CUENTOS DE LA LUNA ROTA (9)
Por Eunoia
Enviado el 28/02/2026, clasificado en Varios / otros
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Adela vivía sola en un apartamento antiguo, grande y vacío; demasiado vacío y demasiado grande. Adela era, de hecho, una mujer joven. Estaba sola porque Paco le había arrancado el corazón y ella no le olvidaba: no podía: expulsar a Paco de su pensamiento era como automutilarse; algo que Adela sencillamente no podía hacer. Era prisionera de sí misma y, a la postre, tampoco era tan desdichada.
En la parte delantera del apartamento tenía a sus pies la rambla de Catalunya, animada, concurrida de paseantes, con sus terrazas llenas de clientes de las cafeterías y la distracción de las gentes y su forma de vestir. Por el otro lado del piso, cruzando el largo pasillo, las otras tres habitaciones y los dos baños, se veía otro mundo muy distinto. El balcón daba lugar a un espacio amplio entre las viviendas. Olía a humedad y era silencioso. Únicamente en el rectángulo a cielo abierto se podía ver el azul del día, el resto permanecía deshabitado hasta que llegaba el último atardecer. Entonces era cuando Adela, la otra, y quién sabe si la más verdadera, salía a flote después del día de trabajo o las tareas domésticas semanales de los sábados y domingos.
Al lado del balcón estaba la ventana del baño del fondo del apartamento. La isla perdida de Adela, su lugar de vida íntima. Con la exactitud de un reloj suizo, Adela encendía a las siete y media la tenue luz del aseo y corría la cortinilla opalina, y el abandonado baño tomaba una realidad esperada.
En el edificio de enfrente (otra galería simétrica, pero que en lugar de una ventana que daba al aseo mostraba la ventana de doble batiente de un dormitorio) vivía Antonio. El espectador incansable e infalible de Adela. Desde la pequeña ventana del aseo, Adela no veía a su vecino con facilidad; lo descubrió una tarde por casualidad, cuando un relámpago de final de verano iluminó todo el espacio de las galerías, antes del chaparrón que repiqueteaba contra el embaldosado gris de los suelos de los bajos. Adela se estremeció con la luz del relámpago y el estruendo brusco y grave del trueno, abrió la cortina y fue entonces cuando le vio allí, enfrente, mirando fijamente a su ventana, y a ella, con los pechos desnudos y el cabello espumoso de champú. En ese momento Adela se enfadó; quedó inmóvil, callada, con los ojos abiertos como platos…, y de nuevo se oscureció el hueco entre los edificios.
Después, ya fuera del aseo, Adela, desnuda frente al espejo del dormitorio se contempló detenidamente. Su figura era todavía juvenil, delgada, sin grasa sobrante en sus muslos o en sus caderas; unos senos turgentes coronados por sendos bulbitos rosa oscuro, con su triangulito de enredados caracolillos en el pubis ligeramente sobresaliente. ¿Desde cuándo le espiaba ese vecino; quién y cómo sería? Al principio sintió repugnancia pero, a la mañana siguiente, la empezó a dominar otro conjunto insólito de sensaciones desconocidas. Su curiosidad se desató y desde la granja, tomando un chocolate con churros, esperó para ver a los vecinos de ese otro edificio. Después de cartografiar a los inquilinos y las mujeres, no le cupo duda de que por los rasgos que brevemente pudo captar, el mirón debía ser el hombre rubio de unos cuarenta años que vestía con vaqueros y chaqueta de ante marrón.
Ya de vuelta, calculó la hora y acudió al baño sintiendo una extraña calentura en lo más íntimo; algo que nunca sintió con Paco y que revestía una intensidad placentera. Encendió como siempre la luz, se desnudó y entró en la ducha, pero está vez dejo abierta una brecha en la cortina, frente a la cual se mostró frotando su cuerpo por delante y por detrás. Descubrió que aquella exposición consciente la excitaba, como podía notar en su interior femenino. Una vez en su habitación, volvió a reconocerse físicamente antes de ponerse el fino pijama transparente, y allí tumbada se dejó llevar por sus fantasías hasta caer rendida en su cama vacía.
Al día siguiente, obsesionada por los sucesos descritos, Adela se coló en el edificio y recorrió los buzones. Debía ser el 5°… «Antonio Plasencia», leyó. «No cabía duda», se dijo, y marchó a hacer unas compras y regresó puntual para su sesión ritual…, ya compartida. Volvió a desnudarse con la luz encendida y entreabrió algo más la cortina. Él, Antonio, la podría ver completamente, sin estar su cuerpo difuminado por la tela translúcida. Procuró separarse al máximo para que una mayor parte de su cuerpo pudiera ser contemplada. Dominada por el nerviosismo y la excitación, se frotó los senos y sus cimas, puntiagudas por la emoción; luego se aclaró el jabón y se demoró en hacer resbalar las gotas de agua de su cuerpo. Salió fuera del plato de la ducha y, sin secarse, apagó la luz, volvió a entrar en la ducha y se quedó observando con el corazón galopando en el pecho.
Efectivamente, pudo ver la sombra del hombre, tras el ancho y largo estor blanco.
Día tras día, Adela continuó su ritual transgresor frente a su furtivo vigilante. Poco más de una semana después, Adela, cautivada ella misma por la morbosa situación, dejaba completamente abierta la cortina y se mostraba impudorosa, al libidinoso vecino de enfrente, deseando despertar sus deseos… y algo más. Como así sucedió.
Adela había confirmado su hábito sensual de convertirse ella, a su vez, en voyeur de Antonio, al apagar la luz del aseo. Un domingo Antonio levantó el estor hasta la mitad; no se veía su rostro, pero sí su cuerpo desnudo. De cintura para abajo Adela pudo ver sus formas masculinas y también sus genitales. A partir de aquella noche, el store permanecería así, a medio anclar. Adela comprendió que Antonio estaba al corriente de la inversión de papeles que había tenido lugar subrepticiamente. Por otra parte, la virilidad de su vecino quedó visualmente manifestada para ella…, y sólo para ella, porque nunca ningún otro vecino transitaba por la parte trasera de los apartamentos.
Finalmente, Antonio dio el paso de abrir completamente el estor y mostrarse desnudo con la luz apagada, exhibiéndose sentado en un sillón y fumando una pipa. Adela, ardiendo de pasión, salió desnuda a la galería y simulando torpemente un descuido natural, se puso a regar las plantas; luego se apoyó en la baranda, aparentando no ver a Antonio; como si nada hubiera ocurrido.
Una mañana, la de Año Nuevo, en un famoso colmado del Eixample, cerca de donde ambos vivían, se tropezaron en la cola del turno. Adela estaba con la cara encarnada, desviando mirada cada vez que se cruzaba con la de Antonio, que tampoco podía esconder su rubor. Al pagar la compra, Antonio la esperó fuera, simulando mirar el adornado y festivo escaparate del comercio.
Cuando Adela salió, se topó atropelladamente con él. Los dos se miraron fijamente, unos largos segundos, sus labios sonrieron, pero sólo Adela logró articular un «Feliz Año Nuevo» a un Antonio atribulado e inmóvil como una estatua con la cabeza gacha.
Una hora más tarde, Adela encendió la luz del baño, se desnudó y pasó a la ducha, como todos los días a las siete y media en punto.
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