El susurro de la tentación
Por Pecado de Seda
Enviado el 04/03/2026, clasificado en Amor / Románticos
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CAPITULO 1
El aire en el bar olía a cerveza derramada y a el perfume barato de las velas aromáticas que intentaban, sin éxito, disimular el hedor a humedad de las paredes. Las luces tenues, amarillentas, se filtraba a través del humo de los cigarrillos que algunos aún se atrevían a fumar a pesar de las prohibiciones. Era ese tipo de lugar donde la música no llegaba a ahogar las conversaciones, pero sí las hacía más íntimas, como si cada palabra compartida entre las mesas fuera un secreto susurrado.
Sofía, con los ojos brillantes y las mejillas enrojecidas por el alcohol, inclinó su cuerpo hacia mí, el escote de su vestido negro —apretado como una segunda piel— amenazando con revelar más de lo que ya dejaba entrever. El vestido, corto y ceñido, se pegaba a sus caderas cada vez que se movía, y el tacón de sus sandalias de tiras finas hacía que sus piernas, largas y bronceadas, parecieran aún más interminables. Llevaba el pelo suelto, ondulado, cayéndole sobre los hombros en un desorden que delataba las horas de baile y tragos. Su labial rojo, ya algo borroso en los bordes, brillaba bajo la luz tenue mientras mordisqueaba el borde de su copa de mojito.
—¿Alguna vez se os ha pasado por la cabeza follar con los novios de las otras? —preguntó, su voz arrastraba las palabras con esa confianza que solo da el alcohol después del cuarto trago. No era una pregunta casual. Sus dedos, con las uñas pintadas de un rojo oscuro, jugaban con el borde de su vaso, trazando círculos lentos, como si estuviera dibujando algo más que condensación.
Me quedé con la copa a medio camino hacia los labios, el líquido ámbar dentro balanceándose levemente. El vestido que llevaba —uno ajustado, de tirantes finos y color burdeos— se me pegaba al cuerpo por el sudor de la noche, marcando las curvas de mis caderas y el contorno de mis pechos, que el escote en pico dejaba poco a la imaginación. Sentí cómo el calor me subía por el cuello. No era la primera vez que Sofía cruzaba líneas cuando estaba borracha, pero esta vez había algo en su tono, en la manera en que sus ojos se clavaban en los míos, que me hizo dudar si realmente estaba tan ebria como parecía.
—¿Con qué novios? —pregunté, bajando la copa sin beber. Mi voz sonó más seca de lo que pretendía, pero el corazón me latía más rápido de lo normal. El ruido del bar parecía haberse reducido a un zumbido lejano, como si de repente estuviéramos en una burbuja.
Sofía sonrió, esa sonrisa pícara que siempre precedía a sus peores ideas. Se acercó un poco más, tanto que pude oler el azúcar del mojito mezclado con el aroma dulce de su perfume. Su mano, fría por el hielo del vaso, rozó la mía sobre la mesa, y no la apartó.
—Con los de Marta y tú, tonta —dijo, bajando la voz a un susurro conspirador—. Imagínatelo: tú con el mío, y ella con el tuyo. Un intercambio. Solo una vez. —Sus dedos se enlazaron con los míos, apretando levemente, como si quisiera transmitirme su excitación a través del contacto—. Sería… jodidamente caliente.
El nombre de Marta resonó en mi cabeza como un disparo. La imaginé al instante: su pelo castaño recogido en una coleta desaliñada, esos labios carnosos que siempre pintaba de un rosa pálido, su cuerpo delgado pero con curvas en los sitios justos. Y luego estábamos sus pechos, llenos, firmes, que siempre resaltaba con escotes atrevidos, como si supiera el efecto que causaban. Había visto cómo los hombres —y algunas mujeres— no podían evitar mirarlos cuando pasaba. Incluido mi novio.
—¿Pero qué dices? —reí, forzando una risotada que sonó falsa incluso para mí. Aparté la mano con suavidad, como si su contacto quemara—. Deja de beber, Sofí.
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