Bajo el paraguas
Por Pecado de Seda
Enviado el 20/03/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Primera Parte
Llegué temprano a la playa. Apenas había gente. El mar tranquilo, el sol ya empezaba a calentar fuerte. Planté la sombrilla, extendí la toalla y me quité la ropa despacio… sentía el aire cálido rozar mi piel, y el roce de mis propios dedos bajando las tiras del bikini me arrancó un suspiro. Me sentía observada, aunque sabía que era demasiado pronto para eso.
Me tumbé boca arriba. Cerré los ojos, pero dejé los labios entreabiertos, saboreando el calor. Notaba cómo mi cuerpo empezaba a sudar suave. El sol quemaba justo lo necesario. Me encantaba ese calor húmedo en la piel… me ponía. Mis pezones se endurecieron sin que nadie los tocara. Bueno… casi nadie. Porque ya empezaba a imaginarlo.
Me levanté para darme un baño, aún desnuda. Caminé hasta el mar sintiendo cada paso como una pequeña provocación. El agua estaba deliciosa. Me sumergí por completo y luego hice unas cuantas brazadas. Al salir, miré hacia donde estaban mis cosas… y fue ahí cuando lo vi.
Un hombre, solo, tumbado no muy lejos de mi sombrilla. Su mirada clavada en mí. Y no disimulaba. No bajó los ojos ni una vez. Me recorrió entera: las piernas, los pechos mojados, el agua resbalando entre mis muslos. Sentí cómo su deseo me tocaba más que sus ojos.
Volví despacio a mi toalla, sabiendo que él me seguía con la mirada. Me tumbé, cogí el bronceador, y empecé a untármelo sin pudor: brazos, vientre, muslos. Cuando llegué a la parte interior de las piernas, mis dedos se detuvieron un segundo más de lo necesario. Cerré los ojos y me mordí el labio.
El sol era insoportable, así que me metí bajo la sombrilla. Busque la botella de agua y bebí un sorbo. Al abrir los ojos, lo vi de nuevo. Sigue ahí. Mirándome. Con esa sonrisa arrogante que me hizo apretar las piernas sin darme cuenta.
Me eché un poco de agua por el pecho. El líquido bajó entre mis pechos y se deslizó por mi abdomen hasta perderse en la tela mojada del bikini. Mi clítoris ya latía. No podía ocultarlo.
Y él… él sonriendo. Como si supiera exactamente lo que estaba provocando.
Verla así hacía que me excitara al instante. Mi pene se despertó rápido, empezó a aguantar mientras la contemplaba, completamente embobado.
No podía creer lo que estaba viendo: se estaba tocando el coño, ahí mismo, bajo la toalla, mientras yo miraba fijamente. Joder… aquello me excitó aún más. Me la imaginé dando mi nombre, con mis dedos en lugar de los suyos.
Mi polla ya estaba dura como una piedra. No podía apartar los ojos. El simple hecho de saber que se estaba masturbando mientras pensaba en mí me hizo contener un gruñido.
—¿Te gusta verme así, preciosa? —pensé, mientras mi mano se movía lentamente—. Porque como vengas un poco más cerca, te vas a sentar encima y te vas a correr conmigo dentro.
Me gustaba lo que estaba haciendo. Volví a abrir las piernas, más descarada que antes, y pasé el dedo lentamente por toda mi raja, imaginando que era su polla deslizándose entre mis labios húmedos, una y otra vez, rozándome, provocándome, jugando conmigo.
Pasé la lengua por mis labios, caliente de deseo. Me giré de lado, dejando que pudiera ver todo mi cuerpo desnudo: mis tetas turgentes, los pezones duros. Seguía con los dedos dentro de mi coño, jugueteando lento. Los saqué despacio y me los llevé a la boca, saboreando mi propio sabor dulzón. Abrí un poco más las piernas, unos segundos, y luego las cerré con una sonrisa provocadora.
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