su rutina y la llevaría a un lugar donde las reglas no importaban.
Mientras observaba el toro mecánico, se dio cuenta de que no estaba sola en su interés. Varios hombres la miraban de reojo, sus miradas evaluadoras pero llenas de deseo. Ella sonrió para sí misma, sabiendo que tenía el control. No era solo una mujer en un bar; era una fuerza de la naturaleza, una presencia que no podía ser ignorada. Y esa noche, tenía la intención de aprovecharlo al máximo.
La música cambió, pasando de una balada country a un ritmo más rápido, más urgente. Ella se giró ligeramente, permitiendo que sus ojos recorrieran la multitud. Vio a un grupo de mujeres riendo cerca de la pista de baile, a un hombre solo en una esquina que la miraba con intensidad, y a un par de parejas que se besaban sin importar quién las viera. El bar era un microcosmos de deseos y pasiones, y ella era parte de él, una actriz en ese escenario de lujuria y libertad.
Decidió que era hora de moverse. Con un último vistazo al toro mecánico, se alejó de la barra, sus botas golpeando el suelo con un ritmo que ahora parecía más purposefully. Se dirigió hacia la pista de baile, donde la música la envolvió por completo. Dejó que el ritmo guiara sus movimientos, sus caderas oscilando con una naturalidad que hipnotizaba a quienes la rodeaban. No estaba bailando para nadie más que para sí misma, pero eso no impedía que los demás la miraran con admiración y deseo.
En medio de la pista, cerró los ojos y dejó que la música la consumiera. Sintió cómo el tequila comenzaba a hacer efecto, calentando su sangre y liberando sus inhibiciones. Su cuerpo se movía con una fluidez que solo la combinación de alcohol y adrenalina podía lograr. Y en ese momento, supo que la noche sería exactamente lo que necesitaba: salvaje, impredecible y completamente suya.
Cuando la canción terminó, abrió los ojos y se encontró con la mirada del camarero, que la observaba desde la barra con una expresión que era difícil de descifrar. ¿Era admiración? ¿Deseo? ¿O simplemente la curiosidad de alguien que había visto demasiado pero aún podía sorprenderse? No importaba. Lo que importaba era que la noche apenas comenzaba, y ella estaba lista para todo lo que viniera.
Con una sonrisa en los labios, se dirigió de nuevo hacia la barra, decidida a pedir otro tequila. Pero esta vez, no sería solo por el sabor ardiente o la calidez que dejaba en su garganta. Sería por la promesa de lo que estaba por venir, por la acción que su cuerpo pedía a gritos. El toro mecánico la esperaba, y ella estaba más que dispuesta a aceptar el desafío. La noche era joven, y ella también. Y en ese bar, en ese momento, cualquier cosa podía pasar.
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