La tentacion del delantal
Por Pecado de Seda
Enviado el 20/03/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Estaba decidida. Llevaba meses diciéndome entre risas y mordiscos en el cuello: “Un día quiero llegar y encontrarte solo con el delantal, con el coño al aire y pidiéndome que te folle hasta que no puedas caminar”. Hoy era el día.
Me quité todo despacio, sintiendo cómo se me ponían los pezones duros solo de imaginar su cara. Me até el delantal, la espalda desnuda, el lazo rozándome el culo, la tela apenas tapándome los pezones y dejando el coño y las nalgas a la vista. Cada paso en la cocina me hacía sentir el aire frío entre las piernas, ya estaba mojada antes de que él llegara.
Oí la puerta. Sus pasos. El silencio… y luego ese “joder ” que se le escapó entre dientes.
Se quedó clavado en la puerta de la cocina, los ojos negros de deseo, la polla ya marcándose en los pantalones. Sonrió como un cabrón y dijo bajito:
— Nena… ¿de verdad lo has hecho? ¿Estás así de sexy para mí? Mira cómo se te ve el coño desde aquí… ya estás empapada, ¿verdad?
Me acerqué un paso, el delantal moviéndose y dejando ver más. Él se acercó despacio, como si quisiera comerme con la mirada antes de tocarme.
—Ven aquí… —susurró pegando su boca a mi oído mientras sus manos me agarraban el culo por debajo del delantal—. Llevo meses pajéandome pensando en esto. En abrirte de piernas en esta encimera y metértela hasta el fondo mientras huele a comida quemada.
Me besó fuerte, metiendo lengua, mordiéndome el labio. Luego bajó la voz, ronco:
—¿Sabes lo que voy a hacerte? Primero voy a lamértelo todo… voy a meter la lengua hasta el fondo de ese coño mojado que tienes ahora mismo. Y cuando estés temblando y suplicando, te voy a follar tan duro que vas a tener que agarrarte a la encimera para no caerte.
Sus dedos ya estaban entre mis piernas, rozando apenas, sintiendo lo mojada que estaba.
— Estás, chorreando… ¿te has tocado pensando en mi polla mientras cocinabas? Dímelo.
—Sí… —gemí, empujándome contra su mano—. Me he metido los dedos imaginando que eras tú… que me abrías entera.
—Buena puta… —gruñó, metiendo dos dedos de golpe y curvándolos—. Esto es mío, ¿lo oyes? Este coño es mío para follar cuando quiera.
Me levantó sobre la encimera de un movimiento, el delantal subido, las piernas abiertas. Se bajó los pantalones lo justo, la polla dura saltando libre.
—Mírame… —me ordenó, frotándola contra mi entrada—. Mira cómo te la voy a meter hasta que grites mi nombre.
Y lo hizo. De un empujón profundo, llenándome entera. Empezó a bombear fuerte, agarrándome las caderas, el delantal arrugado entre nosotros.
—Joder, qué rico estás… aprietas tan fuerte… ¿te gusta que te folle en la cocina? Dime que sí, dime que quieres que te llene.
—Sí… sí… fóllame más duro… quiero sentirte hasta el fondo… —gemí, clavándole las uñas en la espalda.
Cada embestida hacía temblar los platos, la salsa burbujeando olvidada. Él no paraba de hablar al oído:
—Voy a correrme dentro… te voy a dejar goteando mi leche mientras cenamos… y después te voy a comer el coño otra vez hasta que te corras en mi boca, ¿te gusta la idea, eh? Mi semen y tu coño chorreando en la misma cena.
El orgasmo nos pilló a los dos gritando. Él se quedó dentro, palpitando, yo temblando alrededor de su polla. Cuando pudimos respirar, apoyó la frente en la mía, todavía dentro, y susurró con esa voz ronca de después:
—Joder, nena… eres la mejor puta que he tenido nunca. Y esto solo es el principio. A partir de ahora, cada vez que cocines vas a acabar así… abierta y llena de mí.
Nos reímos entre jadeos, él todavía medio dentro, yo con las piernas alrededor de su cintura. La cena estaba jodida, el pan chamuscado, pero ninguno de los dos tenía prisa por moverse.
—¿Hambre? —preguntó con esa sonrisa de cabrón satisfecho.
—De ti… siempre —le contesté, apretándolo con el coño una última vez solo para verlo gemir.
Y así, entre besos sucios y promesas de más, cenamos a medias, desnudos bajo el delantal, con el sabor del sexo todavía en la boca.
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