El susurro de la tentación
Por Pecado de Seda
Enviado el 04/03/2026, clasificado en Amor / Románticos
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CAPITULO 2
Ella se echó hacia atrás en su silla, cruzando las piernas con lentitud deliberada. El vestido se le subió un poco más, dejando al descubierto la parte superior de sus muslos, donde la piel brillaba levemente sudorosa. Sus dedos volvieron a jugar con el vaso, pero ahora había algo más en su mirada: un desafío.
—No me digas que no lo has pensado —insistió, ladeando la cabeza—. Todos lo pensamos, tarde o temprano. Es natural. —Hizo una pausa, y sus ojos se oscurecieron—. Además, sé que a Marta le gusta jugar. Y a ti… —dejó la frase colgando, como un anzuelo.
El nombre de Marta otra vez. Esta vez, la imagen que vino a mi mente fue más vívida: sus manos, delgadas pero fuertes, desabrochando el cinturón de los vaqueros de mi novio; sus labios rodeando su polla mientras él gemía, los dedos enredados en su pelo. O peor: yo haciendo lo mismo con el novio de ella, ese tipo alto, de hombros anchos y sonrisa arrogantes, que siempre me miraba un segundo más de lo necesario cuando creía que nadie se daba cuenta.
—No es natural, es una gilipollez —dije, pero mi voz carecía de convicción. Tomé un trago largo, sintiendo cómo el alcohol quemaba en mi garganta. El vestido se me ajustaba incómodamente al pecho, como si de repente hubiera crecido un tamaño—. Y Marta no es así.
—Sabes que miento —Sofía se rio, un sonido bajo y ronco—. La otra noche, en la fiesta de Cumple de Luis, la vi besuqueándose con esa rubia del trabajo en el baño. Y no era un beso de amigas, cariño.
La imagen me golpeó como un puñetazo. Marta, con esos labios rosados, la lengua deslizándose entre los de otra mujer, las manos explorando bajo la falda ajustada de la rubia. El calor entre mis piernas se hizo más intenso, y tuve que cruzar las piernas para aliviar la presión. Sofía lo notó, por supuesto. Siempre lo notaba todo.
—Mierda —murmuré, más para mí que para ella.
—Exacto —asintió Sofía, triunfante—. Mierda. Pero del tipo que te hace mojar las bragas, no del que te arrepientes después.
—No voy a follar con el novio de Marta —dije, pero incluso mientras lo decía, mi mente ya estaba traicionándome. Imaginé sus manos, grandes y ásperas, desabrochando el vestido que llevaba puesto, tirando de los tirantes hacia abajo para dejar mis pechos al aire. Imaginé su boca en mis pezones, chupando con fuerza, mientras Marta observaba, mordiéndose el labio inferior, excitada.
—Solo dices eso porque aún no te lo has imaginado bien —Sofía se inclinó de nuevo, y esta vez su aliento caliente rozó mi oreja—. Cierra los ojos.
—No.
—Hazlo —insistió, su voz un susurro áspero—. Imagina que es noche. Estás en el sofá de Marta, el que tiene esas almohadas tan blandas. Él está arrodillado frente a ti, desabrochando tu vestido lentamente. Tú le detienes las manos, porque quieres hacerlo tú misma. Te quitas el vestido, y él jadea al verte en ese conjunto de encaje negro que llevas puesto, el que marca tus tetas como si fueran un regalo. —Hizo una pausa, y pude sentir cómo mi respiración se aceleraba—. Ahora él te toca. Sus dedos rozan tus pezones, que ya están duros, y tú gimes. Pero entonces escuchas un ruido. Es Marta. Está en la puerta, observando. No se enfada. Se quita la blusa, lentamente, y se acerca. Sus manos se unen a las de él en tus pechos, apretando, pellizcando…
—Basta —dije, abriendo los ojos de golpe. El bar seguía ahí, con su música y su humo, pero todo parecía distorsionado, como si hubiera estado bajo el agua. Mis pezones dolían, erectos contra la tela del vestido, y el calor entre mis muslos era casi insoportable.
Sofía se recostó en su silla, satisfecha, como un gato que acaba de atrapar un ratón.
—Ya ves —dijo, con una sonrisa que era pura maldad—. No es tan descabellado.
—No voy a hacerlo —dije, pero mi voz temblaba.
—No tienes que hacerlo —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Pero ahora ya sabes que quieres.
Y eso era lo peor. Porque tenía razón. Lo quería. Quería sentir las manos de otro hombre en mi cuerpo, mientras Marta nos observaba, o se unía. Quería ver cómo mi novio gemía bajo el tacto de otra mujer, y sentir celos y excitación al mismo tiempo. Quería cruzar esa línea, aunque fuera solo una vez.
Pero no podía decírselo a Sofía. No aún.
—Necesito otro trago —dije, levantándome tan rápido que casi vuelco la silla. El vestido se me pegó a las nalgas al moverme, y sentí las miradas de algunos hombres en la barra clavándose en mí. Normalmente me habría molestado, pero esa noche… esa noche me excitó.
Sofía se rio, un sonido bajo y conocedor.
—Claro, cariño —dijo—. Bebe todo lo que quieras. Pero recuerda: el alcohol no te dará las agallas para hacerlo. Solo te quitará las excusas para no intentarlo.
Y mientras me alejaba hacia la barra, sintiendo cómo el suelo parecía moverse bajo mis tacones, supe que tenía razón. Porque ya no era una pregunta de si lo haría.
Era una cuestión de tiempo.
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